Rinocerontes

Todos  tenemos más o menos claro qué es una novela y qué es lo que esperamos de ella, pero los libros que no son novelas son más escurridizos. Ahí hay divulgación, ensayos, memorias, manuales y otros, y a menudo los juntamos y los etiquetamos salomónicamente como “no ficción”, así como dando a entender que no sabemos exactamente qué son pero al menos tenemos una idea aproximada de lo que no son… Aunque luego nos encontramos con que la no ficción puede llegar a contener bastante ficción y eso lo complica todo.

Entiendo que la calidad literaria de las novelas no depende de si estas incluyen más o menos hechos demostrables o documentados en otras publicaciones, pero si leemos libros de no ficción suele ser con la intención de aprender cosas y por consiguiente la ausencia de ficción en ellos sí que debería ser uno de los indicadores más importantes de su validez.

El problema es que para detectar trolas en un libro de no ficción de forma sistemática es necesario que tu nivel de conocimiento sobre el tema sea superior al que ostenta el autor del libro, y eso no suele darse porque normalmente los libros que tratan sobre cosas que ya sabemos no nos aportan nada y raramente nos predisponemos a dedicarles nuestro tiempo.

Sirve de ejemplo un libro de texto de Santillana en el que ponía que Galileo inventó el telescopio y que con él demostró la teoría heliocéntrica que dice que los planetas y las estrellas giran alrededor del sol, que un padre aficionado a mirar el cielo por las noches lo vio y lo fotografió y lo puso en las redes sociales para que los internautas más avispados se riesen y soltasen comentarios sarcásticos sobre nuestro sistema educativo. Ese libro, sin embargo, estaba pensado para alumnos de la ESO y su conocimiento del universo era más modesto que los de los mordaces internautas. Es probable que muchos de ellos no sólo aceptasen el hecho de que Galileo había inventado el telescopio, que es algo que le podría pasar a cualquiera, sino que puede que llegasen a leer y releer el fragmento hasta aprehender la idea de que las estrellas giran alrededor del sol, lo que choca un poco con las teorías actualmente vigentes en el campo de la astronomía.

El reto es pues detectar, a poder ser antes de leerlo, si es susceptible de incluir fragmentos de ficción un libro de no ficción que trata sobre un tema que no dominamos.

Un truco fácil es mirar la solapa del libro. A veces basta con ver la foto del autor, a algunos se les ve a la legua que son unos fantasmas. Por si su aspecto físico no fuese suficiente, es probable que también encontremos ahí un pequeño texto biográfico que nos de una idea más concreta de qué tipo de persona es, si tiene estudios, si esos estudios tienen alguna relación con los temas sobre los que escribe, si recibió algún premio relevante, si ha publicado algo en algún sitio de prestigio, etcétera.

Inspeccionar la solapa nos proporcionará así estimaciones rápidas de la credibilidad del contenido de los libros, pero es un sistema falible. Tanto el texto biográfico como el aspecto físico del autor son bastante fáciles de tunear para aparentar erudición.

Hasta Pilar Rahola, por ejemplo, pasaba por PhD por simple método de apuntar en su bio que tenía dos doctorados.

Y quizá hasta Risto Mejide parecería un divulgador serio si se quitase las gafas de sol, se dejase crecer el pelo y se lo alborotase un poco.

Risto Mejide

Suena a chiste, pero me temo que tendemos a confiar más de lo normal en cualquier individuo cuyo look evoque un poco al del Dr. Emmett Brown de Regreso al futuro, con los peligros que eso comporta.

Un lector despistado que agarrase un libro de la sección de ciencia del Corte Inglés, mirase la solapa y viese a Eduard Punset con el pelo alborotado y la mirada alegre, podría llegar a creer que se encuentra ante el mejor divulgador que tenemos en España. El ex ministro ha perfeccionado tanto su mimetismo que en algunas fotos hasta nos muestra la lengua en un gesto de entrañable locura que seguramente busca homenajear a Albert Einstein.

