Últimamente se ha puesto como muy de moda viajar, ¿no? O sea, siempre lo estuvo, porque, aunque muchos se crean especiales por decir que su pasión es viajar y recorrer el mundo, realmente a todos nos gusta pegarnos un viajecito. Quizás a unos les guste Japón y a otros Argentina, y otros con ir a comer una mariscada a Galicia están más que satisfechos.

Pero ahora está demasiado de moda viajar. Se ha convertido en un objetivo vital al que mucha gente se aferra depositando en ello todas sus esperanzas. Como si los viajes salvaran, sanaran, o cambiasen vidas. Y como, en general también, la gente está como muy desesperada, pues si se tienen que agarrar a un viaje ardiendo, se agarran. Y si al final no sale tan bien como lo habían imaginado, siempre pueden subir unas fotos a Instagram.

A mí me gusta viajar, pero me parece un santo coñazo. Hacer maletas me agobia, estar a tiempo en los aeropuertos me estresa, compartir medio de transporte con gente que no conozco y que no entiende la comodidad del modo en que yo lo hago me saca de mis casillas, y madrugar y caminar más de quince kilómetros al día para no perderse nada, sinceramente, no es mi idea de la diversión.

Muchas veces, durante el transcurso mismo del viaje, he querido volver a casa. Pasar de museos y de marcos incomparables y volver a la tranquilidad de mi habitación. ¿No os ha pasado esto a vosotros? Yo he deseado muchas veces, estando de viaje, que el viaje llegase ya a su fin, por favor, que ya había sido demasiado para mí. Pero luego, cuando pasan unos días y se me olvida lo cansada que estuve, en seguida vuelvo a pensar que viajar merece la pena.

Fue en uno de mis viajes cuando conocí a Xavier. Yo había viajado a Barcelona para ir a una feria de cómics independientes y conocer a la que sería la ilustradora de mi primera novela, pero ella estaba también “de viaje”, y mientras esperaba a que volviera me pasé por el stand de Listo Cómics. Reconocí enseguida sus muñequitos porque ya los había visto en Twitter y me hacían bastante gracia. Y se ve que, como me paré más de cinco segundos a mirar sus libros, Xavier no quiso la oportunidad de demostrar lo desesperado que estaba por vender uno de sus ejemplares y al final le compré un libro por pena. Al principio me arrepentí porque en aquel momento no tenía mucho dinero y salirme mínimamente del presupuesto podía suponerme un problema. Días después, cuando lo leí en la tranquilidad de mi cama, sabiendo que, si no tengo dinero para salir a tomar unas cañas siempre puedo quedarme en casa a leer un libro, pensé que comprarlo había merecido la pena.

Y ahora me pide, igual de desesperado, que le escriba el prólogo de su viaje. Y lo primero que me planteo es por qué a mí, si no somos amigos, no hemos follado nunca, yo no tengo ni idea de cómics y, aunque en sus viñetas suele haber mucho humor, y el humor era lo único que podría habernos unido, leyendo El viaje no he soltado ni media carcajada. Más bien al contrario. Me ha dejado un poco bajonera y pensando en que a lo mejor me eligió para prologar su cómic porque yo también pertenezco al mundo en el que se mueven sus muñequitos, el de la gente a la que solo nos quieren como amigos. O peor, como prologuistas. Así que ahora mismo estoy un poco arrepentida de haber accedido a hacer esto y, sobre todo, de haber leído tres veces seguidas El viaje, pero mañana estaré tan contenta de haber escrito esto que sé que merecerá la pena.

¡Por el mañana!

Perra de Satán

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