Ladies and gentlemen, mi segundo artículo para la Revista de Letras:

Escaparate de la asociación Llibre Solidari.

Tratando de poner un poco de orden en mi vida, me di cuenta de que tenía en casa muchos libros que ya no volvería a leer y que la mayoría de ellos estaban en perfecto estado. Hasta ese momento los había visto como una colección estupenda, entonces los vi como una granja de ácaros. Había sido un placer leerlos y conservarlos durante un tiempo, pero esa relación ya no iba a ningún sitio, era el momento de pasar página. Podría haberlos tirado directamente a la basura, pero me daba penita. Aunque sabía que no era un drama tan grande como el de abandonar un perro, cierto paralelismo sí que le veía.

Dice el refranero que el perro es el mejor amigo del hombre, pero está claro que los amigos no siempre son para siempre y a veces ese hombre quiere irse de vacaciones a algún lugar al que su mejor amigo no puede acompañarle, o a veces la vida le lleva a engendrar churumbeles y de repente el amigo hacia el que canalizaba su afán paternal se convierte en un estorbo, una redundancia o incluso un peligro potencial, y, con los ojos llorosos, lo sacrifica o lo suelta en una gasolinera en medio de los Monegros o lo lleva a una perrera. Lo de la perrera parece la opción más compasiva de las tres, le permite al hombre volver a casa sin su mejor amigo pero con cierta esperanza de que quizá alguien lo adoptará y le dará todo el cariño que él no ha sabido darle. Esa esperanza le ayuda a creer que después de todo no es tan mala persona, pero es una esperanza vacua como la Esperanza Aguirre. Hay muy poca gente que cuando quiere una mascota opta por salvarle la vida a un perro de segunda mano, la tendencia mayoritaria sigue siendo comprar cachorritos sin estrenar. Los perros de perrera han perdido gran parte de su valor mercantil, y la mayoría de ellos languidecen en jaulas y, comprensiblemente, se van volviendo más locos y menos adoptables cada día que pasa.

En cuanto a los libros, también hay quien dice que son el mejor amigo del hombre, aunque no te lamen la mano ni mueven el rabo así como dando a entender que están contentos de verte. Pero te dan otras alegrías, y tienen una clara ventaja respecto a los animales domésticos: la paz mental que da saber que carecen de sistema nervioso central y que por tanto son incapaces de experimentar lo que nosotros conocemos como dolor.

Un libro no acusa sufrimiento físico ni emocional si lo encierras en una caja con otro montón de libros que no piensas volver a hojear, o si lo abandonas en un parque con la excusa del bookcrossing y de repente se pone a llover y se le reblandecen las páginas. De hecho un libro no tiene opinión ni a favor ni en contra de los lectores que abren sus cubiertas más de ciento ochenta grados, doblándolas hacia fuera, ni de los que usan las propias solapas como punto de lectura, ni de los que hacen papiroflexia con sus esquinitas. Un libro es un objeto, y le da igual que lo usen de posavasos para humeantes tazones de té de Rooibos, o que le subrayen los fragmentos más interesantes con un pequeño lápiz robado del Ikea o que le destaquen las frases clave con tétricos rotuladores de color amarillo fosforito.

Sin embargo, el hecho de que las cosas inanimadas carezcan efectivamente de sentimientos no impide que muchos amantes de los libros suframos una empatía rara y notemos una punzada en el corazón cada vez que vemos que se les propicia un trato menos considerado que el que recibirían si estuviesen en nuestras manos. Al parecer, crecimos interactuando con los libros con una delicadeza y un cuidado que ya quisieran muchas mascotas o incluso muchos humanos. No tiene nada que ver con ningún trastorno obsesivo-compulsivo. Tampoco es sólo que no podamos evitar simpatizar con unos objetos que nos han proporcionado muchos buenos momentos, es también que, incluso antes de haber leído La isla del tesoro o Las aventuras de Huckleberry Finn, nuestros padres y profesores nos metieron en la cabeza la idea de que a los libros había que tratarlos con mucho respeto y con cierta reverencia, casi como a objetos sagrados de alguna religión pagana.

Vamos, que mis libros no eran nuevos pero estaban bien conservados y, aunque yo ya veía claro que sería más feliz sin ellos, pensé que también ellos, aunque no pudiesen experimentar la felicidad en sus propias páginas, quizá podrían hacer felices a otras personas.

Regalé pues unos cuantos a mis amigos, y contacté con algunas bibliotecas para tratar de colocarles el resto, pero los bibliotecarios se pusieron a la defensiva, como si ellos fuesen los sofisticados dueños de una adorable camada de yorkshires de la Corte Imperial de esos que participan en concursos a ver cuál tiene el pelo más sedoso y la mirada más dulce, y yo les estuviese intentando endosar cuatro viejos dóbermans con el pelo áspero y grasiento y los dientes rotos y el carácter agriado por toda una vida de estar trabajando de perro policía en una comisaría del extrarradio.