El problema es que Punset es el ejemplo paradigmático de autor que no sabe de lo que habla y se hace la picha un lío tratando temas que se le escapan. Un día, después de dedicarse profesionalmente durante años a entrevistar a algunos de los científicos más importantes de nuestro tiempo, afirmó ante las cámaras: “yo he aprendido más de los animales que de los hombres” y puede que estuviese en lo cierto. Logra salirse con la suya porque se dirige a un lector que tampoco es experto en los temas que trata, pero no puede culparse al lector de no dominar todos los temas que trata Punset, porque Punset, como la mayoría de autores de divulgación que hablan de lo que no saben, abarca una cantidad de temas espeluznante. En sus libros salta de una disciplina a otra con la agilidad de un simpático saltamontes. Lo mismo te habla del principio de incertidumbre de Heisenberg que de la flora intestinal del rinoceronte de Sumatra, y lo mismo le da alabar las excelencias del método científico que la psicoastrología kármica o los poderes telequinéticos del doblador de cucharas Uri Geller. Si sabes algo de química igual te das cuenta de que patina cuando exige libertad para los “polímeros encadenados”, pero luego quizá te cuela cosas raras sobre la gestión emocional, y si eres neurólogo igual sospechas que se está inventando lo de que “mediante procesos exclusivamente cerebrales se puede influir en las vinculaciones genéticas y cambiarlas” pero quizá te la cuela luego cuando explica que la primera bacteria “soltaba unas señales preguntando asustada si había por ahí alguien más”, aunque también es verdad que ha llegado a perpetrar algunas punsetadas capaces de crear un desconcierto universal, como la de que “hasta hace muy poco tiempo, éramos lo más parecido que puede haber a los crustáceos, del cuello para arriba éramos idénticos porque la mente estaba dentro y por lo tanto no la veíamos, y en el exterior estaba la calavera o la nuca para que todo el mundo la viera y comprendiera.”

Le han dado un montón de premios por sus labores como comunicador, escritor y pensador, pero cada día son más los escépticos y los gamberros (capitaneados en Twitter por una tal Daurmith) que ven sus programas de la tele y leen sus artículos y sus libros con la única intención de compartir online los fragmentos más disparatados.

Es por todo esto por lo que resulta útil conocer otro truco que nos ayudará a adivinar enseguida si un libro de no ficción incluye ficción, que es tan fácil o más que el de mirar la contraportada pero todavía más fiable. Consiste en abrir el libro por el final y mirar si contiene referencias.

Por referencias no me refiero a que el antiguo jefe del autor nos asegure que es un trabajador puntual y proactivo. Me refiero a que las afirmaciones que aparecen en el libro, o al menos la mayor parte de ellas, estén respaldadas por pequeños numeritos que se correspondan con pequeñas notitas que indiquen de qué estudios o de qué documentos proceden tales afirmaciones.

Parece fácil, y en muchos institutos de educación secundaria tratamos de convencer a los chavales para que incluyan referencias en sus trabajos, y a veces les suspendemos si no las incluyen, pero no todos los editores son tan quisquillosos.

En la España del siglo XXI, encontrar libros con las referencias bien puestas es algo tan poco común que, para no estresarme, he empezado a considerar  también como si tuviesen “referencias” los libros que al menos incluyen bibliografía, aunque no es exactamente lo mismo. Con las bibliografías uno nunca puede estar seguro de si indican los libros de los que el autor ha sacado la información o simplemente indican otros libros que tratan el mismo tema. Ni siquiera podemos descartar que las añada luego algún becario de la editorial. Algunos libros de Punset, por ejemplo, contienen bibliografía, pero otros libros suyos publicados en otros sellos carecen de ella.

Cuando tenga mi propia macro-cadena de librerías os pondré los libros de no ficción en estantes separados según si contienen referencias o no las contienen, para facilitar las decisiones de compra, pero hoy día los libros de no ficción suelen estar clasificados por temáticas y, para estimar su credibilidad, hay que ir abriéndolos uno a uno.

Es evidente que algunos géneros se prestan más a las referencias que otros, y no sorprende a nadie que los géneros que más se prestan a las referencias sean también los géneros que menos se prestan a las trolas. A más new age, menos referencias. A más ciencia, más referencias.  El gen egoista de Richard Dawkins, La rebelión de las formas de Jorge Wagensberg y el Pensar rápido, pensar despacio de Daniel Kahneman, por ejemplo, contienen referencias, pero no las contienen el Manual del sanador vibracional de Ted Andrews, El yoga tántrico de Jean Riviére ni el Cabaret místico de Alejandro Jodorowsky.

Aunque también es verdad que cuanto más nos adentramos en las ciencias duras como la física o las matemáticas, las referencias se vuelven más escasas, supongo que porque sus autores consideran que sus fórmulas hablan por sí solas o que si alguien no se fía de lo que le estamos contando que se construya su propio acelerador de partículas. Me di cuenta de que el mundo era mucho más complejo de lo que parecía a simple vista cuando caí en que Por amor a la física de Walter Lewin no contenía referencias, pero que sí que las contenía La pareja multiorgásmica de Chia y Abrams.

