La verdad es que llegar a la tira 10 me pareció una gesta alucinante, y cuando llegué a la tira 50 también, luego la tira 100 ya un poco menos, y cuando llegué a la tira 500 le había pillado tanto el ritmo a lo dibujar tebeos que ya formaba parte de mis rutinas vitales, de vez en cuando se me ocurrían chistes y de vez en cuando me sentaba a dibujarlos y los escaneaba y los subía online, que el archivo fuese creciendo ya no representaba para mí ningún logro, significaba solo que el tiempo iba pasando (y, alerta, a medida que el tiempo pasa cada vez parece pasar más rápido, eso acojona). La acumulación de cómics es ya como la acumulación de botellines sobre una terraza cuando sales a tomar cervezas con los amigos, o como la estela que deja un barco al surcar los mares.

Cuando vi que se avecinaba el cómic número 1.000 lo primero que planeé fue dejarlo pasar como un cómic normal, sin aspavientos, pero luego me acordé de que tenía un par de ideas en la cabeza que daban para cómics largos y que hacía tiempo que me rondaban pero me daba pereza ponerme a dibujarlas porque entiendo que quizá hasta molesta un poco leer a plazos y también porque dibujar historias largas requiere mucha más planificación y dedicación, pero, ostras, quizá el número 1.000 era una buena excusa para probar cosas nuevas.

La noche de Tito es pues una de esas historias largas, que, bueno, tampoco es tan larga si la comparamos con los ladrillos que ahora están de moda, pero os prometo que no hay ninguna viñeta de paisajes ni nada, si en algunas hay poco texto es solo porque tratan de transmitir una sensación de tensión y silencios incómodos. Ya me diréis a ver si os gusta.

Si sí que os gusta, corred la voz. Si no os gusta, tranqui, que en breve vuelvo a las tiras cómicas y los chistecillos sueltos.

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