Primavera de 2020: la pandemia asola la Tierra y muere mucha gente de todas las edades pero sobre todo gente mayor. La estrategia recomendada para enfrentarnos al virus y mitigar la escabechina es aislarnos, encerrarnos cada uno en su casa, lo que, si no tienes hijos, deja tiempo para leer, ver películas, pensar en la muerte, reenviar memes, llamar por teléfono a los familiares que todavía están como para hablar por teléfono, mirar por la ventana, escribir. En el momento de teclear estas palabras tengo una abuela encerrada en una residencia, otra encerrada en un entresuelo y dos abuelos y una bisabuela encerrados en el recuerdo, el virus no se ha llevado a nadie de mi círculo más íntimo pero sí del de varios amigos, familiares y vecinos. Es una primavera especialmente lúgubre. 

Una de las cosas que a veces pensamos o decimos para intentar consolarnos cuando se nos muere una persona a la que queremos es que no está muerta del todo, que sigue viva dentro de nosotros y que seguirá viva mientras nos acordemos de ella y pensemos en ella. Si este pensamiento ayuda a levantar los ánimos, bienvenido sea, pero aceptar una definición amplia de vida que cuente como vivas a las personas recientemente fallecidas a las que recordamos con cariño conlleva aceptar que, cada vez que muere una persona mayor, mueren con ella sus recuerdos y con esos recuerdos suelen morir definitivamente personas, lugares y anécdotas que ninguno de los vivos tuvo la oportunidad de conocer.

Muchas personas mayores se nos van sin haber compartido ni una pequeña parte de su anecdotario. Supongo que es imposible llevar un registro mental de las batallitas que uno explica y de las que quedan por explicar: a la que te despistas dejas caer algunas batallitas en el olvido y otras las dejas caer repetidas veces en las conversaciones, lo que da lugar a resoplidos y ojos en blanco de cónyuges o hijos en caso de haberlos, y con los resoplidos y los ojos en blanco de cónyuges o hijos en caso de haberlos se te deben de ir yendo las ganas de contar batallitas. Lo ideal sería llevar un registro por escrito pero cuando las autoridades sanitarias te dejan salir de casa es difícil encontrar el momento de escribir nada. 

Yo he tenido la suerte de conocer a mi madre, a mi padre, a mis cuatro abuelos y hasta a una bisabuela y admito que, durante gran parte de mi vida, no presté especial atención a sus historias. Que pudiese haber algún interés en conocer algo de los siete bisabuelos con los que no tuve el honor de coincidir en el espacio-tiempo ya ni se me pasó por la cabeza.

La bisabuela que conocí se llamaba Rosa y era la madre de la madre de mi madre. No tengo ninguna idea de cómo era de joven y mis recuerdos de ella como bisabuela tampoco son ninguna maravilla. La recuerdo ya viejecita, menuda, simpática y discreta. No llegó a la pandemia de 2020. Murió en 1996 a los 93 años, tras dos embolias y tras prácticamente un año de sufrimiento inútil. Antes de que dos coágulos sanguíneos le obturasen, primero uno y después el otro, el flujo sanguíneo a la cabeza, cuando todavía podía sonreír, andar, reír y conversar, la queríamos tal como era en ese momento, la llamábamos yaya Rosa, nunca Rosa a secas, como si la abuelidad fuese una característica esencial de su persona. En mi cabeza no llegó a generarse curiosidad sobre su juventud, sus gustos, su anecdotario o sus seres queridos. 

De niño tenía excusa porque era un niño y de adolescente tenía excusa porque era un adolescente, pero también puedo admitir ser bastante zoquete en este sentido, y, de todas formas, puede que esto nos pase a todos en mayor o menor grado. Incluso mi madre, que es más empática que yo, admite haber descubierto algunas cosas de la vida de su abuela cuando esta estaba ya muy mayor y mi padre, de natural parlanchín, le daba conversación y le sonsacaba cordialmente cosas de las que la familia más cercana no sabía nada.

Por mi parte, una de las pocas conversaciones concretas que recuerdo con mi yaya Rosa fue sobre los nombres de pila de sus padres y sus hermanos. Mi hermana y yo éramos muy jóvenes y solo éramos dos y nuestros nombres nos parecían normales porque los habíamos oído durante toda una vida. La cantidad de hermanos que decía haber tenido nuestra bisabuela nos parecía descomunal y todos y cada uno de sus nombres nos parecían una locura. Cecilio. Emilio. Mariano. Maximino. Silvestre. Blasa. Mi hermana y yo nos partíamos de risa y los repetíamos y la yaya Rosa, al ver que hacía reír a sus bisnietos, también reía y nos decía más y más nombres de hermanos muertos. Sus padres también tenían nombres divertidos, se llamaban Macario y Petra. Su marido no salió en la conversación y para mí era como si no hubiese existido nunca. 

Ahora con la edad todo parece de Perogrullo pero para un niño no es automático inferir de la existencia de una bisabuela la existencia de un bisabuelo y de tres bisabuelas y tres bisabuelos más. Entender la existencia de personas muertas antes de nuestro nacimiento puede que venga de la mano de aceptar que el mundo existía antes de ese nacimiento y de aceptar, ya puestos, que seguramente el mundo continuará existiendo después de nuestra muerte, que se dice pronto. 

La generación anterior a la de mis bisabuelos era ya terra incognita, un universo totalmente inexplorado, y la curiosidad que podía haber llegado a generar por ella era menor que la que podía llegar a generar por las personas que vivían en el bloque de pisos del otro lado de la calle. 

Incluso luego, habiendo crecido y habiendo aceptado la muerte y la inevitabilidad lógica de haber tenido ocho bisabuelos, no saber ni los nombres de los cuatro bisabuelos paternos me parecía normal y excusable por la distancia, también geográfica, que había con los padres de mi padre. Yo había nacido en Barcelona y vivido siempre en Barcelona, los padres de mi padre eran “els avis de Lleida” y Lleida parecía un lugar muy lejano, de hecho era el lugar más lejano al que íbamos a veces a ver familiares. Ciento cincuenta quilometrazos. Veíamos a mis yayos de Lleida bastante menos que a los de Barcelona y el trayecto se llevaba a cabo con un entusiasmo moderado. Lo que más me flipaba de niño cuando íbamos a verlos no eran ellos y sus historias, sino las cosas raras que había en su casa, entre las cuales: un cuadro de Goya de los fusilamientos del 3 de mayo, un reloj de pared con péndulo, una silla mecedora, un jilguero enjaulado, una azotea practicable y un desván con lo que a mí me parecía una cantidad descomunal de misterios, polvo y trastos viejos, entre los cuales un tricornio.

Mis abuelos paternos también tenían nombres raros: se llamaban Leonor y Urbano. El nombre de la yaya Leonor empezó a tener connotaciones de realeza en 2005, pero el del yayo Urbano fue raro hasta el final. 

