barragan
Os vais a reír, pero a estas alturas de mi vida estoy tratando de perfeccionar mi castellano. No es que sea guiri ni nada, pero el castellano era mi asignatura pendiente: Los pocos acentos gráficos que recordaba de cuando la sele, la RAE me los ha cambiado de sitio. Escribir “sólo” con tilde ahora es incorrecto, y tomarse un café solo es lo mismo que tomarse solamente un café. Lo flipas.

correcto0En todo caso, el libro que pillé para ponerme al día fue uno del Instituto Cervantes titulado El libro del español correcto: Claves para hablar y escribir bien en español. No sé por qué elegí este y no otro, supongo que porque, desde la perspectiva que da el desconocimiento total de la institución, el instituto Cervantes inspira confianza, y además la cubierta era chula y el título parecía más simpático que el del Gramática española y menos ridículo que el del Ortografía y gramática para dummies.

Todavía no me lo he leído entero, pero ya he visto que contiene a) todas las secciones normales que cabría esperar y que ya contaba con consultar, b) otras que no esperaba encontrar pero que, dentro de lo que cabe, también podrían calificarse de relativamente normales, y c) unos fragmentos humorísticos un poco inquietantes.

Entre lo que no me esperaba: consejos sobre la longitud ideal de los párrafos, sobre la distancia que tiene que haber entre tu cuerpo y el de tu interlocutor, o incluso sobre cómo tenemos que vestirnos para hablar en español correcto (“Si queremos que nuestra apariencia contribuya positivamente al éxito de la comunicación, o al menos que no la perjudique, habremos de buscar un equilibrio entre las exigencias del contexto comunicativo y nuestro estilo personal“). Madre mía, uno creería que el Instituto Cervantes se iba centrar en el rollo de los diacríticos, las conjugaciones, la hache y la be y la uve, y va y hasta te dice que, cuando hables, hagas el favor de mirar a los ojos. Más que un libro de lengua, una institutriz en papel.

Pero centrémonos en los chistes, que son lo más divertido y seguramente también son lo que en el fondo distingue El libro del español correcto de cualquier otro libro sobre cómo hablar correctamente en español. Están intercalados entre las partes serias, y a veces guardan alguna relación con el tema que se está tratando. En el texto introductorio de la edición, los autores comparten su esperanza de que “en medio de las recomendaciones, los consejos y las reconvenciones de ceño adusto, estas píldoras sean como chispas que permitan al lector cambiar el gesto e iluminen su sonrisa“.

Hete aquí un ejemplo procedente del apartado Pronunciación de las vocales:

correcto5

A las primeras de estas píldoras que encontré no les di mucha importancia, pero cuando llevaba tres o cuatro ya se me había iluminado una sonrisa de 60W por lo menos y había perdido totalmente la concentración en el estudio. Me puse a buscar las siguientes, saltándome todas partes serias que me habían motivado a comprar el libro.

Reír es un acto social, un chiste en soledad no tienen ni la mitad de fuerza que un chiste compartido. Agarré el móvil, fotografié mis píldoras favoritas y las compartí por las redes sociales.

La mayor parte de esas píldoras eran chistes que no me hubiese atrevido yo a pronunciarlos en voz alta en un encuentro social ni siquiera entre amigos a los que tuviese mucha confianza y hubiesen estado bebiendo, pero verlos impresos en un contexto relativamente formal tenía su gracia.

El contraste entre lo serio y lo humorístico siempre ha dado fuerza a lo humorístico, como bien saben los maestros del género (de ahí la célebre cara de palo de Buster Keaton o el impasible porte de Eugenio Jofra), pero no creo que el contraste entre lo serio y lo humorístico sea suficiente para explicar la fuerza de los chistes de El libro del español correcto. Quizá también habría que valorar su potencial evocador, que no era moco de pavo. Eran chistes que quizá no arrancaban grandes carcajadas de buenas a primeras, pero tenían la fuerza de una madeleine proustiana que, aún estando ligeramente reseca, mojada en un tazón de Colacao hacía revivir dentro de nosotros dulzonas sensaciones enterradas desde los tiempos de la EGB, las canicas, las peonzas y las colecciones de cromos.