Muchas bibliotecas tienen la política explícita de no aceptar donaciones de particulares, pero otras lo que te dicen es que primero querrían ver los libros para seleccionarlos uno a uno. Contacté también con algunas tiendas de libros de segunda mano y la respuesta fue parecida. No solo parecían desconfiar de mi afirmación de que se encontraban en perfecto estado, también parecían dudar de que mis libros pudiesen haber tenido algún interés incluso recién comprados.

Sus reticencias eran muy razonables, pero cargar de libros el carrito de la compra y pasearlo por la ciudad sin garantías de poder vaciarlo en ningún sitio no parecía un planazo. Soñaba con algún tipo de establecimiento al que llevarlos todos de golpe y me los aceptasen sin hacer preguntas, un lugar en el que amasen a los libros sin reservas, y a poder ser que prometiesen cuidarlos tan bien como los había cuidado yo, y por aquel entonces descubrí lo del Llibre Solidari.

Menudo descubrimiento. Lo del Llibre Solidari es una organización no gubernamental cuyos voluntarios se dedican a cuidar los libros y a buscarles nuevos lectores, sí, pero más que nada con la intención de revenderlos y conseguir fondos para cuidar a la gente mayor. No solemos acordarnos de ellos, pero hay muchos ancianos que están solos y que no disponen de los recursos económicos necesarios para la subsistencia más básica. De hecho, cada vez son más, y a ellos es todavía más complicado encontrarles un hogar en el que los cuiden y los mimen. Frente a la tan precaria situación en la que se encuentran tantos humanos, haberse preocupado por perros o libros maltratados parecía una frivolidad un poco vergonzante.

Llamé a la ONG y hablé con uno de los voluntarios. Eran tan buena gente que, aparte de cuidar ancianos, hacerles compañía y hacerles la compra, hasta se ofrecieron a ir a mi casa a buscar los libros, pero, honestamente, así en confianza, me comentaron que si pudiese pasar yo por su sede a llevarlos les haría un favor. No seré yo el desalmado capaz de negarles algo así.

Mientras arrastraba el carrito lleno de libros, me preguntaba por qué para muchas personas resulta más fácil sentir ternura y solidaridad hacia los animales de compañía o hacia los objetos inanimados que hacia los ancianos de nuestra misma especie, y me respondía que seguramente porque se dan menos casos de mascotas u objetos inanimados que se te intenten colar en las cajas del Mercadona. Pero sé que tarde o temprano a todos se nos irá escacharrando el cuerpo y la mente y que no parece que lo que queda del Estado del Bienestar en este país esté como para garantizarnos unas pensiones dignas. Preocuparse por las personas mayores no es sólo cuestión de humanidad, es también cuestión de prudencia. Molaría que fuesen las instituciones públicas las que se encargasen de ello, para que las ONG pudiesen centrarse en temas de animales y cosas, pero la tendencia parece ir en sentido contrario, y de mal en peor.

Llegué, saludé, me presenté y vacié el carrito sobre el mostrador. Los voluntarios lo aceptaron todo sin juzgarlo, me llamaron amable y me dieron las gracias, quitándome un peso de encima, literal y también figuradamente, claro. Tampoco es que dudase del valor de lo que les traía, pero tanta suspicacia de bibliotecarios y libreros me había puesto en guardia. Una mirada alrededor confirmó, sin embargo, que tampoco es que discriminasen mucho con lo que vendían. Por ahí tenían hasta libros de recetas de cocina, novelas de Juan Manuel de Prada y tomos sueltos de la Gran Enciclopedia Catalana. Además, aunque la idea original había sido recaudar fondos vendiendo libros, con el tiempo habían ido ampliando miras y ahora trapicheaban también con otros productos culturales: películas, discos, juegos de mesa y hasta colecciones de postales, sellos, monedas, calendarios y chapas de champán.

Los productos audiovisuales los vendían a un euro la pieza y los tenían en casi todos los formatos, CD, DVD, vinilo, cassette y VHS, los libros los tenían todos en papel y te salían a uno o dos o tres euros, aparentemente más en función su tamaño y estado de conservación que de su valor literario. Y los había a montones y para todos los gustos. Quizá no tenían tantos como la Waterstones de Piccadilly Circus, pero sí que tenían muchos más de los que hubiesen cabido apoyados en las estanterías mostrando el lomo. Los habían pues organizado en cajas, ordenados por idiomas, por géneros y, alfabéticamente, por el apellido del autor.

Unos pocos autores como Lucía Echevarría, Juan Marsé, Antonio Gala y Carmen Laforet tenían cajas enteras dedicadas exclusivamente a su obra. Lo de Carmen Laforet era especialmente notorio porque todos los libros de su caja eran el mismo, en variopintos ejemplares de diferentes colecciones. Dicen las contraportadas que a lo largo de su vida Laforet publicó once novelas, incontables relatos y algunos ensayos y cuadernos de viajes, pero, en su caja, todo era Nada.