Urbano había sido Guardia Civil. Antes de conocer a fondo el reparto de competencias entre las diferentes fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, yo ya sabía que había alguna especie de chiste en lo de llamarse Urbano y ser Guardia Civil porque había visto que cuando lo decía mi padre hacía reír a los adultos. 

Es probable que ser Guardia Civil en la época en la que mi yayo Urbano fue Guardia Civil fuese más sórdido de lo que es ser Guardia Civil hoy en día, pero murió en 2007, antes de que ni yo ni ninguno de mis familiares más cercanos nos atreviésemos a sacar el tema. Mi padre tampoco parece conocer detalles sórdidos concretos pero sí que cuenta a menudo que él se llama Jesús porque, en la época y contexto histórico en que nació, los nombres los elegía más el padrino que la madre o el padre y ni siquiera había mucho margen de maniobra para elegir al padrino. El padrino de mi padre fue una insigne persona del cuartel de la Guardia Civil de la Colonia Textil de Alcañiz, que también se llamaba Jesús pero era conocido popularmente como el Mano Negra. Era 1953 y en 1953, si te llamaban Mano Negra, mala señal, era poco probable que tuviese nada que ver con la banda de Manu Chao. Mi padre cree que el apodo podría estar relacionado con la excepcional crueldad del trato que su padrino dispensaba a los detenidos de raza gitana, en un tiempo en el que el nivel basal de crueldad con los detenidos no debía de ser moco de pavo. 

No sabemos si Jesús el Mano Negra tenía mucha amplitud de miras en algún otro aspecto pero sabemos que, ante la posibilidad de ponerle nombre a un niño, le puso el suyo propio, seguramente fuese el primero que le vino a la cabeza. Y no deja de ser curioso que mi padre, hijo de Leonor y Urbano llamado Jesús en honor a Jesús el Mano Negra, tenga un nombre que, de tan católico, suena mundano, cotidiano, normal, en el momento de escribir estas líneas todavía no ha pasado de moda y todavía no es intrínsecamente divertido. Y, sin embargo, cuando trata con niños -y se le da bien tratar con niños-, mi padre es capaz de sacar bastante humor del hecho de que la gente lo llama cuando alguien estornuda. Se hace llamar “Jesús Estornut” y los niños se parten de risa como me partía de risa yo cuando mi bisabuela me decía los nombres de sus hermanos.

Otra cosa curiosa de mis yayos “de Lleida” es que eran de Segovia.

Al norte de Segovia hay un pueblo minúsculo llamado Maderuelo (168 habitantes según el censo de 2019), con sus restos de muralla, su iglesia románica y su castillo en ruinas. Al lado había otro pueblo llamado Linares del Arroyo pero ya no lo hay porque lo inundaron al construir el pantano de Linares, y por ahí está también el Parque Natural de las Hoces del Río Riaza, famoso por los documentales de fauna salvaje de Félix Rodríguez de la Fuente. En todo caso, uno de los caminos que salen de Maderuelo en dirección opuesta al pantano te lleva a un pueblo todavía más minúsculo: Valdevarnés (24 habitantes según el censo de 2019). Ahí nació mi yayo Urbano en 1913. Tenía un montón de hermanos, unos 11, dice mi madre. No tantos, dice mi padre, 5 o 7. De lo que estamos seguros es que los dos últimos, mi yayo y otro, eran gemelos, aunque el otro gemelo no llegamos a conocerlo, puede que muriese en la guerra o puede que muriese antes, antaño también era bastante normal morirse joven sin ni siquiera una guerra o una pandemia que sirviesen de excusa.

El levantamiento militar del 36 pilló a mi yayo Urbano con 23 años. Nunca me contó nada de sus experiencias en la Guerra Civil pero algunos horrores le tocó presenciar o sufrir o llevar a cabo porque no volvió a comer lentejas. No era un hombre maniático, comía prácticamente de todo, las lentejas eran la única excepción, no quería ni verlas, le traían demasiados malos recuerdos. Supongo que eran el ingrediente básico del rancho y que en no pocas ocasiones le tocó comer lentejas después de un mal día, quizá después de haber visto caer a compañeros. 

El gobernador civil de Segovia no entregó armas a las organizaciones obreras, con lo que el fascismo pudo hacerse con la provincia con relativa facilidad y a mi yayo le tocó ir a la guerra con los malos. Yo qué sé, este tema también era bastante tabú, a lo mejor hubiese elegido ir con los mismos de haber podido elegir, a lo mejor si lo hubiesen dejado en paz se hubiese pasado toda la vida labrando campos, en ese sentido solo podemos especular y, puestos a especular, especulemos generosamente e imaginémosle en lo de los campos. En todo caso, fue la Guerra Civil lo que lo llevó por primera vez a Lleida y fue después de la Guerra Civil que, ya puestos, se hizo Guardia Civil.

Quizá fue de los de “Todo por la patria”, pero me resulta más fácil imaginar que fue de los de “Todo por la paga”. En los cartelitos de las fachadas de los cuarteles pone lo primero, pero resulta más verosímil lo segundo. Maderuelo no era el Silicon Valley y a sus alrededores nunca había habido grandes oportunidades laborales, y en la posguerra menos.

Entrar en la Guardia Civil le obligó a abandonar el pueblo o le dio una excusa para abandonar el pueblo. En todo caso, el reglamento estipulaba que los guardias civiles no podían estar destinados en la zona donde ellos o sus esposas hubieran nacido y además tenían prohibida cualquier interacción social con los habitantes de la zona a la que estaban destinados. Vivían en cuarteles fortificados y, cada pocos años, cuando empezaban a encariñarse con el paisaje y existía el peligro de que se encariñaran con los lugareños, los destinaban a otro sitio. El objetivo de todo esto era evitar que estrechasen lazos con los obreros a los que seguramente tarde o temprano tendrían que zurrar, para facilitar que los mamporros pudiesen repartirse con meno s quebraderos de cabeza por parte de los agentes y más cabezas quebradas entre los revoltosos.

A mi yayo Urbano primero lo destinaron a Capdella (28 habitantes según el censo de 2019, 1422 metros sobre el nivel del mar), en el marco incomparable de la Vall Fosca. El folklorista Jaume Arnella le dedica unas palabras a la Vall Fosca en una canción, pero las palabras son “D’aquí en diuen la Vall Fosca / perquè està molt enclotat; / quan a altres llocs el sol brilla / pels d’aquí ja s’ha amagat”. Aparte de hacer un frío que pelaba, había comunistas escondidos por los bosques: los míticos maquis. Algunos maquis venían de la resistencia francesa, y de ahí les venía también el nombre, de la expresión “prendre le maquis” que en español sería “tirarse al monte”. El tiempo no acompañaba y a muchos de esos valientes guerrilleros los mató la propia montaña, pero entiendo que el trabajo de mi abuelo consistía, más que nada, en buscar y capturar a los que no se morían solos. Era un trabajo de novato, cuanto más tiempo llevabas en el cuerpo más probable era que te dejasen bajar de las montañas y te destinasen “a la Plana”. 