Hay bromas que a base de repetirlas se vuelven más y más graciosas (lo que suele llamarse running gags o humor recurrente), pero en general los chistes se basan en la sorpresa y se disfrutan más cuando se escuchan o leen por primera vez. Una de las pocas cosas más incómodas que que te cuenten un chiste que ya sabes es empezar a contar un chiste y que tu audiencia ya se lo sepa. Y, sin embargo, si ha pasado mucho tiempo desde que lo oíste por última vez, ¿es posible volver a disfrutar de un chiste como se disfruta de recuperar un viejo libro o una vieja película? Parece una pregunta paralela a la de si es posible hacer revivir la llama marchita de un viejo amor.

La buena acogida que tuvieron algunos de los gags de El libro del español correcto en Tumblr y Facebook podría hacernos creer que la respuesta es que sí.

Veamos este otro ejemplo, procede del apartado Orden en la colocación de los pronombres átonos:

correcto1

Bueno, quizá todavía hay algo más a parte la nostalgia y el contraste entre lo serio y lo cómico. Quizá aquí también están entrando en juego esos complejos impulsos ferminonófilos que han logrado popularizar películas como  R.O.T.O.R. (o como Troll 2Plan 9 from outer space), cuyas legiones de fans no se cansan de repetir que son malas pero que, de tan malas que son, son buenas, como si la bondad y la maldad no se encontrasen en los extremos de una recta, o como si sí que se encontrasen en extremos opuestos de una recta pero esa recta pudiese penetrar en alguna especie de agujero espacio-temporal que permitiese solapar ambos extremos. Y es que pocas obras intencionadamente divertidas son tan graciosas como las comedias involuntarias que parecen tomarse en serio a sí mismas.

Sin embargo, el título que usan en el libro para los incisos humorísticos (“Corregir con humor”) ya nos está advirtiendo precisamente de que los chistes pueden contener humor, no sería justo meterlos pues en el mismo saco que las comedias involuntarias. Si un chiste aspira a iluminar sonrisas y logra iluminar sonrisas, el chiste ha cumplido su objetivo, aunque la mente del lector haya dado un rodeo por las sendas de la ironía y el desdén.

El chiste del Libro del español correcto que más éxito tuvo (un éxito cuantificable en una docena de retuits, centenares de notas en Tumblr y miles de likes en Facebook) es esta pequeña tragicomedia sobre el drama del desempleo, procedente del apartado dedicado a La prosodia:

correcto6

¿Risas o escalofríos? ¿O ambas cosas al mismo tiempo?

Cuesta creer que un chiste tan malo no sea malo adrede. No lo digo para quitarle mérito, todo lo contrario. Otra de las paradojas del humor es que algo deliberadamente no gracioso puede, precisamente por eso, resultar muy cómico. Suena raro, pero tiene su lógica, y el mecanismo que lleva a ello es conocido: Un chiste deliberadamente no gracioso puede generar expectativas de una comicidad que no llega, estas expectativas insatisfechas generan incomodidad, y, en un contexto de comedia, esa incomodidad tan fuera de lugar puede dar lugar a una ironía que tenga valor cómico.

En nuestro país, en Instituto Cervantes quizá podría considerarse uno de los pioneros en esta disciplina, pero tampoco está inventando nada nuevo, en el mundo de la stand-up comedy anglosajona existe una tradición bastante sólida en lo que ellos llaman “anti-humor”. Hete ahí a Andy Kaufman, Ted Chippington, Jimmy Carr o Bill Bailey.

