“A veces me pongo la camiseta del TMEO y la gente la mira como fuese una camiseta de esas que, parodiando logos de marcas comerciales famosas, dicen Adihash, Le cuesta, Knorrl o Mercachonda. El nombre TMEO es parodia del popular TBO, claro que sí, pero no es solo una broma de camiseta, existe la revista de verdad, y aunque en mi pueblo solo sea conocida por una élite muy cultivada, en otras tierras es una publicación con bastante tirón popular.

No es una revista normal, por supuesto, no la encontrarás fácilmente en quioscos, papelerías y aeropuertos. Sí que la puedes encontrar en muchas librerías especializadas, pero tampoco es ése su hábitat natural. Su hábitat natural son las barras de los bares vascos.

Es que tiene una doble red de distribución: por un lado la red de distribución normal y por otro la suya, la de toda la vida. Y la cantidad de ejemplares vendidos a través de la red de distribución normal es modesta comparada con la cantidad de ejemplares vendidos por la otra vía, que básicamente consiste en una persona con un carrito de la compra y una camioneta que va recorriendo pueblos y visitando bares y locales de ocio nocturno.

Nadie es imprescindible, lo dicen tanto los libros de autoayuda que tratan de desestresarnos como los jefes que tratan de amenazarnos, pero si alguien parecía acercarse bastante a lo que sería la definición de imprescindibilidad ese era el repartidor del TMEO. Algún temeolari llegó a confesarme su inquietud por lo que pudiera llegar a pasar con la revista el día que el repartidor se jubilase o se buscase un trabajo serio. En una ocasión, el tío saltó desde el escenario de un concierto de rock y cayó mal y la publicación del TMEO de ese mes se aplazó hasta que recuperó la movilidad del tobillo.

Estamos hablando de una revista con tiradas de varios millares de ejemplares, ojo, una revista que lleva desde los ochenta fiel a una filosofía tan libre y ácrata que es un milagro que todavía se publique regularmente excepto cuando el repartidor se tuerce el tobillo haciendo el punki.

Quizá ahora navegas un poco por internet y parece que hasta esté de moda meterse con la Familia Real y hacer chistes de etarras, pero durante 25 años los temeolaris fueron los únicos que se atrevieron a tocar los temas tabú de la Transición española, y lo hicieron con la más absoluta irreverencia y desfachatez.

Por ejemplo, el año en que se casaron Don Jaime de Marichalar y Sáenz de Tejada y la infanta Elena María Isabel Dominica de Silos de Borbón (parecen muchas personas pero eran sólo dos), los organizadores del Salón del Cómic de Barcelona encargaron la inauguración de la feria a la duquesa de Lugo, y el recorrido de la comitiva oficial, encabezada por la propia infanta, pasaba por delante del stand del TMEO, que estaba repleto de revistas con una portada dedicada a “la boda de la elefanta” cuya broma parecía construida a partir de la similitud fonética entre las palabras infanta y elefanta, sin que nadie pudiese siquiera imaginar que pocos años más tarde uno de los más impopulares escándalos de la Casa Real Española estaría relacionado con la caza de paquidermos en Botsuana.

En la ilustración de dicha portada aparecían varios animales: una elefanta vestida de novia, embarazadísima y lloriqueante; un rey león con una corona de oro y una botella en la mano, emborrachándose; un príncipe jirafa hojeando un ejemplar de la revista Elle y babeando con lujuria, y una elefanta anciana en una silla de ruedas, con la espalda curvada, consumiendo cocaína. No sabemos con exactitud qué animal representaba que era el novio de la elefantita triste, pero ella tenía pinta de haberle estado esperando mucho rato en el altar y se refería a él como “ese cabrón”. Afortunadamente, antes de que el Juez del Olmo se pasase por el Salón del Cómic aparecieron unos esbirros del servicio de protocolo de la Casa Real y sugirieron a los temeolaris que ocultasen las revistas para evitar disgustos. La sugerencia fue aceptada y los ejemplares controvertidos fueron escondidos debajo del stand. El desfile real pudo realizarse sin contratiempos y después del paso de las autoridades volvieron a ponerse los TMEOs sobre la mesa como si España fuese un país libre.