La segunda casa cuartel a la que destinaron a mi yayo estaba en Os de Balaguer (1000 habitantes según el censo de 2019, 463 msnm), la tercera estaba en la Colonia Textil d’Alcanyís, cerca de Rosselló (3100 habitantes, 252 msnm), y la cuarta ya en Lleida ciudad (140.000 habitantes, 155 msnm).

Todo lo que sé de la mayoría de sitios que recorrió el yayo Urbano es lo que pone en la Wikipedia. Ni mis bisabuelos paternos ni la tierra de donde vino la mitad de mi familia salieron en ninguna conversación en la que yo estuviese atento, aunque también es verdad que, de niño, como ahora, tendía más a ensimismarme que a escuchar las conversaciones.

En mi juventud no fui tampoco capaz de valorar y maravillarme ante el delicado equilibrio de fuerzas tectónicas en el que se desarrollaban esos encuentros familiares pero sí que recuerdo a mi madre pidiéndole a mi padre que por favor por favor por favor intentase no sacar el tema de la política, y apuesto un brazo a que mi yaya debía de llevar a cabo una tarea igual de ambiciosa con mi yayo. Mi madre y mi yaya eran dos sparrings tratando de aplacar a dos boxeadores antes de que subiesen al ring. Su esfuerzo y sus posibilidades de éxito eran el esfuerzo y las posibilidades de éxito de dos mujeres fuertes y valientes que trataban de contener con sus propias manos el movimiento de dos placas continentales.

De Maderuelo sale también un camino que lleva primero a Alconadilla y, si sigues andando por ahí, en poco más de una hora encuentras otro pueblecito minúsculo llamado Alconada de Maderuelo (con un número parecido de habitantes que Valdevarnés, concretamente 25 según el censo de 2019). Ahí nació mi yaya de Lleida en 1923. 

A modo de curiosidad, el alcalde del PP de Alconada de Maderuelo entre 1999 y 2003 se llamaba José Manuel Cáceres Águeda y el alcalde del PP de Alconada de Maderuelo entre 2003 y 2007 se llamaba Federico Javier Cáceres Águeda y también deben de ser familiares míos porque tienen ambos los mismos apellidos que mi padre pero en orden inverso.

Mi yaya Leonor de Lleida todavía vive y siempre que la vemos la vemos alegre y dicharachera, ríe y sonríe y nos pregunta qué tal todo y se alegra de vernos, pero le cuesta andar sin ayuda y hace años que está bastante sorda. A día de hoy la comunicación con ella es objetivamente difícil, pero tampoco antaño, cuando conservaba plenas facultades, supimos entablar ella y yo ninguna conversación más allá del interesarnos por nuestros respectivos estados de salud, por el tiempo atmosférico y por la comida que estuviésemos ingiriendo en aquel momento. A diferencia de mi yayo, ella no tuvo ningún empleo complicado porque en aquella época las mujeres no solían tener empleos, ni complicados ni no, pero ser esposa de Guardia Civil no debió de ser tampoco moco de pavo.

No está claro en qué momento se conocieron ni qué tipo de cortejo pudieron llevar a cabo, puede que se conociesen y se enamorasen en algún periodo de vacaciones en el que él subió a Segovia a ver a sus padres, o puede que ya se conociesen de jóvenes y se reencontrasen luego, pero sí que consta que se casaron más o menos en 1945 y que a partir de entonces ella también fue nómada y le acompañó de casa cuartel en casa cuartel excepto cuando quedó embarazada de su primer hijo, mi tío Epifanio, que prefirió ir a tenerlo con su madre en Alconada de Maderuelo. Hoy en día suena bastante loco que una persona vaya adrede a dar a luz lejos de su pareja y más loco todavía que, en caso de dar a luz lejos de su pareja, luego vuelva con ella, pero a lo mejor en aquella época no era tan raro. En todo caso, raro o no, es lo que hizo mi yaya. A mi tío Epi, que les salió maestro y sindicalista, se le ve más leridense que a mis yayos de Lleida, pero en todos los papeles empezando por su partida de nacimiento consta como segoviano natural de Alconada de Maderuelo y, por lo menos durante unos años, debió de contar como un +1 en el magro censo. Mi tía Rosario nació ya en un cuartel, en el de Os de Balaguer, y mi padre en otro, el de la Colonia de Alcanyís, en lo que, según cuenta, debía de ser el cuartel más chulo de todos porque los agentes se alojaban en pequeñas casitas con huerto, gallinas y hasta un cerdo.

Hoy en día es bastante habitual que tanto la madre como el hijo sobrevivan al parto, pero antaño era una lotería y cualquier complicación durante el embarazo los ponía a ambos con un pie en la tumba. Cuando la yaya Leonor estaba embarazada de su tercer hijo, el que con el tiempo se convertiría en mi padre, se le infectó el apéndice. He buscado apendicitis en Google para saber de qué estaba hablando y me arrepiento un montón: si no sabéis lo que es una apendicitis, mejor para vosotros. Estaba de cuatro o cinco meses. El médico que diagnosticó la infección la habría mandado al hospital en ambulancia de haber tenido cerca un hospital o una ambulancia. Ante la necesidad de una intervención urgente y la ausencia de medios y de tiempo que perder, el médico se arremangó y la operó en su propia casa, sin enfermeras ni máquinas chulas ni lo que hoy consideraríamos unas instalaciones apropiadas. Alguna herramienta de cirugía debía de tener y la debió desinfectar en la cocina como buenamente pudo. Era un buen médico. Salvó a mi yaya y a mi padre. Se entiende que estaba desterrado a un pueblo de mala muerte como represalia por un pasado republicano. Ese destierro no debió de ser lo mejor para la carrera profesional del pobre hombre pero, de haber sido un médico más complaciente con el fascismo y haber estado ejerciendo en alguna población más molona, mi yaya habría muerto o abortado y yo no estaría en estos momentos contando batallitas. Ese invierno, cuando llegó la Navidad, el yayo Urbano le fue a traer un par de gallinas al médico en agradecimiento por tener la mujer y el hijo vivos, y los compañeros del cuartel le regañaron, no les parecía correcto regalar gallinas a un “rojo hijo de puta” pero mi yayo se las regaló igualmente.

Cuando íbamos a Lleida a verlos, mis yayos ya no tenían gallinas ni vivían en ningún cuartel porque mi yayo ya estaba retirado. Vivían en una vivienda normal de un barrio de la periferia que estaba bastante bien hasta que uno de sus vecinos empezó a acumular caracoles en el garaje. No es que estuviese montando el Zoo d’en Pitus, es que se dedicaba a la compra-venta con fines culinarios. Los caracoles son uno de esos manjares controvertidos que en algunos sitios se consideran una delicia y en otros una inmundicia, y Lleida es uno de los sitios en los que los caracoles se consideran una delicia pero de todas formas el vecino lo inundó todo de olor a caracoles encerrados en un garaje. Era como para llamar a la policía pero mi yaya consideraba que el vecino de los caracoles era un buen vecino, de los que dan los buenos días y las buenas noches, y mi yaya no quería molestar.