Eduard Punset

Las secciones de las librerías dedicadas a la psicología merecen ser exploradas con calma porque en ellas conviven lomo con lomo dos escuelas muy diferentes: la del estudio del comportamiento humano en general (que suele estar más referenciado) y la del estudio del propio ombligo del autor (que suele estar menos referenciado). Desgraciadamente, la mayoría de libros que reparten consejos para ser mejores y triunfar en la vida y en el amor pertenecen a la segunda categoría. Hete ahí el Cómo hacer amigos e influenciar a las personas de Dale Carnegie, el Sex Code de Mario Luna o el Aprenda PNL en sólo 21 días de Harry Alder. Afortundamente, también hay algunos híbridos que tratan de observar científicamente el comportamiento humano en general y a partir de éste extraen una sabiduría que reparten en forma de autoayuda referenciada que puede llegar a ser muy recomendable. Hete ahí el 59 segundos de Richard Wiseman, el Predictably irrational de Dan Ariely, o incluso el How to fail at almost everything and still win big de Scott Adams.

En las biografías buenas también suele haber referencias. En las autobiografías no tanto, porque el autobiógrafo suele considerarse a sí mismo una fuente fidedigna de credibilidad contrastada, como si La vida desaforada de Salvador Dalí fuese a ser menos verosímil que La vida secreta de Salvador Dalí por haber sido escrita por Ian Gibson en lugar de por el propio pintor.

En lo que se refiere a las artes y las humanidades, la mayor parte de autores parecen considerar que las referencias no son necesarias, pero también hay más o menos excepciones dependiendo de cada arte y cada humanidad concreta. En los libros sobre cantantes y grupos de música pop rock, poquitas hay, pero sí que están muy bien referenciados el Escucha esto de Alex Ross, La historia del jazz de Ted Gioia y el Cómo funciona la música de David Byrne. En las artes plásticas, aunque tampoco abundan, las encontré por ejemplo en La vida privada de los impresionistas de Sue Roe y, por supuesto, en todos los libros de Ernst Gombrich. En la sección de cine sólo las encontré en el Moteros tranquilos, toros salvajes de Peter Biskind, los demás solían contentarse con algunos listados de las películas y sus correspondientes fichas técnicas.

Curiosamente, libros sobre tebeos como el Supercómic y La novela gráfica de Santiago García tienden a estar mejor referenciados que muchos libros sobre otros medios más ligados a lo que se suele considerar la alta cultura. Se nota ahí un esfuerzo consciente por dignificar y darle un poco de respetabilidad al mundo de las viñetas.

Sin embargo, lo que sería especialmente urgente dignificar son los libros de las secciones de deporte, salud y bienestar, porque están jugando con la vida de las personas y en ocasiones de forma bastante imprudente, llegando a recomendar algunas dietas hiperprotéicas que entrañan más peligro que cruzar un puente de Calatrava en un día lluvioso. Algunos libros como El método Dukan de Pierre Dukan dejan a su paso una estela de enfermedades y riesgos metabólicos que harían palidecer a los editores del Necronomicón. No sorprenderá a nadie que no contengan referencias. De hecho, encontrar referencias en un libro sobre comida es más difícil que encontrar una ración de chistorra y patatas bravas en el tupperware de Letizia Ortiz, pero no paré hasta dar con una excepción: el Comer sin miedo de J.M. Mulet.

En las secciones de espiritualidad y de gestión empresarial, ni excepciones encontré. Ahí no había referencias ni en el Dios vuelve en una Harley de Joan Brady, ni en El tao de la salud, el sexo y la larga vida de Daniel Reid, ni en Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva de Stephen R. Covey, ni en el ¿Quién se ha llevado mi queso? de Spencer Johnson.

En la popular colección de libros Tal cosa para dummies tampoco.

En las secciones de sociología e historia, sin embargo, sí que abundan los libros referenciados, desde La sociedad abierta y sus enemigos de Karl Popper a L’esquella de la Torratxa de Jaume Capdevila, pasando por La conquista de lo cool de Frank Thomas, El holocausto español de Paul Preston o La doctrina del shock de Naomi Klein, pero también hay unos cuantos que se arriesgan a entrar en temas controvertidos sin mencionar fuentes comprobables, como el Cataluña hispana de Javier Barraycoa. Y luego también hay linces como César Vidal que a veces ponen referencias inventadas con la tranquilidad que les da el saber que la mayor parte de nosotros no tenemos tampoco intención de leerlas ni mucho menos de comprobarlas, nos basta con saber que están ahí para sentirnos más arropados.

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