Ladies and gentlemen, los valientes editores del prestigioso blog Zona Negativa me preguntaron qué era un webcómic y les solté este rollo:

Llevo ya algunos años dibujando viñetitas y poniéndolas en internet. Algunas han salido también en revistas y fanzines, pero la cantidad de lectores que las habrán leído en papel es modesta en comparación con la de lectores que llegan a ellas gracias a la magia de la red de redes.

Un día oí hablar de webcómics y di por sentado que lo que yo hacía era eso. No me calenté mucho la cabeza porque la palabra webcómic tenía toda la pinta de estar formada por dos palabras que creía conocer, y me arriesgué a inferir que un webcómic era un cómic que estaba online.

Pero escribo “webcómic” en el procesador de textos y el corrector ortográfico todavía me lo subraya en rojo, así como dando a entender que la palabra no existe, lo cual podría ser un buen motivo para dejar de usarla si no fuese por la legendaria prudencia de la RAE y por el hecho de que vale la pena sentarse en un sofá cómodo si hay que esperar a que los académicos de la lengua tengan en cuenta cosas que se hayan originado después de que España perdiese las colonias.

Ejemplo de académico de la RAE.

Ejemplo de señor de la RAE.

Cuando empiezas a aficionarte a algo, lo que sea, igual piensas que las definiciones son lo de menos, pero con el tiempo ves que gran parte de las debates sobre cualquier tema terminan en discusiones sobre semántica y si no hay definiciones consensuadas los argumentos se atascan tontamente como un niño gordo en un columpio. Con lo de los tebeos, cuando llevaba ya un tiempo leyéndolos y dibujándolos, hasta me aficioné a leer de vez en cuando textos teóricos sobre el medio y os voy a confesar que a estas alturas ya ni siquiera estoy seguro de que sean cómics lo que hago cuando creo estar haciendo cómics.

Para la palabra cómic, la RAE sí que tiene definición, dice que es una serie o secuencia de viñetas con desarrollo narrativo.

Algunos estudiosos afirman que, por consiguiente, las viñetas de humor gráfico no son cómics, son otra cosa. Entiendo que si aceptan las viñetas de humor gráfico como cómics les resulta un poco complicado explicar por qué no es un cómic cualquier cuadro o ilustración. Sin embargo, no se lo digáis a nadie pero dentro de mi cabeza las viñetas de humor gráfico sí son cómics. ¿Por qué? Porque a mí primero se me ocurren chistes y decido luego el número de dibujitos y cómo organizarlos, y a veces para expresar una coña necesito toda una página y a veces me basta con una tira de tres viñetas o con una viñeta suelta, y sé que según cómo lo ponga el diálogo tendrá un ritmo u otro y el chiste tendrá más o menos fuerza… pero el método de trabajo, la intención comunicativa y la actitud con la que espero que se lea el resultado son prácticamente idénticos, independientemente del número de viñetas. Es más, a veces cuando uso tres viñetas lo que hago es dibujar sólo una y copiar y pegar los monigotes en las otras. La frontera conceptual que separa un chiste en una viñeta de un chiste en tres viñetas se me antoja mucho más fina que la que separa un chiste en tres viñetas de un chiste en seis viñetas o una novela gráfica de 200 páginas.

Esto podría ser un cómic y podría no serlo.

Xkcd podría ser un cómic y podría no serlo.

Vamos, que quizá una secuencia de n viñetas en la que n=1 ya no es una secuencia de viñetas por la misma razón que el sexo en grupo no suele considerarse sexo en grupo cuando el grupo es de una o dos personas, pero cuando dibujo viñetas sueltas yo sigo teniendo la impresión de estar dibujando cómics cortos.

Como mi principal medio de distribución es mi propia página web, puedo usar cada día un formato diferente y no tengo los quebraderos de cabeza que tendrían los maquetadores de periódicos si un dibujante de tiras cómicas entregase de vez en cuando “viñetas de humor gráfico” en lugar de “tiras cómicas”. Quizá arrastramos mapas conceptuales de cuando todos los cómics iban en papel y había que atenerse estrictamente a unos formatos predeterminados. Eso ya pasó. Ahora hay quién habla incluso de lienzos infinitos, pero exageran un poco, suelen referirse a lienzos muy grandes.

Por otro lado, también es interesante que la RAE considere que los cómics deben tener un “desarrollo narrativo”. Eso deja fuera del saco los cómics en los que no sucede nada y también unos cuantos experimentos formales con argumentos abstractos, algunos de autores tan respetados como Art Spiegelman o Robert Crumb, ojo.