A mi yaya Leonor se le ve enseguida que es buena gente pero es un poco devota y le gusta ir a misa y hacer caso al párroco y en algunas parroquias se encontró con curas ultraconservadores que le pedían que salvase a España votando al PP, que era justo lo contrario que lo que le pedía su hijo de Barcelona, y no era fácil contentar a todo el mundo.

Y yo ahora te puedo decir el nombre de bastantes santos según el martirio al que son sometidos porque llegó un momento en que sentí curiosidad por los personajes recurrentes de los cuadros, pero mis padres me dieron una educación laica y me mantuvieron a una distancia prudente de los párrocos y sus enseñanzas. En casa teníamos una reproducción de una estatua románica de un Pantocrátor y en lugar de llamarle Jesús como a mi padre le llamábamos Senyor Antonio. Mi hermana y yo ni siquiera habíamos sido bautizados. Muchos niños se bautizan con la alegría de que con el bautizo suelen venir regalos materiales pero, según les habían contado a mis abuelos, el bautismo era realmente importante porque era el sacramento que hacía posible la salvación del alma. Mis pobres yayos de Lleida estaban entre cabreados y preocupados porque, si nos pasaba algo, mi hermana y yo no tendríamos credenciales para acceder al recinto del cielo, pero mis padres les dijeron que del tema teología hablasen directamente con nosotros cuando tuviésemos 18 años y pudiésemos decidir por nosotros mismos si queríamos jugar a eso. La yaya Leonor puede que viviese algunos años con el temor de que mi hermana y yo muriésemos y San Pedro nos cerrase la puerta en los morros, pero luego, cuando tuvimos edad de decidir estas cosas, este asunto ya estaba, con tantos otros, archivado en el cajón de los asuntos sobre los que era mejor no hablar.

Tener caracoles en un garaje puede parecer una guarrada y la peste que salía del garaje del vecino de mi abuela era a todas luces nauseabunda pero, limpiados y cocinados, los caracoles se convertían en una delicia y en una de las especialidades gastronómicas típicas leridenses. Cuando íbamos a ver a los yayos, tras el inevitable ratito en su casa, mis padres intentaban sacarlos a dar una vuelta, sobretodo cuando todavía andaban bien, y solíamos recorrer el Carrer Major y a veces subíamos al conjunto monumental de la Seu Vella y luego comíamos de restaurante. Mis yayos, sobre todo mi yaya, comían con la alegría y voracidad de tantos abuelos que han conocido de primera mano el hambre de una posguerra, pero, para contextualizar el cliché, también puedo admitir que mi padre y yo, sin haber conocido de primera mano ninguna posguerra, también comemos con la alegría y voracidad de los abuelos que sí. En mayo de 1988, nuestra visita coincidió con alguna especie de gran fiesta del caracol en la que centenares de leridenses habían unido sus fuerzas para entrar en el Libro Guinness de los Récords cocinando en la calle una cantidad absurda de caracoles a la llauna. No fueron los mejores caracoles de nuestra vida y nos dio un puntito extra de grimilla porque en lugar de utensilios de cocina metálicos o de madera, algunos de los aspirantes a la plusmarca removían los moluscos con pequeñas palas de plástico de jugar en la playa, pero haber comido ahí creo que fue mi única contribución a un récord mundial y las cifras de la gesta todavía se pueden consultar online: 584 cocineros, 10.000 comensales, 500 metros cuadrados de plancha, una tonelada y pico de caracoles.

Mi hermana y yo nos aburríamos un poco el rato que estábamos en casa de los yayos de Lleida, sobre todo de niños, pero entendíamos que teníamos que ir. Nuestros yayos se alegraban de vernos y nosotros reciprocábamos lo mejor que podíamos. Mi yayo solía hacerme una broma, siempre la misma: acercaba su mano a mi camiseta y decía “Mira qué taca” para que yo bajase la cabeza y entonces levantaba la mano y me golpeaba (cordialmente, sin hacer daño) la mandíbula y decía “¡Alza petaca!” y ambos reíamos. Aún sabiendo que en la camiseta no había ninguna mancha, era un acto reflejo dirigir la mirada hacia la inexistente “taca” y, aún habiendo podido controlar ese acto reflejo, puede que mi hermana y yo nos hubiésemos dejado hacer el “¡Alza petaca!” igualmente porque sabíamos que era la forma que tenía nuestro yayo de ser simpático con nosotros. La yaya Leonor, por su parte, tendía a ofrecernos una cantidad ingente de leche y magdalenas como si no hubiésemos parado a desayunar a medio camino Barcelona-Lleida y les contaba a mis padres noticias y cotilleos de personas que mi hermana y yo no conocíamos. Mi hermana y yo supongo que escuchábamos un poco, pero no mucho, mirábamos el cuadro de los fusilamientos del 3 de mayo cuya oscuridad cada año era un poco menos oscura y un poco más verdosa, escuchábamos el tic-tac del reloj de pared, nos columpiábamos en la mecedora y le decíamos cosas al jilguero hasta que un día la jaula dejó de estar ahí porque el jilguero había muerto. No sabría distinguir un jilguero de otro, a lo mejor mis yayos tuvieron varios jilgueros sucesivos, pero el caso es que un día ya dejaron de tener ninguno. A veces nos dejaban subir a la azotea y explorar el desván y un día encontramos el tricornio y a mi yayo le hizo gracia que a mí me hiciese gracia haber encontrado un tricornio y me lo regaló y ni se me pasó por la cabeza preguntarle la historia de ese sombrero, a lo mejor significaba algo para él, cabe la posibilidad de que se tratase de un objeto cargado de recuerdos y que deshacerse de él después de haberlo guardado durante años fuese una decisión trascendente, pero, al menos desde mi punto de vista de niño que ha encontrado un objeto divertido en un desván, aparentó regalármelo como si para él no significase nada. Es probable que a mi madre no le hiciera ninguna gracia el regalo, aparte de por lo que un tricornio representa a nivel simbólico, también porque en mi casa siempre hemos sido muy limpios y ponernos en la cabeza objetos antiguos procedentes de un desván no era el tipo de comportamiento que mi madre había tratado de inculcarnos, pero debía de estar agotada de intentar contener las discusiones de política entre mi padre y mi abuelo y me dejó llevarme el tricornio a Barcelona igualmente. 