Y, sin embargo, ¿cuantos discípulos de Kaufman se atreverían a salir a un escenario, delante de personas, y decir en voz alta esto que había en el apartado dedicado al Régimen sintáctico de algunos verbos?:

correcto4

El filósofo húngaro Arthur Koestler, tratando de explicar este fenómeno tan raro que es la risa humana, argumentaba:

“El humor empieza con un hilo de pensamiento en un marco de referencia y tropieza con una anomalía: un suceso o enunciado que no tiene sentido en el contexto de lo que había venido antes. La anomalía puede resolverse cambiando a un marco de referencia distinto, a un marco en el cual el suceso o enunciado tengan sentido. Y en el interior de ese nuevo marco de referencia, la dignidad de alguien ha sido degradada.”

Arthur Koestler fue un hombre sabio a la par que un valiente activista en mil batallas diferentes, pero yo personalmente no creo que en todas las situaciones humorísticas tenga que producirse un cambio de referencia ni mucho menos que tenga que producirse la degradación de la dignidad de nadie, pero sí que es cierto que, en cierto modo, Koestler está dictando una fórmula innegablemente eficaz, que maximiza las posibilidades de que un chiste resulte gracioso. Y es una fórmula tan eficiente que resulta curioso que en el Instituto Cervantes sólo recurran a ella muy de vez en cuando. Quizá son un poco como aquellos artistas plásticos que, aún dominando perfectamente algunas técnicas pictóricas, optan por expresarse mediante manchurrones y cagarrutas.

En el pequeño diálogo que se generó en Twitter a raíz de estos chistes, la escritora Llucia Ramis se interesó por saber quién era el autor del libro. Ni en la portada ni en la contraportada lo pone, es como si el Instituto Cervantes al completo se responsabilizase del tomo, pero yo por Llucia Ramis soy capaz de investigar lo que haga falta: Abrí el libro, enconté los nombres de los autores en una de las páginas interiores y se los pasé. Le faltó tiempo para buscarlos en Google y, al encontrar imágenes del coordinador del proyecto siendo entrevistado por la tele, comentó la posibilidad de que hubiese alguna relación entre esa peculiar concepción del humor y el muy poco convencional nudo de la corbata que lucía el profesor Florentino Paredes. No me quedó otra que fotografiar la página sobre cómo hay que vestirse en español correcto (lo de “buscar un equilibrio entre las exigencias del contexto comunicativo y nuestro estilo personal“) y mandársela a Llucia Ramis para que no frivolizase.

paredes

Y es que todo es mucho más complejo de lo que parece a simple vista. Veamos otro fragmento, procedente del apartado dedicado a los Pronombres demostrativos que, a diferencia del gag de dejar dinero, cuando lo fotografié y lo compartí online tuvo una acogida muy fría en las redes sociales:

correcto2

Algo falló ahí. El delicado hilo de complicidad que se había creado con los lectores se rompió. Ya no hubo ni retuits ni palabras bonitas ni emoticonos que expresasen hilaridad. De hecho, algunos de los comentarios que recibí a raíz de este chiste fueron abiertamente hostiles.

Quedó claro que, si algo incomoda más que que te cuenten un chiste viejo que ya habrás oído cien veces entre los seis y los doce años, es la sensación de que te están contando un chiste que ya forma parte de tu infancia y encima lo están contando mal. Sabes que no tiene importancia, que en el mundo suceden constantemente cosas más graves de las que preocuparse, pero la sensación de enojo es inevitable, como la de ir a ver una exposición de cuadros importantes y que uno de ellos esté torcido, o como cuando Ramoncín salió por la tele cantando a su manera la canción Come as you are de Nirvana.

Silvia Autsider, editora de Autsiderismo y experta en los mecanismos del humor, me hizo notar que en realidad no es que el chiste estuviese mal contado, es que había sido adaptado a los estándares actuales de corrección política, mucho más exigentes y complejos que los de cuando éramos niños y este chiste lo contaba en horario infantil el humorista Josep María Rubio caracterizado de Señor Barragán con sus gafotas de culo de vaso, su peluca tiñosa y su boina deshilachada.