Columna Trajana

Uno de los primeros cómics o no.

En su libro Understanding comics, el gurú y dibujante Scott McCloud daba otra definición de lo que es un cómic que no me atrevería a decir si es mejor o peor que la de la RAE. Según McCloud los cómics son ilustraciones yuxtapuestas y otras imágenes en secuencia deliberada con el propósito de transmitir información u obtener una respuesta estética del lector.

Como la RAE, también da a entender que con una viñeta suelta no vale, hay que yuxtaponer varias, pero en lugar de lo del desarrollo narrativo pone lo de transmitir información o obtener una respuesta estética, que podría significar cualquier cosa, y, encima, con lo de las “otras imágenes” abre la puerta a objetos como los collages y las fotonovelas.

Lo de los collages y las fotonovelas igual cuela, pero no son pocos los estudiosos que creen que la definición de McCloud es demasiado amplia porque también incluye un montón de trastos viejos como la Columna de Trajano o el Tapiz de Bayeux, que tú te los miras y quizá sí que parecen tebeos pero no son exactamente como los tebeos que un librero querría tener en sus estanterías.

Ahí se plantó el prestigioso historiador marxista David Kunzle y dijo que para que algo fuese un cómic tenía que cumplir unas determinadas condiciones entre las que estaba la de aparecer en un medio de masas impreso. Ahora os puede parecer una burrada, pero en su defensa hay que alegar que corrían los años setenta, una trepidante década que fue fabulosa en muchos aspectos pero que carecía de internet.

Detalle del tapiz de Balleux.

El Tapiz de Bayeux no sería un cómic porque lo tejieron en lugar de imprimirlo.

A muchos comicófilos les gusta el rollo de Kunzle porque les permite saber mucho de cómics sin tener que calentarse la cabeza con pintorescos tapices normandos y columnas romanas. Según esta escuela de pensamiento, los cómics nacen en los periódicos y cualquier cosa anterior que parezca un cómic no lo es. Los grabados de William Hogarth no son cómics. Las caricaturas de Honoré Daumier no son cómics. Hogarth y Daumier, si acaso son algo, son ancestros, los padres o los abuelos del noveno arte.

Y la simpática consecuencia a la que nos lleva esto es que el estatus de los webcómics como cómics también se tambalea.

Si la Columna de Trajano no es un cómic, quizá tampoco lo son los webcómics. Pero, como algo deben ser y se parecen un montón a los cómics, me ha dado por verlos como hijos de los cómics.

Unos hijos en general muy respetuosos con el legado de la familia, pero que van bastante a su bola, libres, sin ataduras, y, en general, pobres como ratas. La mayoría ni saben que sus yayos están en el Louvre y la National Gallery. Y, como los hijos biológicos, algunos son capaces de grandes logros, pero la mayoría son balas perdidas, más de uno los considera inmaduros, y raramente les dejan jugar con los mayores.

Estamos en la segunda década del siglo XXI y en muchos eventos, concursos y libros sobre tebeos, los webcómics todavía no tienen cabida. Quizá no debería sorprendernos que los amigos de los padres no se enteren de lo que hacen los hijos, pero se me hace raro leer libros chulos y documentados sobre el panorama comiquero actual y que la mayoría de ellos incluyan un total de cero menciones a los cómics publicados en internet. Es como si fuese verdad que no existen o que se trata de algo que no tiene ninguna relación con los tebeos tradicionales.

Tres motivos se me ocurren para explicar este silencio:

El primero es que la mayoría de comicófilos con tribuna se han hecho mayores y andan un poco desconectados de lo que hace la chavalería. Cuando hablan de un revolucionario cambio de paradigma en el sistema de distribución de tebeos suelen referirse a cuando el underground californiano de la época hippie desafió al establishment vendiendo tebeos en las tiendas de pipas de marihuana porque en los quioscos mainstream no los querían.

El segundo es que la mayoría de los webcómics no dan pasta, y es comprensible que la industria recele de aquellos que ofrecen gratis algo que se parece bastante a lo que ellos ofrecen a cambio de dinero. Aunque algunos webcomiqueros sí que han logrado sacarse unos duros, la mayoría parecen webcomiquear por amor al arte. Ni la palabra amor ni la palabra arte están ya de moda, pero la verdad es que crear por crear, sin angustias mercantiles, da una sensación de absoluta libertad muy gustosa. Y, por otro lado, desde el punto de vista del autor, poner cómics online no será una práctica muy lucrativa, pero tampoco es que sea muy lucrativo dibujar cómics para el circuito editorial convencional.