No era un tricornio convencional de color negro, era un tricornio forrado con tela verde, imagino que una especie de tricorno especial para galas y desfiles. En el largo trayecto en coche de vuelta a Barcelona, una inspección sosegada reveló que había un trozo de papel plegado en una doblez interior del forro. Saqué el papel con cuidado, lo desplegué y resultó ser una página de un libro viejo que explicaba la importancia de obedecer ciegamente las órdenes de los superiores aún cuando esas órdenes fuesen ostensiblemente erróneas y fuesen en contra del criterio personal de la persona que tenía que obedecerlas. Era poco probable que alguien hubiese guardado y escondido ese trozo de papel para conservar ese pasaje concreto, pero también me pareció poco probable que alguien pusiese ese papel ahí para ajustar la medida del sombrero pues, en un sentido literal, a mí no me cabía en la cabeza ni con papel ni sin papel. Diría que, incluso en términos generales, el tricornio verde que me regaló mi abuelo estaba diseñado para cabezas muy pequeñas, pero tampoco voy a ocultar el hecho de que, en un sentido también literal, soy muy cabezón, ya me pasa también con otros sombreros que no consigo que abarquen todo lo que tendrían que abarcar para quedar sujetos en su sitio. Si me pongo una gorra de esas ajustables tengo que ajustarlas en el último agujerito. Si intento ponerme el tricornio de mi yayo lo único que consigo es mantenerlo en equilibrio sobre la coronilla. Supongo que debía de usarse con una goma o una cinta que lo sujetaran. Me consta que muchas cosas suelen estar sobredimensionadas en los recuerdos de la infancia, pero me atrevería a decir que el tamaño de la cabeza de mi yayo, aún teniendo un tricornio pequeño en casa, era del tamaño grande característico de tantas otras cabezas de mi familia, y cuento lo de la página de libro encontrada en la doblez del tricornio no tanto para propiciar chistes sobre tamaños sino como ejemplo de pequeño misterio en el que me dio pereza o vergüenza tratar de indagar en su momento y ahora ya es demasiado tarde porque el yayo Urbano murió en 2007. Tampoco llegó a la pandemia. Guardé la página encontrada en su tricornio, más por su valor arqueológico que por su valor literario, pero no sé dónde la guardé y puede que la guardase en un bolsillo y terminase en la lavadora. Me gustaría tenerla ahora conmigo y poderla citar textualmente, porque la recuerdo entre cómica e inquietante.

Hace un par de años encontré en un tenderete de libros de segunda mano un libro de 1952 que me recordó a esa página y me lo compré. Era el ¡Vencer! de S. Morón Izquierdo y al texto de la contraportada y a algunos de los diagramas que vi hojeándolo también les encontré un puntito entre cómico y siniestro, pero no lo leí entero porque resultó que su faceta siniestra superaba con creces su faceta cómica: era un compendio de consejos y métodos para matar y para morir matando, con diagrama e ilustraciones. 

A falta de la hoja doblada en el forro del tricornio, os cito, de las primeras páginas del ¡Vencer!, la respuesta que se da a la pregunta retórica “¿Por qué tenemos que defender España?”, que es una pregunta que plantea el propio autor, evidentemente sin provocación alguna por parte del lector, y que el propio autor responde tal que así: “¿Por qué tenemos que defender a España? Ya sólo esta pregunta debe ofendernos. Es como si te preguntaran: ¿Por qué tienes que defender a tu madre? -Pues porque no eres un mal nacido, porque por tus venas corre su sangre, porque los insultos a ella dirigidos te queman las entrañas, porque España y tú y todo lo tuyo y todos los tuyos sois la misma cosa. Por eso la Patria tiene el derecho de exigirnos a todos: sacrificios, desvelos y hasta la propia vida”.

No creo que mi yayo tuviese madera de benemérito vocacional. Una de las pistas que parecen apuntar en sentido contrario es que sacrificios y desvelos sí pero la vida entera no la dio. Cuando cumplió 50 años le ofrecieron la posibilidad de retirarse con una paga miserable. Digo miserable porque así la describe mi padre, desconozco la cantidad exacta pero debía de ser más miserable que las jubilaciones actuales porque mi yayo la aceptó y no solo tuvo que buscarse otro trabajo para sobrevivir sino que tuvo que buscarse unos cuantos, llegando a desempeñar hasta tres al mismo tiempo: cargaba y descargaba camiones de ropa, hacía de vigilante en una fábrica, recorría casas cobrando seguros de vida de una compañía de esas en plan Ocaso. Pudo dejar el triple pluriempleo cuando consiguió curro de bedel en un edificio de Hacienda. Un bedel era una mezcla de conserje y de recadero, que lo mismo te custodiaba la puerta del edificio que te recorría la ciudad llevando notificaciones que había que entregar en mano.

Mi yayo materno nació en Barcelona en 1922, era mecánico de coches, se llamaba Salvi y no me regaló ningún sombrero divertido pero creo que fue él quien me compró mis primeros tebeos de Mortadelo y Filemón. 

Mis primeros tebeos habían sido tebeos relativamente sofisticados de tradición europea y línea clara: Tintín, Astérix, Cavall Fort… Todos en catalán, mi lengua materna, la que hablaba en el cole y con todos mis familiares excepto la yaya Rosa y los yayos de Lleida, con los que hablaba en castellano. Mi padre había crecido hablando castellano en casa y en la escuela y había aprendido el catalán ya luego, al adentrarse primero en el movimiento escolta y luego en círculos marxistas. Ahora puede que esté ya de vuelta de todo pero imagino que, para él, al menos de joven, consciente o inconscientemente, el uso del catalán iba en el pack de las libertades colectivas e individuales por las que valía la pena luchar y, entre las incontables causas en las que más o menos militó, estuvo un poco la de preservar y difundir las lenguas minoritarias en general y la nuestra en particular. Otra posibilidad es que me suministrase principalmente cultura catalana o cultura europea traducida al catalán porque era lo que se llevaba entonces en su entorno o porque, simple y llanamente, Tintín y Astèrix eran lo puto mejor. 

En todo caso, fue el avi Salvi, que no había salido nunca de Catalunya y que creo que siempre le oí hablar en catalán en todos los ámbitos, el que me abrió los ojos al universo de la escuela Bruguera y a ese humor español más costumbrista y más cercano en algunos aspectos pero también más cruel y desesperanzado, con menos finales felices y más protagonistas sometidos a violencia física y verbal.

En los cómics que me compraba mi padre podía haber golpes y persecuciones, pero los golpes y las persecuciones formaban parte de la aventura y al final siempre triunfaban los buenos sentimientos y la amistad. En los que me compraba mi abuelo, los golpes y las persecuciones eran recursos cómicos, eran la manera habitual que tenían los protagonistas de interactuar entre ellos y eran el desenlace impepinable de sus, más que aventuras, desventuras. Mortadelo y Filemón. Superlópez. Anacleto. Rompetechos. Pafman. Zipi y Zape. Chica, Tato y Clodoveo.

Pero me parece que lo que realmente dilataba las pupilas del avi Salvi era el TBO. La revista de historietas que dio nombre a las revistas de historietas en general se publicó con bastante regularidad entre 1917 y 1938 y entre 1941 y 1983 y luego tuvo una última etapa entre 1988 y 1998, al principio de la cual mi abuelo tuvo un ataque nostálgico y, aprovechando que su nieto tenía la edad que supongo que más o menos había tenido él cuando leía el TBO, me llevó al quiosco a por un ejemplar. Nunca he sido muy observador, pero no pude evitar la sospecha de que le hacía más ilusión a él que a mí, entre otras cosas porque de camino al quiosco canturreaba una canción que decía “Yo quiero un TBO / Yo quiero un TBO / si no me lo compras lloro y pataleo / Yo quiero un TBO / Yo quiero un TBO / y me estaré quieto mientras me lo leo”. Yo caminaba a su lado sin llorar ni patalear, dando por sentado que estaba compartiendo conmigo la canción de un anuncio de la tele y luego, con el tiempo, aprendí que era una canción de los años 30 y que en España no hubo tele hasta finales de los 50.

