Edward Lee Thorndike, psicólogo y pedagogo, inventó la expresión “efecto halo” para referirse al sesgo cognitivo que nos hace intuir que alguien físicamente atractivo es buena persona, que los bizcos son tontos o que, en general, las personas que tengan alguna característica positiva tendrán más tendencia a tener otras características positivas y que las que tengan alguna característica negativa tendrán más tendencia a tener otras características negativas. Suena un poco loco pero no es una hipótesis: la existencia del efecto halo ha sido probada repetidamente en el laboratorio y en ella basan casi todo su trabajo los publicistas.

Y sobre el efecto halo se apoya la falacia de apelación a la autoridad, también conocida con los latinajos de magister dixit o argumentum ad verecundiam, que consiste en dar algo por cierto porque lo afirma alguien que es mejor que tú en algún aspecto no necesariamente relacionado con el tema que se está tratando, como cuando los aficionados a los toros afirman que las corridas son buenas porque le gustaban a Pablo Picasso o cuando el presidente corrupto Mariano Rajoy minimizaba los efectos del cambio climático alegando que tenía un primo que era catedrático de la Universidad de Sevilla.

Es comprensible, pues, que muchos lectores de periódicos prefieran leer artículos escritos por escritores famosos que artículos escritos por expertos que sepan algo sobre el tema a tratar, porque los escritores famosos son más famosos que los expertos en temas concretos y a los lectores les es fácil imaginar que alguien que ha salido por la tele o ha recibido un premio literario debe de ser alguien que sabe de cosas, así, un poquito en general. Es más, a menudo los propios hacedores de periódicos tampoco tienen tiempo ni motivación para ponerse a investigar quienes son los expertos en cada campo y se ahorran mucho trabajo si recurren a escritores generalistas y los ponen a opinar de lo que haga falta.

Sin embargo, aunque un poco de efecto halo no hace daño a nadie, en circunstancias poco afortunadas podría dar lugar a una bola de nieve amarillenta de esas que al rodar van creciendo y acumulando más y más porquería. A menudo para metáforas así se usa una bola de nieve normal, pero en este caso creo que tiene más fuerza simbólica si la nieve incluye barro y pis y restos orgánicos. Imaginen, por ejemplo, que algún escritor de éxito fuese invitado de forma reiterada a escribir sobre temas que desconoce en algún periódico. Pese a desconocer los temas sobre los que escribe, el prestigio asociado al nombre del escritor de éxito podría hacer que la presencia de sus textos estimulase las ventas del periódico en lugar de mermarlas, los editores del periódico no tendrían ningún motivo para prescindir de sus servicios y a la larga esto podría llegar a llevar al escritor a inferir que en realidad sabe de todo. El pobre hombre (o mujer, si fuese mujer, pero es más fácil imaginar que esto le sucede a un aspirante a macho alfa de la manada) podría sobreestimar su propio talento hasta el punto de ni concebir la posibilidad de equivocarse ni considerar la de documentarse un poco antes de escribir sus cosas. Sería comprensible que, con el paso de los años, sus opiniones se fuesen volviendo más rotundas y tajantes, su estilo se fuese volviendo más prepotente y viril, su actitud se fuese volviendo más moralizante y condescendiente y sus contactos con la realidad se fuesen volviendo más y más escasos. Si la personalidad del escritor opinador fuese lo suficientemente proclive a la locura megalomaníaca, aparte de artículos de prensa podría animarse a escribir libros sobre lo que hay que hacer para arreglar España y, ya puestos, el resto del mundo.

A poco que le tirasen de la lengua, podría explicarnos cómo reformar el sistema electoral, cómo mejorar el sistema educativo, cómo combatir el Estado Islámico, qué vestido tendría que ponerse la presentadora de la tele en el programa especial de Nochevieja, quién va a ganar las próximas elecciones de cualquiera que sea el país en el que se celebren las próximas elecciones, qué cables hay que cortar para desactivar una bomba de relojería, cómo entrenarse para resolver en pocos minutos un cubo de Rubik de 4x4x4 y qué peligros nos deparan los alimentos procesados y las legumbres transgénicas.

En principio, esta hipotética la chaladura de un escritor opinador no tendría por qué gravitar necesariamente hacia unas opciones políticas concretas, pero podría llegar a darse el caso de que, a medida que la bola de nieve amarillenta se hace más y más grande, esta no rodase al azar sino en la dirección en la que la empujase la línea editorial de los periódicos y de los grandes accionistas de los bancos y las empresas que en ellos se anuncian, y no sorprendería a nadie que esa dirección fuese más hacia la derecha que hacia la izquierda.