El tercero es que el valor de los webcómics como producto cultural también es microscópico. Muchos aficionados a los cómics todavía andan acomplejados por el hecho de que los tebeos se consideren un arte menor en comparación con la literatura, y no pueden evitar mirar por encima del hombro algo que perciben como todavía más indigno. No es sólo que no haya ningún webcómic a la altura de Crimen y castigo La divina comedia, es que ni siquiera hay online un Persépolis, un Maus, un Watchmen o un Arrugas.

Es más, yo he oído a gente en apariencia sensata argumentar que nada bueno puede publicarse en forma de webcómic o de libro autoeditado, porque si fuese bueno de verdad los editores se habrían interesado por ello. A mí me parece un poco aventurado confiar tanto en el proceso de selección editorial, pero seré el primero en admitir que los cómics que no son webcómics suelen tener muy cuidado el aspecto gráfico.

Puede tener algo que ver con los procesos de selección y difusión de los tebeos. Los cómics tradicionales primero deben seducir al editor para que los edite y distribuya, luego deben seducir al librero para que los haga un sitio en su tienda, y luego también deben seducir al lector para que pague por ellos. Los cómics digitales, en cambio, son seleccionados a posteriori: son los propios lectores satisfechos los que los difunden.

Algunos de nosotros también hemos recomendado, prestado y regalado cómics en papel a nuestros seres queridos, claro que sí, pero con las viñetas online es infinitamente más fácil, y no debería sorprender a nadie que algo gratis e incorpóreo se distribuya mejor y llegue a más gente que algo físico que vale dinero y que encima te ocupa sitio en las estanterías.

Las cifras de ventas de los tebeos en papel y las estadísticas de visitas a las páginas web no suelen ser públicas, y eso dificulta el proceso de hacer comparaciones serias, pero a modo de ejemplo molón os puedo chivar algunas cantidades referentes a El Estafador. Unas 11.000 personas lo reciben cada miércoles por correo electrónico, 10.000 lo siguen vía Facebook, y 4.000 lo visitan cada semana en elestafador.com. A mí me habrán contado varias veces porque lo recibo por correo electrónico y también lo sigo por las redes sociales, pero, aún así, son unos números muy fardones. No se acercan a las tiradas de los tebeos de antes de que se inventase la tele, pero apostaría a que superan las de muchas novelas gráficas contemporáneas.

Que yo sepa no hay definiciones célebres de lo que es un webcómic a las que pueda acudir como antes acudía a definiciones célebres de lo que es un cómic. No me suena que haya todavía ninguna autoridad consagrada al estudio de la webcomicografía (un indicio de ello es que me hayan invitado a mí a escribir este artículo) pero, de todas formas, sí que he hablado del tema con amigotes que también ponen garabatos online y conozco unos cuantos intentos de hacer una definición un poco más restrictiva que lo de “un webcómic debe ser un cómic que está online”.

Banner de El Estafador.

Banner de El Estafador.

Por ejemplo hay quién argumenta que sólo son webcómics los cómics que se publican directamente en internet, excluyendo todos los que se han publicado primero o simultáneamente en formato tradicional (lo que, snif, echaría fuera del saco las tiras de los periódicos). O que sólo son webcómics las obras firmadas por uno o dos autores (lo que, snif, echaría fuera del saco los webcómics colectivos). O que un webcómic debe de tener continuidad de manera que el contenido de su web se amplie más o menos regularmente con nuevas viñetas (lo que, snif, echaría fuera del saco los tebeos que se suben online de sopetón). O que lo interesante de los webcómics es la interacción del autor con los lectores a medida que el cómic se desarrolla (lo que, snif, echaría fuera del saco los webcómics cuyos autores pasan de tener habilitados los comentarios y no se asoman por las redes sociales). Etcétera. Y luego hay quién usa las expresiones e-cómic o cómic electrónico como sinónimo de webcómic, pero también hay quién considera que un e-cómic es diferente, que es un cómic normal pensado para leerse en papel que luego se ha guardado en PDF o en algún otro formato de esos para leerse en soportes electrónicos. Y no veáis ya lo complicado que debe ser entrar en las pantanosas áreas que separan cómics, tebeos y novelas gráficas y en las intersecciones que de estos tres conceptos pueden darse con la tenue frontera entre lo impreso y lo digital.