John Le Carré y Anne Perry todavía acaparaban más espacio, con dos cajas para cada uno, aunque lo de Anne Perry no tenía tanto mérito porque en una de sus dos cajas se habían colado también un montón de libros de Anne Rice, el típico lío de cuando le pillas mucha confianza a una autora y empiezas a referirte a ella por el nombre de pila.

Luego estaban Christan Jacq, Agatha Christie y Juan José Benítez, tres autores con tres cajas per cápita, y, por supuesto, Stephen King, abusando de su poderío como un cacique gallego, con cuatro espeluznantes cajazas repletas de todas las fantasías y terrores imaginables.

OVNIS: Documentos oficiales del Gobierno español, por J.J. Benítez.Hablando de terror, yo había dado por sentado que el número de cajas debía ser un buen indicio del volumen de ventas de cada autor y me parecía estupendo que el rey fuese Stephen King, porque, aunque he leído pocos libros suyos, es un tío que me cae estupendamente, pero me producía una angustia considerable la idea de que la obra Juan José Benítez pudiese venderse mejor que la de John Le Carré. Antes preferiría creer en el poder curativo de las flores de Bach o de la homeopatía. Esas tres cajas llenas hasta los topes de ejemplares de Los astronautas de Yavé, El hombre que susurraba a los ummitas, El misterio de la Virgen de Guadalupe y otras perlas del ufólogo de Pamplona me parecían un fenómeno paranormal en sí mismas.

Llegué a la conclusión de que quizá los autores con más cajas a su nombre no eran necesariamente los más vendidos porque quizá alguno de ellos tenía una tasa excepcionalmente alta de abandonos, como los pitbulls y otros perros de razas con tendencia a destrozar sofás y comer bebés, y esta manera de verlo me calmó un poco. Además, me sentía buena persona por haber colaborado con una ONG, y, para celebrarlo, me lancé al consumismo, con la coartada moral de saber que era un consumismo solidario y que la pasta que me gastaba ahí iría a parar al plato de los necesitados.

De las cajas de libros del Llibre Solidari saltaron a mi carrito casi por su propio pie un recopilatorio del Life in hell de Matt Groening, una revista de humor gráfico picantón de finales de los años 70, el Catch-22 de Joseph Heller, el Libertad de Jonathan Franzen, La pell freda del Albert Sánchez Piñol, La inmortalidad de Milan Kundera, el Error humano de Chuck Palahniuk y el Maigret va a la escuela de George Simenon, y, ya puestos, en la sección de música, de entre grandes galas de Operación Triunfo y recopilatorios de Los mejores discos de nuestra vida de El País, saltaron a mi carrito el Born to run de Bruce Springsteen y el Diamond dogs de David Bowie, y el coste económico de todo el pack de siete libros, dos discos y una revista fue aproximadamente lo que le cuesta una novela en tapa dura a un cliente del Círculo de Lectores.

Cuando ya pagaba y me disponía a irme tan contento, charlé un poco con los voluntarios de la ONG y uno de ellos me dio a entender que, por mucho que revienten los precios, les sigue viniendo mucha más gente a traer libros que a llevárselos.

El buen hombre lo comentaba como una curiosidad de la vida, pero yo soy ingeniero y estoy familiarizado con el análisis de sistemas, no se me escapan las consecuencias de que la tasa de entrada sea superior a la tasa de salida. Me atrevería a profetizar que, si no cambia la tendencia, tarde o temprano incluso los cracks de la asociación Llibre Solidari tendrán más libros de los que podrán gestionar o acumular en cajas.

Me pareció que los libros de las cajas más cercanas a la puerta también se habían dado cuenta de lo que eso significaba y levantaban sus hocicos y me miraban como diciendo “no te vayas todavía, llévame contigo…” pero hubiese sido una locura tratar de salvarlos a todos. Soy un solazo de persona, pero tampoco soy Oskar Schindler. Llévense ustedes alguno si les queda sitio en casa.

En serio, tampoco quiero ponerles en un compromiso, pero piensen que si algún día vienen extraterrestres a observar nuestro comportamiento y ven que en las perreras se acumulan tantos perros y en los almacenes de las ONG se acumulan tantos libros, podrían llegar a sacar conclusiones equivocadas. Lo de los perros podría parecer un indicio de que vamos sobrados de cariño, y lo de los libros podría parecer un indicio de que vamos sobrados de cultura.

La sede central del Llibre Solidari está en el número 9 de Francesc Tàrrega (cerca de la parada de metro de Congrés), y también montan stands itinerantes por los mercados de Barcelona. La primera semana de cada mes están en el mercado de la Sagrada Familia, la segunda en el de la Barceloneta, la tercera en el de Sants, y la cuarta en la puerta del Schlecker del Paseo Maragall.

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