Te quiero contar, de Nathalie Rameux Celia

Ladies and gentlemen, este Sant Jordi sale a la venta el libro Te quiero contar, de Natalie Rameux, con un prólogo de Listo Entertainment que dice tal que así:

PRÓLOGO

Nathalie Rameux es muy maja. Y no me refiero sólo a su portentosa anatomía, aunque cualquier persona con sangre en las venas que haya intentado adentrarse en su obra online habrá tenido el mismo problema que yo: que te encontrabas una foto de su escote en la barra lateral del blog y se te iba la vista cada dos líneas y no había manera de concentrarse en lo que vendría a ser la calidad de su prosa. El truco que ideé para leerme sus posts de un tirón consistía en pegar una cartulina sobre la parte derecha del monitor, supongo que habréis llegado todos a la misma solución. En todo caso, os decía que la autora de este libro no sólo es maja físicamente, también parece ser un solazo como persona, y sus cuentos desprenden una ternura que ya quisieran para sí los cruasanes de la panadería de enfrente de mi casa.

En los cuentos de Nathalie, el mismísimo Satán parece buena gente. En el momento de escribir estas líneas, lo último que tiene colgado en la web es una conversación con Lucifer y, en serio, el tío inspira mucha más confianza que el director del instituto donde curro, por poner un ejemplo al azar de persona que uno tendería a pensar que debería inspirar más confianza que Satán, porque no es una entidad suprasensible que representa la encarnación suprema del Mal, con mayúscula, que yo sepa, vamos.

El Satán de Nathalie sí que, a pesar de ser una entidad suprasensible apriorísticamente malrollera, cae bien, entre otras cosas porque opina que qué más da lo que haya después de la muerte, porque seguramente después de la muerte no hay nada, e insinúa que lo importante es no desperdiciar esta vida, que vale la pena caer en las tentaciones, y que las tentaciones no suelen ser manzanas sino tartas de chocolate. Creo que podría entenderme con un Satán así.

Desde que leí el cuento ando siempre con una camiseta de heavy metal, con una cruz invertida y tres seises sanguinolentos. Que es que lo de las tentaciones siempre me ha gustado. A veces hasta me leía el suplemento del País. Y entiendo lo del chocolate como símbolo de la tentación (hay quién lo considera un substituto del sexo, yo personalmente prefiero verlo como un complemento).

Pero ojo, el camino del satanismo parece un camino fácil pero no lo es tanto. Uno trata de ser consecuente con el hedonismo y de no dejar pasar ningún tren, pero vivir así es morir de amor, si intentas sacarle el máximo jugo a la vida, si tratas de no dejar pasar ninguna oportunidad, a la que te despistas se genera dentro de ti un reflejo condicionado que te hace decir que sí a cualquier cosa que te proponga una chica, porque la palabra ‘no’ es una palabra muy fea. Y así es como me lié a escribir este prólogo. Aún tuve suerte que Nathalie me pidió que le escribiese un prólogo, porque si me hubiese pedido que le construyese una catedral tampoco hubiese sido capaz de negarme y ahora estaría excavando criptas, levantando torres y puliendo vitrales como un campeón.

Aunque… ¿un prólogo?, madre mía, ¿quién me he creído que soy? ¿qué puedo aportar yo a la lectura de este libro? Que a ver de dónde saco el valor de confesarle a Nathalie que no sé qué decir a parte de que escribe bonito.

¿Que cada uno de sus cuentos es también una tentación? ¿Que cada uno de sus cuentos es una pequeña tarta de cariño, ingenio, humor y sabiduría?

¿Que a mí el que más me tocó la fibra fue el del Sr Plátano, que abandonó el circo en que trabajaba porque se empeñó en madurar porque se creía que madurar molaba, pero, como era de prever, al madurar se puso marrón y blandurrio?

Que me gustaría profundizar en el tema y explicarlo bien, desde un punto de vista más ortodoxo, pero que me he hecho satanista y, claro, me he pasado el día retozando como los animalicos de los prados y ahora apenas me queda energía para comentarios literarios, por no hablar del toblerone que hay en la nevera, que no se va a comer solo.

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