Escritores que podrían haber empezado su carrera escribiendo textos condescendientes con Mao Zedong y con la ETA podrían llegar a unos extremos de entusiasmo neoliberal a medio camino entre el de Henry Kissinger y el de la bruja Avería.

Su prosa podría llegar a transmitir cierto tono de rebeldía y a menudo el escritor opinador podría llegar a jactarse ser un malote y un “políticamente incorrecto”, pero en general serían una rebeldía y una incorrección política que tenderían a posicionarse en contra de los mindundis y a favor del Establishment.

De hecho, podría llegar a darse el caso de que esta problemática no arrastrase a uno o dos escritores aislados sino que docenas de ellos siguiesen trayectorias más o menos paralelas, y no solo fuesen mostrando los mismos síntomas de chaladura cada uno por su cuenta sino que entrasen en sinergias de halagos recíprocos que no les ayudarían para nada a encontrar la salida de su espiral de autoindulgencia. Se jalearían entre sí, se prologarían entre sí, se premiarían entre sí y, por supuesto, irían repitiendo todos los mismos argumentos y lugares comunes (quién sabe si fabricados por alguno de ellos o por algún taxista o por los editorialistas del periódico o por el departamento de prensa del partido político que ostentase el poder en cada momento). Cada uno de ellos podría tener algún aporte original de vez en cuando y cada uno podría especializarse un poco en sus neuras favoritas, y algunas de estas neuras, por separado, podrían ser insignificantes y risibles, pero apuntalándose unos a otros los opinadores profesionales podrían llegar a construir un intimidatorio andamiaje intelectual de aparente solidez pese a tener pocos apoyos en el mundo terrenal.

En momentos de crisis, los opinadores profesionales podrían llegar a creerse luz y guía del pueblo llano y, tras identificar de forma unívoca las cuatro causas de la crisis, encontrarían soluciones que podrían llegar a pasar por “regenerar la clase política” por el inquietante método de crear un partido de estos que no son ni de derechas ni de izquierdas pero que luego, en caso de sacar algún escaño, votan siempre lo que vota la derecha.

Yo lo explico así, un poco a guasa, pero el sociólogo Ignacio Sánchez-Cuenca defiende la tesis de que esta distopía está sucediendo ya en España. En 2016 sacó un libro titulado La desfachatez intelectual en el que lo explicaba con un montón de ejemplos y nombres propios, y la última vez que lo miré iba ya por la séptima edición.

Cuando no está poniendo a parir las vacas sagradas de la literatura española contemporánea, Sánchez-Cuenca ejerce de profesor de ciencias políticas en la Complutense de Madrid y puede que sufra cierta deformación profesional, porque en varios momentos el tono de su libro da la sensación de ser el tono de alguien que está regañando a sus alumnos por haberse presentado a un examen sin estudiar y haberlo rellenado con respuestas inventadas, lo cual resulta especialmente chistoso porque aquellos a los que trata como alumnos rezagados son escritores de la talla de Fernando Savater, Jon Juaristi, Luis Cebrián, José Luis López Aranguren, Pedro J. Ramírez, Javier Marías y Arturo Pérez-Reverte.

El los llama intelectuales pero yo prefiero referirme a ellos como opinadores profesionales porque para mí la palabra intelectual siempre ha tenido connotaciones positivas y usarla en este contexto se me hace raro.

En todo caso, algunos de los fragmentos que cita Sánchez-Cuenca en La desfachatez intelectual como ejemplos de razonamientos erróneos los desmonta a lo largo de varias páginas, argumentando el punto de vista contrario apoyándose en sus cosas de la sociología o las ciencias políticas. Otras veces el hecho de tener estudios relacionados con la materia le permite cepillarse algunas bravuconadas con contraejemplos o contraargumentos que cabrían en un tuit, lo que los jóvenes de hoy día llamarían zaskas.

Por ejemplo, a Antonio Muñoz Molina, entre otras cosas, le afea que en su bestseller Todo lo que era sólido achaque la crisis española a la fragmentación de la soberanía causada por el soberanismo, y le invita a fijarse en que también hubo burbuja inmobiliaria en otros países en los que no hay estado de autonomías.