Dentro de mi cabeza, sin embargo, todos estos matices son bastante inconsecuentes, y los webcómics siguen siendo cómics (me pasa lo mismo que con los cómics y el humor gráfico). No tengo una opinión clara sobre columnas trajanas, pero me cuesta mucho ver cómics y webcómics como entidades separadas, más que nada porque lo que me dio la idea de empezar a subir mis viñetas a la red fue Dilbert.com, que no era otra cosa que la versión online de la popular tira de prensa de Scott Adams.

Dogbert va a poner orden.

Dogbert va a poner orden.

Cuando salió mi primer álbum recopilando cosas que había publicado ya en mi web me entusiasmé mucho y lo releí un par de veces y, aunque el tacto del papel era estupendo, la esencia del asunto me pareció más o menos la misma, los diálogos eran iguales, los dibujos eran iguales, los chistes eran idénticos. La remuneración económica fue bienvenida, pero no llegaba a las cinco cifras y no consideré prudente dejar mi “trabajo de día”.

Mi profecía es que la palabra webcómic caerá en desuso de forma paralela a como irán cayendo en desuso los cómics en papel. Pronto la inmensa mayoría de viñetas se leerán en soportes digitales y procederemos por comodidad a llamarles cómics a secas. Me lleva a pensar esto el hecho de que cuando mi señora me dice que ha leído una noticia en El País ya doy por sentado que la ha leído en elpais.com, ni se me pasa por la cabeza que haya cometido la locura de salir a la calle con el sol que hace, andar hasta el quiosco y darle unas monedas al quiosquero a cambio de un montón de papelotes con las noticias del día anterior.

Pero por si no hubiese suficiente temeridad en lo de tratar de adivinar el futuro en plan Sandro Rey, ahora voy a hacer otra cosa muy controvertida que es hablar bien de las matemáticas.

Ya es un cliché decir que los cómics se han hecho adultos, pero hoy en día todavía se encuentran pocos cómics en los que las matemáticas no aparezcan como una tortura absurda y sin sentido, y sin embargo las matemáticas molan, entre otras cosas porque primero construyen las definiciones de las cosas y luego, sobre esas definiciones, construyen un cuerpo de conocimiento de una solidez exquisita, y se ahorran así follones como este de tratar de etiquetar a posteriori cosas que ya existen y que seguramente, les pongas el nombre que les pongas, seguirán a lo suyo, sin inmutarse.

De la inmensa mayoría de palabras que usamos en el devenir de nuestras vidas no sabemos tampoco la definición exacta ni falta que nos hace, porque en nuestros cerebros se han almacenado ejemplos que sirven como paradigmas de categorías que ya nos permiten apañarnos en la mayoría de situaciones. Es por ello que, en lugar de profundizar en el debate sobre qué es qué y por qué lo qué, os dejaré con unos ejemplos de cosas que yo diría que son webcómics o, si no lo son, lo parecen: Un respeto a las canasEverybody!Sinergia sin control, L’impepinableCrónicas PSN, El Heptágono de las bermudasEl Sistema D13, Perry Bible FellowshipCaniculadasJRMoraXkcdQuerida suegra, Hansi ReloadedAstaroth y BernadetteEl Vosque, La luna solitariaWorst of Oman JanaanComo los sapos ciegosNothing can stop RunninmenCyanide and HappinessEl artista y la musaCargolsAquí huele a cerrado, The Wormworld SagaCaleornConejo FrustradoInterneteo y aparatuquis, Un millón de monos con máquinas de escribir, Nariz Puntiaguda, No hay papel, Orgullo y pundonorHtz, El joven Lovecraft, Enchantae, PolarOseano, Paranatural, Sexy Losers, Gargots, La cripta del horror innombrable, Abstruse goose, Saturday morning breakfast cereal, La intrascendencia de CrespitoGarfield minus GarfieldFirst world problems, Art 88/46Soy una mierda de sumiso, ¡Eh, tío!, Magenta y los patentados, Vago Lobo en HamelinThe funny pages, The private eye, Andrea Down, Miau, La legión del espacio, El niño que amaba la crema de espárragosVaya juventud, Con dos tacones, Por arte de Birly & Birloke, Pedro y Lobo, Nico & Co, Descataloga2, O vídeo o teleBody World, Space Avalanche.

Este artículo, otras opiniones sobre lo que es un webcómic, entrevistas, reseñas y análisis, en Universo Webcómic: Tu magazine digital #1.

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