La versión original del chiste, o al menos la versión más popular a finales del siglo pasado, era casi igual que la del español correcto, pero terminaba con “eso es mi amiga y tampoco baila” y se enmarcaba en un contexto de roles tradicionales de género. La primera voz se sobreentendía que era de un chico que trataba de sacar a bailar a una chica, y la segunda voz se sobreentendía que era de la chica que declinaba el ofrecimiento, y quedaba claro que, cuando él insistía, ella malinterpretaba que él estaba tratando de sacar a bailar a su amiga, que seguramente era fea. Era un chiste de otra época, de cuando se bailaba en pareja y el protocolo habitual era que el hombre diese los primeros pasos en el ritual de cortejo.

Pero este subtexto tan esquemático queda atrás en la nueva versión del chiste. Al cambiar el género de la amiga, el Instituto Cervantes no está aquí rompiendo sólo con los roles de género tradicionales, está desafiando también los convencionalismos del heteropatriarcado. El lector incauto recorre el texto dando por sentado que es un hombre el que trata de sacar a bailar a una mujer, y hasta el final no cae en la posibilidad de que el protagonista sea una mujer sacando a bailar a un hombre, o que el protagonista sea, por qué no, un hombre sacando a bailar a otro hombre (o a una mujer y luego a un hombre, que, al fin y al cabo, ya lo dice el refranero popular que en la variedad está el gusto).

El antiguo chiste tenía gracia y encajaba perfectamente en la fórmula de Koestler. Los dos marcos de referencia permitían que la narración se bifurcase en dos posibles interpretaciones y en una de ellas se degradaba la dignidad de la amiga fea (algo que, aún tratándose una ficción, no estaba exento de crueldad). La nueva versión, en español correcto, fulmina ambos marcos de referencia y convierte el chiste en un calidoscopio con cuatro o seis posibles interpretaciones. El instituto Cervantes ha roto el espejo y el resultado ha dejado de ser puro Barragán para ser puro David Lynch. Lo interesante es que en la mayoría de las cuatro o seis nuevas posibles interpretaciones del texto no se degrada la dignidad de ningún personaje que pudiese llegar a ser visto como representante simbólico de ningún colectivo en riesgo de exclusión social. El precio que pagamos por todo ello es el precio de matar el gag, pero el gag ha sido asesinado en pos de causas nobles y, en todo caso, se trataba de un chiste que ya olía a muerto desde hacía bastante tiempo.

Un olor cuyo rastro nos lleva a un último ejemplo, procedente del apartado Incorrecciones y vulgarismos relacionados con la conjugación:

correcto3

De este también me sabía yo una versión parecida pero diferente, que decía tal que así:

– Jesús dijo “Lázaro, levántate y anda” y Lázaro se levantó y andó.
– Anduvo, jodido.
– Anduvo jodido al principio, pero luego andó bien.

El impulso de creer que mi versión era la buena fue grande, pero me contuve y, antes de meter la pata, consulté las Sagradas Escrituras.

En el versículo Juan 11:43, el protagonista, que es Jesús, el hijo de Dios, se pone a hablar con el cadáver en descomposición de Lázaro de Betania, que lleva varios días mal enterrado en una cueva, y, efectivamente, sus palabras exactas son “¡Lázaro, ven fuera!”. Hay que reconocer que ahí el Instituto Cervantes estuvo muy fino. Lo de “Lázaro, levántate y anda” no está en la Biblia, es una de esas inquietantes citas apócrifas como la de “Tócala otra vez, Sam” que a todos nos suena a Humphrey Bogart en Casablanca pero que no se dice en ningún momento de la película.