Otros fragmentos reproducidos en La desfachatez intelectual son directamente trolas o tonterías y Sánchez-Cuenca los despacha alegremente mencionando fuentes fiables que los contradicen. Otros fragmentos son simples disparates que se prestan más a la guasa que al debate. De estos os copio aquí algunos por su potencial cómico en caso de que al lector, como a mí, le hagan gracia estos asuntos:

Juan Manuel de Prada afirma en un artículo que la causa de la corrupción radica en que los políticos españoles no asumen el pecado original inherente a la condición humana. En otro artículo, ya puestos, elogia los cuadernos de hacer caligrafía porque “pocos instrumentos han sido más beneficiosos para la formación de varias generaciones de españoles”.

Francisco Rico dice textualmente que “no pocos de los argumentos contra el tabaco carecen de rigor científico y son simple fruto del desconocimiento, como cuando hace unos años el aceite de oliva se consideraba malo para el colesterol”.

Félix de Azúa proclama que la Universidad es “una de las instituciones más corruptas del conjunto institucional español” y que (en contra de lo que podría inferir cualquier persona que se hubiese molestado en ojear el informe PISA) “la enseñanza española es la que recoge la más baja calificación en todo el conjunto europeo”.

Javier Cercas atribuye todo el progreso económico y social de España a la figura de Juan Carlos I, llegando a afirmar que “sin el rey no habría democracia”.

Vargas Llosa, sin pizca de ironía, califica a Esperanza Aguirre de “Juana de Arco del liberalismo” en un artículo en el que argumenta que, con ella de presidenta del Gobierno, “jamás se hubiera hundido España en una crisis como la que padece”.

Ya puestos, el profesor Sánchez-Cuenca trata infructuosamente de dar sentido al primer párrafo del “Manifiesto de los libres e iguales” (aparentemente escrito por la marquesa Cayetana Álvarez de Toledo y Peralta-Ramos, pero firmado por un montón de lumbreras entre los cuales Hermann Tertsch, Federico Jiménez Losantos, José Luis Garci, Mario Vargas Llosa, Félix de Azúa, Arcadi Espada, Fernando Savater y uno de los cantantes del Dúo Dinámico).

Varios de los momentos más divertidos del libro corren a cuenta de Fernando Savater, que en sus años mozos hablaba del “perfectamente respetable radicalismo de las propuestas políticas de Herri Batasuna” (El País, 1981) y explicaba cosas como que “en un contexto político trapisondista, átono y desesperanzado, el fenómeno abertzale ha cortocircuitado el habitual mangoneo de los partidos y centrales sindicales para dar muestras sugestivas de espontaneidad organizativa y combatividad cívica. Es uno de los casos de insumisión popular más notables de una Europa adocenada y en regresión derechista” (El País, 1980) pero que a lo largo de su carrera, a medida que ETA se volvía más inofensiva, se fue obsesionando más y más con el tema de la unidad de España, llegando a equiparar con el terrorismo cualquier nacionalismo que no fuese el suyo.

La “reflexión gramatical” que lanzó el poeta y novelista Álvaro Pombo en un miting de UPyD no se recoge en el libro pero se recomienda su consulta en Youtube.

En general, lo que Sánchez-Cuenca sugiere a nuestros opinadores es leer más antes de escribir, consultar otras fuentes a parte de la propia sapiencia, comparar la situación de aquí con la de otros países para asegurarse de no estar atribuyendo causas locales a fenómenos que se repiten a lo largo y ancho del planeta, asegurarse de que las palabras que se van a usar significan lo que se piensan que significan, y, ya puestos, incluso resistir la tentación de pontificar ante algunos temas y ceder de vez en cuando la palabra a algún economista, sociólogo o politólogo que sepa de qué va el asunto. Dice que “cuando un autor no tiene una contribución propia que hacer, ya sea porque otros se le hayan adelantado, ya sea porque no se le ocurra nada de su propia cosecha, mejor callarse.”

Que dice que no es que quiera luchar contra el intrusismo y se piense que solo los politólogos tienen derecho a hablar de política, pero que sí que cree urgente elevar un poco el nivel del debate.

Si en nuestra esfera pública hubiese un compromiso más firme con el conocimiento y la investigación, los argumentos políticos que circulan por la sociedad tendrían un mayor grado de refinamiento y coherencia interna. Parece imprescindible que quien se lance a opinar sobre las reformas políticas que necesita España, o sobre la naturaleza del nacionalismo, o sobre el estado de nuestro sistema educativo, ya sea escritor o no, ya tenga una formación u otra, estudie un poco, intente averiguar lo que se sabe al respecto y sea consciente del valor que su aportación puede tener en relación con lo ya sabido.”