No fue esa la única pieza de arqueología musical que me llegó a través de mi avi Salvi. Tenía yo un muñeco de goma que era un esqueleto negro con los ojos rojos y la sonrisa blanca, y él lo llamaba Rascayú, lo agarraba de la cabeza y lo hacía bailotear mientras cantaba “Rascayú, Rascayú, ¿cuando mueras qué harás tú? Tú serás un cadáver nada más. Rascayú, ¿cuando mueras qué harás tú?

De niño me partía de risa pero no llegué a preguntarle de dónde había sacado ese temazo. Ahora, con la calma del confinamiento, encuentro información online: era un fox-trot de Pedro Bonet Mir, también conocido como Bonet de San Pedro, también conocido como el Marqués de la Ensaimada, y se rumorea que podría ser un plagio o un homenaje al estándar de jazz Rascal you popularizado, entre otros, por Cab Calloway y Louis Armstrong. Fue una canción censurada en su momento porque el Régimen gustaba de cultivar el poco verosímil mito de que Francisco Franco era inmortal y Bonet parecía chotearse de él. Los censores franquistas eran bastante picajosos con estas cosas y con muchas otras. A modo de contexto, también el hit Se va el caimán de Jose M. Penaranda tuvo problemas con la censura por idéntico motivo. Rascayú, el Caimán y, en general, cualquier personaje susceptible de no ser eterno podía interpretarse como una caricatura del monórquido. A lo mejor los que componían estas canciones lo hacían sin malicia pero luego los espectadores de los cines las cantaban, amparados en la oscuridad de la sala, cuando en el NO-DO salía el dictador inaugurando pantanos. 

Nótese, por cierto, que, pese a los esfuerzos por apuntalar el mito sobre su inmortalidad, el hombre que temía que le llamasen Rascayú también envejeció, enfermó y finalmente murió en 1975 (se dice que disparando las ventas de champán), pero en cierto modo el mito acertó más que las burlas: aún habiendo muerto, Francisco Franco no fue precisamente “un cadáver nada más” sino una presencia tangible y consolidada, una sombra que se extiende hasta estos días en nuestras instituciones, en nuestro sistema judicial y en nuestros cuerpos policiales. En el momento de escribir estas líneas el mundo se está derrumbando y todavía ni se han juzgado los crímenes del franquismo ni se ha devuelto lo robado ni hay indicios de que ni una cosa ni la otra vayan a suceder cuando nos vuelvan a dejar salir a la calle. 

Aunque no formasen ya parte de su repertorio en vivo habitual, al avi Salvi también le gustaban mucho Nat King Cole, las zarzuelas, los monólogos de Joan Capri y el temazo In the mood de Glenn Miller. Al In de mood de Glenn Miller, por cierto, lo llamaba En forma porque en su época muchas canciones llegaban a España con los títulos traducidos o reinventados. En realidad había varias cosas que mi abuelo llamaba de maneras diferentes que el resto de personas que yo conocía, y no era sencillo saber cuáles eran debidas a su edad y cuales a su personalidad chistosa. Al sol del verano, por ejemplo, lo llamaba “Lorenzo”, que es algo que luego descubrí que también hacía Quevedo y que podría ser un homenaje a San Lorenzo, que murió a la parrilla. Y sabía cortar jamón, y le gustaba referirse a esta actividad como “tocar el violín”.

Su conocimiento de refranes irreverentes, frases divertidas y poemas escatológicos era enciclopédico. El único padrenuestro que sé recitar es un padrenuestro express que me enseñó él: “Pare nostre, tant que costa, tan petit, ja està dit”. Y cuando había comilona familiar y estábamos todos reunidos, comiendo y bebiendo y pasándolo bien, decía “Si això és guerra, que no vingui la pau!”. Eso ya no era la guerra, a no ser que se refiriese a la del Golfo Pérsico, Yugoslavia, Afganistán, Iraq, Libia o a alguna otra a la que España enviaba tropas de vez en cuando, pero nos daba igual porque “que no vingui la pau!” sonaba chistoso y lo decía en momentos felices y nos hubiese parecido bien aunque hubiese dicho cosas más raras. Cuando mojaba pan en, por ejemplo, un fricandó, decía “Val més una volta per aquí que quatre per les Rambles” y eso sí que lo entendíamos todos. Cuando sacábamos el cava y brindábamos y los familiares normales decían “Salut!” o expresaban deseos más o menos convencionales, él a veces nos deseaba a todos “La feina d’un cura, les vacances d’un mestre i el sou d’un ministre” (cito de memoria y creo que no era exactamente así, la idea era esta pero sonaba mejor, el original debía de ser parecido pero con mejor métrica) o remataba los brindis con “Salut, destral i petroli, poca feina, mal fotuda i ben pagada, abans morir que quedar bé”. A día de hoy todavía no he desentrañado qué pintaba ahí en medio la palabra “destral”, que en catalán significa “hacha”, a lo mejor lo entendía mal y decía otra cosa, Google no tiene respuestas y ya es demasiado tarde para preguntar al avi Salvi porque murió en 2006, un año antes que mi yayo Urbano. Él tampoco llegó a la pandemia.

Aún con la guasa y la irreverencia que lo caracterizaban, el avi Salvi no era, ni de lejos, un gamberro, sino todo lo contrario, era un hombre recto y formal que valoraba mucho, entre otras cosas, la puntualidad. Durante las vacaciones escolares pasábamos temporadas con los abuelos y por la tarde salíamos a jugar y, a la hora de cenar, si no estábamos en casa, se asomaba al dintel de la puerta y silbaba como un pastor silbando al ganado y mi hermana y yo aparecíamos corriendo. No había nadie en el mundo que supiese silbar tan fuerte.

Mi hermana y yo éramos relativamente fáciles de disciplinar, pero el avi Salvi también tenía cierta tendencia a intentar educar a desconocidos de todas las edades, mientras paseaba ejercía un poco de agente del orden. Cuando alguien tiraba un papel al suelo le decía “Ep, se t’ha caigut això” y si veía a alguien con un perro defecando en la acera se quedaba conspicuamente de pie a su lado para asegurarse de que no quedase ahí el pastel. Y cuando conducía lo hacía respetando estrictamente la señalización, miraba con desprecio a los que corrían demasiado y, si veía algún coche que iba muy despacio, comentaba “Aquest sembla que vagi a buscar la mort” pero no hacía sonar el claxon. No era un conductor de los que hacen sonar el claxon por nimiedades. En su coche había dos pegatinas: una de las Olimpiadas de Barcelona 92 y otra con una bandera blanca y un texto que decía “NO ALS ACCIDENTS”, como queriendo dejar claro a los otros conductores que, en la controversia sobre los accidentes de tráfico, mi abuelo se posicionaba rotundamente en contra.