En otra ocasión la cosa se complicó un poco más, y los temeolaris tuvieron que vérselas con la mismísima Audiencia Nacional. Todo vino a raíz de unos agentes de la Guardia Civil que un día sintieron el impulso irrefrenable de detener la furgoneta del TMEO y registrar su contenido en busca de quién sabe qué. No encontraron ni artefactos explosivos ni drogas ni nada que pudiese considerarse confiscable en casi ningún país occidental, pero sí que encontraron un montón de revistas en cuyas páginas vieron indicios de pegatinas injuriosas. Alerta. Sus detectivescas pesquisas les llevaron a la conclusión de que la función de las presuntas pegatinas injuriosas era adherirse en equipamientos sanitarios para que los lectores del TMEO pudiesen miccionar y defecar, de forma simbólica, en las bocas de los personajes que en ellas aparecían caricaturizados, que eran celebridades del mundo de la cultura y el espectáculo, entre ellas algunos políticos y miembros de la Casa Real. Afortunadamente, la denuncia fue desestimada por el juez, tras lo que imagino como escenas dignas de un capítulo de Perry Mason dirigido por los hermanos Marx. El principal problema con el que se topó de morros el fiscal fue la absoluta inexistencia de las presuntas pegatinas injuriosas que habían motivado la denuncia. Las presuntas pegatinas que habían incomodado a los agentes de la Guardia Civil eran un producto ficticio que aparecía publicitado en un anuncio de broma, como tantos otros anuncios de broma que salían en la revista y que nadie en su sano juicio tomaría por anuncios de verdad. Si los beneméritos hubiesen denunciado la publicación de un falso anuncio en el que se injuriaba a la realeza quizá hubiesen logrado asestar otro escupitajo a la libertad de prensa, pero una denuncia contra unas pegatinas imaginarias no pudo prosperar ni siquiera en el loco contexto judicial del País Vasco de finales del siglo XX.

Y aquí el lector podría llegar a creer que casi todas las aventuras del TMEO fueron debidas a su tendencia a cachondearse del poder, pero en realidad también hubo algún que otro problemilla financiero. Dice la leyenda que, en un momento dado, la revista empezó un temerario experimento que consistía en pagar a los dibujantes (fue cuando empezaron a trabajar con una distribuidora nacional y a vender la revista por toda España y, claro, estaban de subidón). Cinco ejemplares más tarde tuvieron que aceptar el hecho de que estaban arruinados. El cierre de la emblemática revista era inminente. Las únicas pesetas que quedaban en las arcas del TMEO eran las que contenía un calcetín en el que el repartidor del carrito echaba la calderilla que le sobraba cuando hacía la ronda de cobros por los bares. Imagino su desolación mientras volvía a casa, hurgaba en la cesta de la ropa sucia hasta encontrar el calcetín y se ponía a contar monedas. Pero encontró ahí cien mil y pico pesetas, que en aquel entonces era una cantidad de dinero mucho más contundente de la que normalmente suele encontrarse en el interior de un calcetín, suficiente como para salvar de la quiebra una popular revista vasca que ya todos daban por muerta.

El caso es que la revista ya va por el número ciento treinta y pico y el único TMEO que no llegó a publicarse fue el número once, y no por problemas con ningún borbón, no, fue sólo porque hasta que no lo llevaron a imprenta no se dieron cuenta de que no habían puesto ningún número en la portada. El de la imprenta preguntó qué número tocaba y el que llevaba los papeles trató de adivinarlo y dijo que el doce, fallando sólo de uno.

Habiendo sacado el undécimo TMEO con el número doce llegó el momento de sacar el duodécimo, y supongo que se barajaron las posibilidades de volver a poner el número doce, que era el que tocaba, o poner el once para que así los coleccionistas pudiesen jugar a tenerlos todos, pero al final decidieron pasar disimuladamente al trece, y los coleccionistas, pobres, todavía deben de andar buscando el número que les falta.”

Estas batallitas y bastantes más, en el libro Una amante complaciente.

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