Recomienda evitar las generalizaciones sin base, las afirmaciones campanudas, la reproducción de lugares comunes y la obsesión con el tema de España, la españolidad y los españolismos, pero afirma que “lo más grave, sin duda, es la impresión de arbitrariedad, en el sentido de que el autor podría haber dicho justamente lo contrario de lo que defiende sin necesidad de alterar demasiado la base empírica del texto, que suele ser más bien escuálida”.

Ya puestos, sugiere construir una “conversación colectiva más abierta e inclusiva” para lo cual recomienda escuchar opiniones ajenas, no enervarse ante los desacuerdos y no responder a toda crítica con sarcasmos, descalificaciones y ataques ad hominem.

La mayoría de los consejos de Sánchez-Cuenca suenan tan razonables y bienintencionados que algunos me los apunté con la intención de intentar aplicármelos a mí mismo, pero los opinadores profesionales estaban poco acostumbrados a que los regañasen y se enfadaron un montón. La mayoría tuvieron el savoir faire de hacerse los locos, pero algunos aludidos hicieron algo muy gracioso que consistió en responder justamente como Sánchez-Cuenca les acusaba de responder a las críticas: con sarcasmos, descalificaciones y ataques ad hominem. El profesor recoge algunas de estas reacciones en el epílogo de la séptima edición de su libro y algunas parecen parodias escritas adrede para que funcionen como punch lines.

Savater, por ejemplo, parecía ser consciente de estar metiéndose en un jardín pero se metió en el jardín igualmente, cuando escribió, en un artículo en El País Semanal, “No quiero empezar con tiquismiquis. Y más cuando usted enseguida nos reprocha no ser capaces de encajar bien las críticas. Nótese la rara astucia del reo: si para desmentirle en ese punto te callas, otorgas en todo lo demás; si llamas al que cocea y rebuzna por su nombre, eres demasiado picajoso”. Para que quedase claro que ahí se estaba construyendo más una confrontación que un debate de ideas, tituló el artículo “A mi inevitable enemigo” y lo terminó por todo lo alto con “Como todo jabalí, usted es corto de vista y ataca a cuanto se mueve, creyendo que cierra el paso. Pero por muchos colmillos que le eche, al jabalí más feroz siempre se le nota su parentesco con los demás cochinos”.

Menos autoconsciente y con menos poesía, Javier Cercas escribió varios artículos con pullitas que Sánchez-Cuenca interpreta como ataques a su libro pero que ni él ni nadie puede estar seguro de que lo sean porque Cercas se dedicó a arremeter contra entes anónimos que decían más o menos lo que decía Sánchez-Cuenca pero no mencionó en ningún caso el nombre del profesor ni el título de su libro, seguramente para no contribuir a la promoción de este, lo que dificultó que los lectores de El País Semanal pudiesen saber a quién iban dirigidos esos insultos a lo “Ahí tienen el triunfo del tonto culto: la barbarie de la literalidad”.

Jon Juaristi sí que se dignó a escribir el nombre de Sánchez-Cuenca en un artículo en el ABC, pero junto al nombre añadió “un tal” para recalcar su insignificancia en el mundillo de los suplementos dominicales. “Un tal Ignacio Sánchez-Cuenca ha publicado un libro contra un montón de gente. ¿Quién es este Sánchez Cuenca? Se presenta como profesor de ciencia política de una universidad madrileña, pero antes fue mamporerro…” Como el texto se publicó en marzo de 2016, no salía Venezuela porque Venezuela todavía no era uno de los grandes símbolos de todo lo malo, pero sí que salían Podemos, la ETA y Rodríguez Zapatero. Concretamente, acusaba a Sánchez-Cuenca de haber sido mamporrero de Zapatero y terminaba el artículo con “Yo te habría concedido, como mucho, un pico y un azadón, pero seguramente los habrías tomado por cubiertos para lubina, a pesar (o quizá a causa) de la esmerada educación que recibiste. De nada.”

Luis Garicano, por su parte, también asoció Sánchez-Cuenca al zapaterismo, lo tildó de “irredento” y argumentó: “No comparto mesa y mantel ideológicos con algunos de los que cita críticamente en el libro, pero la mayoría de los que arrolla con sus invectivas han contraído méritos que les regatea injustamente un autor que no tiene aún su rango referencial”.

Inciso: En un contexto científico, el rango de referencia es una herramienta que sirve para interpretar los resultados de exámenes médicos, y suele estar definido como el conjunto de valores donde cae el 95% de la población normal. El nivel de glucosa en la sangre de los humanos, por ejemplo, suele estar entre los 82 mg/dl y los 110 mg/dl, pero en el contexto en el que lo usa Garicano, se entiende que no tener rango referencial es una expresión inventada que equivale a lo que popularmente se conoce como ser un mindundi.