Mi abuela materna se llamaba y se llama Aurora, nació en Barcelona en 1926 y se casó con Salvi en 1948. Le preocupaba un poco la posibilidad de que algún día el avi Salvi le exigiese recoger un papel del suelo o una caca de perro a alguien que tuviese mal genio y la cosa se pusiese violenta, pero como mi iaia tendía a preocuparse por muchas cosas, no le hacíamos mucho caso. La iaia Aurora y el avi Salvi eran un buen equipo, se complementaban a lo Yin y Yang. Quizá el hecho de que él se tomase tantas cosas a guasa puso sobre los hombros de ella la responsabilidad de tomarse las cosas más en serio, o quizá el hecho de que la visión que mi abuela tenía de la vida fuese más trágica puso sobre los hombros de mi abuelo la responsabilidad de tomarse la vida más a guasa. O quizá ya eran así de siempre o quizá los horrores de la guerra los hicieron así pero mi teoría favorita es que cuando se conocieron estaban ambos en algún punto relativamente intermedio del espectro trágico-cómico y que con los años se fueron especializando para complementarse.

De mis cuatro abuelos -o cinco si contamos a la yaya Rosa-, la iaia Aurora es de la que sé más cosas porque es con la que más he tratado, por proximidad también geográfica, por longevidad y porque ha sido uno de los elementos estructurales sobre los que se ha apoyado gran parte de mi familia cercana. Últimamente ya delega un poco esa responsabilidad a mi madre, que se llama Pilar, hasta tiene nombre de elemento estructural, pero durante décadas la iaia Aurora ha sido una especie de matriarca de una familia tribu. Y digo “familia tribu” en el sentido de que somos bastantes y nos mantenemos bastante unidos, no en el sentido de que seamos unos salvajes, que ese es otro tema en el que no entraremos pero cada uno lo es o no lo es dependiendo de lo que entendamos por salvaje, y, en todo caso, en mi familia la mayoría somos bastante civilizados cualquiera que sea el criterio.

Recuerdo que, cuando iba al instituto, un amigo me preguntó si a mí no me daba una pereza inmensa la Navidad y yo le dije que bueno, no mucho, que las vacaciones y las comilonas no me parecían mal del todo, y le pregunté por qué lo enfocaba él con tanta amargura, si era porque en su famlia las comilonas familiares eran muy multitudinarias y me dijo que no, que muy multitudinarias no, que en realidad solo se reunían con una abuela, pero que era muy pesada. Me reí e intenté decirle cuantos nos reuníamos nosotros en nuestras comilonas navideñas pero nunca he sido capaz de decir el número exacto sin dedicar primero unos minutos de concentración a hacer la cuenta. 

A modo de ejemplo, la última Nochebuena, la del 2019, éramos la iaia Aurora (1) + la progenie directa con sus respectivas parejas (6) + los nietos (5) + los nietos políticos (2) + las bisnietas (4). Las bisnietas son relativamente recientes, antes no estaban ellas pero estaban el avi Salvi y la yaya Rosa. Y mi tío Manel era bombero y a veces le tocaba estar de guardia mientras nosotros hacíamos cagar el Tió, y ahora él está jubilado y el que ha entrado en el cuerpo de bomberos es mi primo Albert. Pero, bueno, siempre hemos sido entre bastantes y muchos y no somos una familia de esas especialmente pudientes con casas muy grandes. Conseguimos reunirnos todos pero tenemos que cenar sin separar los codos del torso.

Aparte de la Nochebuena, solemos reunir la familia tribu o diferentes subgrupos de la familia tribu en Navidad, San Esteban, Año Nuevo, Pascua y aniversarios. No todos los aniversarios de cada uno pero unos cuantos sí. Y aún contando solo el subgrupo más cercano en lugar de toda la familia tribu, creo que la iaia Aurora y el avi Salvi también vendrían en el pack. Bueno, el avi Salvi desde que murió está más ausente, pero la iaia Aurora siempre ha estado ahí y sigue siendo un elemento importante, y nos hemos pegado no pocas comilonas juntos sin que hubiese ningún día especial en el calendario que nos sirviese de excusa. 

Mi padre y mi madre trabajaban ambos fuera de casa y, cuando nos despertábamos mi hermana y yo, era la iaia Aurora la que nos vestía, desayunaba y llevaba al cole, uno en cada mano. Yo era el mayor de los dos y supongo que me creía muy fuerte y quería demostrarlo con mis zancadas y mi hermana hacía al revés y remoloneaba un poco: mi iaia se veía obligada a separar los brazos y hacía lo posible por congeniar ambos ritmos de desplazamiento. Decía que yo era un caballo que tiraba de un carro y ella era el carro y mi hermana era una carretilla que iba atada al carro. Y cuando llegábamos a la puerta del colegio ya habíamos aprendido cosas porque mi iaia aprovechaba el trayecto para instruirnos con poemas y trabalenguas. A diferencia de los del avi Salvi, la mayoría de los poemas de la iaia Aurora no eran escatológicos, aunque había uno que sonaba un poco raro porque decía que “Una polla xica, pica, pellarica, camatorta i becarica / va tenir sis polls xics, pics, pellarics, camatorts i becarics. / Si la polla no hagués sigut xica, pica, pellarica, camatorta i becarica, / els sis polls no haguessin sigut xics, pics, pellarics, camatorts i becarics”.

Creo que su poema favorito era L’ametller de Joan Maragall (“A mig aire de la serra / veig un ametller florit. / Déu te guard, bandera blanca, / dies ha que t’he delit! / Ets la pau que s’anuncia / entre el sol, núvols i vents… / No ets encara el millor temps / però en tens tota l’alegria.”) A ella se lo habían hecho aprender en la escuela durante la Segunda República y le sabía un poco mal que en la escuela a la que íbamos mi hermana y yo no nos enseñasen poemas tan bonitos.

A mi hermana y a mí L’ametller nos parecía bien y nos lo aprendimos, al menos los primeros cuatro versos, y lo de la polla también hicimos lo posible por, más o menos, recitarlo, pero, del repertorio habitual de la iaia, creo que mis favoritos eran un epigrama de Nicolás Fernández de Moratín que se titulaba Saber sin estudiar y que decía “Admirose un portugués / de ver que en su tierna infancia / todos los niños en Francia / supiesen hablar francés” y el chiste de una sirvienta que quería parecer muy sofisticada y expresarse con mucha pompa y, un día que estaba nublado, trató de escribir en una carta que estaban tan cargados los crepúsculos que apenas se divisaban los objetos pero se lió y escribió que estaban tan cagados los tres culos que apenas se divisaban los ojetes.