Lo de que hayan preferido poner “idiota” en lugar de “jodido“, sin embargo, no resulta tan fácil de explicar. En castellano, como en tantos otros idiomas, la palabra “joder” es hiperpolisémica y divertida, y tanto vale para cosas muy buenas (practicar el coito) como para cosas malas (molestar, fastidiar, destrozar, arruinar, echar a perder), un poco como el “pitufar” de los pitufos. El chiste también es un chiste a lo Koestler porque “jodido” se puede interpretar pues como un insulto al personaje que conjuga mal (“eres un jodido“) y como una descripción de la manera de andar de un zombi que acaba de volver de entre los muertos (“Lázaro anduvo jodido“). No me parece a mí que la palabra “idiota” funcione igual de bien en este contexto ni se me ocurre ningún motivo para usarla aquí. ¿Quizá algún mojigato la consideró menos ofensiva que jodido? Yo preferiría que me considerasen jodido que idiota, suena más a algo temporal que se puede llegar a corregir, pero para muchas personas la palabra “joder” y sus derivados son lo más bajo del diccionario y conviene evitarlas dentro de lo posible.

Es una pena, porque el añorado Pepe Rubianes era capaz de salir al escenario, empezar a reírse solo, decir “joder” y volver a reír acompañado de todo el público que abarrotaba sus espectáculos una sesión tras otra aunque estuviese repitiendo el mismo show durante diez años.

Incluso cuando no resultan claves en algún juego de palabras, las palabras soeces tienen la capacidad de intensificar casi cualquier gag. No hace mucho, eran palabras tabú que se usaban sólo en ocasiones especiales, hoy día hasta se abusa un poquito de ellas. En los años 70, cuando se estrenó Scarface hubo un pequeño escándalo porque a lo largo de sus 170 minutos se podían contar hasta 207 fucks (1,21 por minuto). Dos décadas más tarde, en la película Pulp Fiction se contaban 265 fucks (1,72 por minuto). El año pasado, en El lobo de Wall Street, 569 fucks (3,16 por minuto).

Quizá se ha banalizado un poco el uso de la palabra y ya no tiene la fuerza de antaño, pero este proceso de banalización no ha sido precisamente un camino de rosas: La libertad para usar las palabras que el artista juzgase necesarias también ha habido que lucharla. En EEUU, humoristas como Lenny Bruce o Frank Zappa tuvieron que sobrellevar incontables demandas, se pasearon por no pocos tribunales y soltaron no pocas soflamas en pos del derecho del artista a llenar sus obras de palabras gruesas. Hay una peli estupenda de Bob Fosse sobre la vida de Lenny Bruce que pone la piel de gallina, porque muestra toda la crudeza de ese esfuerzo y esa lucha por un derecho que en el fondo es tan inocuo que en España, que somos muy dados a prohibir cosas, lo tenemos todavía desregularizado. En este nuestro país de locos en el que puedes ganarte una paliza por fotografiar un policía o pedirle el número de placa, el uso de palabrotas en contextos lúdicos y culturales suele dejarse todavía al criterio de cada cual.

No me suena que en las obras de ficción españolas se digan tantos joderes como en Hollywood ni que haya habido demandas ni juicios porque alguien los haya usado en espectáculos o canciones. Pero si queremos, podemos. De hecho, uno de los más grandes humoristas de todos los tiempos era el famoso Manco de Lepanto, más español que la tortilla de patatas, y uno de sus trucos era escribir con todas las palabrotas que hiciese falta para dar a sus diálogos el tono de autenticidad y paisanaje de los diálogos del vulgo. En los momentos de enojo, el ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha soltaba lindezas de bellaco hideputa para arriba, no creo que nadie se atreva a reprochárselo.

Vete tú a saber qué palabras usaría Miguel de Cervantes para comentar los peculiares chistes de un libro de lengua publicado por un organismo público que se ha apoderado de su nombre como si tuviese algo que ver con él.

 

Más artículos sobre libros y librófilos en Los libros también son cultura.

Share Button