Pero yo, que solo soy profesor de instituto y todavía tengo menos rango referencial que los profesores universitarios, querría compartir mi sospecha de que la era de los opinadores profesionales está llegando a su fin y que cualquier casito que les hagamos es demasiado casito. Mi teoría no es que los lectores se estén sofisticando y sean cada vez más capaces de discernir si un texto aporta algo o no (aunque es posible que algo de eso también haya), mi teoría es que la tecnología que ha vuelto patas arriba el flujo de información también está volviendo patas arriba el flujo de opiniones.

Cuando los medios de comunicación más importantes eran medios punto-multipunto como la tele, la radio o los periódicos, resultaba comprensible que, como opción del ocio, muchas personas gustasen de leer opiniones escritas por profesionales, pero, con el auge de internet, las redes sociales y las comunicaciones multipunto-multipunto, nuestro día a día se encuentra ya bastante saturado de opiniones gratis.

Y, aunque uno puede encontrar cierto desafío en leer opiniones contrarias y tratar de desmontarlas, por lo general las personas prefieren leer opiniones parecidas a las suyas propias. Esto antaño se hacía eligiendo el periódico cuya línea editorial más encajase con cada cual, pero las opciones de quiosco son muy limitadas, siempre lo han sido, y además todas parecen haberse ido desplazando, como decíamos antes, hacia el mismo lado. Los opinadores amateurs que sueltan sus rollos por Twitter y Facebook no solo ofrecen un abanico mucho más generoso de puntos de vista, también, para que engañarnos, es fácil que muchos de ellos escriban de forma más inteligible, con menos palabras rimbombantes y más sentido del humor que Savater.

No deja de haber cierta belleza en el hecho de que muchos antiguos lectores de suplementos dominicales se están animando a soltar sus propias opiniones online. Una vez superada la timidez inicial, resulta una actividad sumamente fácil y adictiva. Tampoco hace falta una gran preparación para opinar sobre un asunto, en general las opiniones van en clústers y, sea cual sea el tema del día, es fácil adivinar si hay que posicionarse a favor o en contra en función de los posicionamientos en temas anteriores.

Para los lectores, la opinión de un opinador desinformado amateur nunca podrá suplir los datos y los argumentos que pueda aportar un experto, pero fácilmente puede suplir la opinión de un opinador desinformado profesional.

En mi casa éramos de El País, sobre todo los viernes, los sábados y los domingos. Varios miembros de la familia nos repartíamos el periódico y los suplementos y nos los íbamos pasando. Qué tiempos. No sé en qué año dejó de comprarlo mi padre. Yo desde que me independicé lo habré comprado un par de veces.

Las opiniones de opinadores profesionales me llegan ya solo a través de las redes sociales cuando se enzarzan en intercambios de pullitas con los usuarios de lo que en España todavía llamamos nuevas tecnologías. Los tuiteros parecen considerar que los opinadores profesionales no se enteran de nada porque están ya mayores (la palabra clave que usan es “pollaviejas”) y los opinadores profesionales parecen considerar que los ordenadores son un invento de Satanás, que la gente tendría que comunicarse menos y que los que usan ordenadores para expresar sus propias opiniones lo están estropeando todo (la palabra clave que usan es “milenials”).

Sánchez-Cuenca insiste una y otra vez en su libro en que lo interesante sería debatir argumentos (más allá de lo que Garicano llamaría el rango referencial de cada cual), que él solo quiere de llamar la atención sobre la “pobreza analítica y empírica de los diagnósticos que realizan nuestros intelectuales sobre asuntos públicos”, y que él no tiene nada en contra de la obra literaria de las grandes voces de la literatura española.

Pero ojo con esa obra literaria, que lo del efecto halo del os hablaba al principio puede estar funcionando ya en dos sentidos: igual que hubo una generación de lectores de periódicos en papel que creyeron que las opiniones de escritores de prestigio tenían algún valor porque sus libros habían sido premiados por el Grupo Planeta, ya debe de ser cada vez más numerosa la cantidad de personas que llegaron a estos escritores a partir de sus artículos mierders y sus pullitas locas y es poco probable que tengan algún día ganas de acercarse sus libros.

No lo digo por mí, ojo, que yo soy un lector voraz y me jacto de haberme leído enteros Territorio Comanche y Pantaleón y las visitadoras y un trozo de Ética para Amador.

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