De camino a la escuela, mi iaia también nos animaba a hacer ejercicios con los ojos. Sin mover la cabeza, había que ir mirando arriba, abajo, arriba, abajo, y luego izquierda, derecha, izquierda, derecha… Esto, si lo hacíamos bien y a menudo, nos libraría de tener que llevar gafas. O no lo hicimos bien o no lo hicimos tan a menudo como tendríamos que haberlo hecho o los genes de la miopía eran demasiado poderosos para combatirlos con esos peculiares ejercicios oculares pero el caso es los resultados fueron muy modestos y somos una familia de gafotas. 

Pero no todo eran poemas, trabalenguas y gimnasia ocular, la iaia Aurora también nos proporcionó refranes, consejos vitales y advertencias, en general sombrías, entre las más habituales: “Más vale cobarde vivo que valiente muerto” y “No se puede ser bueno”.

Lo de que no se puede ser bueno no tenía ni pies ni cabeza, y menos en un contexto en el que creo que todavía no habíamos conocido a nadie que fuese malo, y menos viniendo de ella, que saltaba a la vista que era incorregiblemente buena. A veces desarrollaba un poco más la idea y parecía que el problema no era tanto la bondad como la ingenuidad y el dejar que los otros se aprovechasen de uno. Como ejemplo ponía a veces al avi Salvi, que era muy bueno y estaba siempre haciendo favores y preocupándose por todo el mundo y esos favores no siempre eran luego reciprocados o al menos valorados. Mi teoría, elaborada a posteriori, es que, más que nada, estaba orgullosa de ser buena y abnegada y de pertenecer a una familia con tanta gente buena y abnegada pero temía que nosotros, siendo niños y habiendo crecido en un entorno protegido por tanta gente buena, nos pasásemos de ingenuos y fuésemos presa fácil de algún desaprensivo.

Lo del cobarde vivo y el valiente muerto acojonaba más. Imposible saber si el mensaje de mi abuela me caló o si hubiese sido una persona igual de prudente de no haber escuchado refranes mórbidos tantos días de buena mañana, pero es cierto que de niño me metí en una cantidad relativamente modesta de líos, de joven experimenté con una cantidad relativamente modesta de sustancias y con una cantidad relativamente modesta de deportes de aventura, tomé decisiones vitales poco arriesgadas (esa carrera de ingeniería aún teniendo cierto interés por las humanidades, esas oposiciones, esa hipoteca y ese plan de pensiones) y un día participé en una carrera de karts y quedé el último con diferencia porque me aseguré de pisar el freno antes de cada curva.

Otra virtud que quizá heredé de mi abuela pero no sé si por aprendizaje o por vía genética fue la puntualidad. Que nos llevase ella al cole implicaba llegar antes que los profesores y esperar casi un cuarto de hora delante de una puerta cerrada. La iaia Aurora debía de ser una de las pocas personas del mundo más puntuales que el avi Salvi. Yo tanto no, pero si quedo a una hora con alguien intento estar ahí a la hora que hemos quedado y me toca los cojones que esta no sea la manera de proceder de las personas normales. Cuando era joven y salía con chicas empezaba casi todas las citas ya de mala leche.

El cole al que íbamos, el piso de mis abuelos de Barcelona y el piso de mis padres estaban y están los tres muy cerca. El piso de mis padres está en el passeig Maragall (“em quede a Maragall, aquest carrer que mai no ens ha fet gràcia” dice de vez en cuando mi padre citando una canción de Raimon) y el de los padres de mi madre está en el carrer Cartellà (que no sale en ninguna canción). Solo la tremenda rampa de Pintor Casas separa uno del otro, nuestro Tourmalet. Mil millones de veces habrá subido y bajado por esa rampa mi abuela, no pocas de ellas con bolsas de comida o con el carro de la compra, y está bastante enfadada con el mundo porque cada vez le cuesta más y siente que se queda sin aire a media rampa. Ahora intenta dar un poco de vuelta y subir por Escultor Llimona, que por ahí el desnivel es menos pronunciado, pero le cuesta igualmente. Antes de que la imagen de mi abuela quedándose sin aire en medio de un trayecto antaño tan habitual para ella nos quitase a todos un poco las ganas de bromear sobre el tema, no pocas veces me había enfrentado a esa rampa con la barriga llena tras una comilona en casa de los abuelos y me había hecho la ilusión de estar escalando el Everest. 

Habiendo dejado la infancia atrás y no necesitando que nadie me acompañase al cole, hubo épocas en las que iba a comer a casa de mis abuelos igualmente. Allí solíamos dirigirnos mi hermana y yo cuando salíamos del instituto, la universidad o el curro los días buenos en los que instituto, universidad o curro eran solo de mañanas. Cuando mi madre trabajaba fuera de casa hacía lo mismo y a veces también venía la tía Margarita y, ante los espectaculares macarrones gratinados con trocitos de jamón e hígado que aparecían en la mesa, a mí me gustaba bromear que en esa casa cada día era Navidad.

El piso de mis abuelos de Barcelona tampoco era especialmente bonito, pero estábamos más acostumbrados a él que al de los abuelos de Lleida y había cuadros de paisajes en lugar de fusilamientos. En alguno de los paisajes se reconocía el lago de Banyoles. No tenían ningún desván misterioso pero el avi Salvi era muy aficionado a coleccionar cosas y en las estanterías había expuestas algunas de las cosas que coleccionaba. Supongo que, si hubiese tenido pasta, hubiese coleccionado cochazos pero, al no tenerla en grandes cantidades, coleccionaba botellitas de licor, monedas, sellos y cochecitos de juguete a escala 1:18 cuyas puertecillas se abrían y cuyas ruedecitas giraban si movías el volante. En el garaje tenía un Opel Corsa, pero en las estanterías tenía un Volvo, un Rolls-Royce, un BMW, un Lamborghini, tres Cadillacs y un par de Mercedes.

Recuerdo haber leído un día una frase motivacional que decía que “Hay que usar las cosas y amar a las personas, no al revés” y en el momento de leerla me pareció muy buena idea pero luego le dí un par de vueltas y ya no tanto. Amar cosas no hace daño a nadie y a mucha gente le ofrece satisfacciones y creo que el avi Salvi, por ejemplo, era bastante feliz ordenando y cuidando sus colecciones. Aunque también es verdad que parte de la gracia del asunto estaba en la creencia de que todo eso se iría revalorizando con el tiempo. Cada colección, aparte de ser bonita de ver, era una inversión a largo plazo. Recuerdo que un día me contó la historia de un coleccionista que tenía dos sellos iguales rarísimos que valían una fortuna y lo que hizo fue quemar uno de los dos para que el otro fuese todavía más raro y más valioso que los dos juntos. Este tema me rompe el corazón un poco más de lo normal porque el avi Salvi también parecía dar por sentado que alguien continuaría esas colecciones cuando él “faltase” y otra parte de la gracia de coleccionar cosas debía de estar en la idea de estar levantando un legado tangible para la posteridad. Pero esa gustosa idea de estar levantar un legado tangible para la posteridad presentaba también un problema porque tenía tres nietos en el momento de ponerse en serio a coleccionar sellos y era demasiado buena persona como para elegir cual de los tres nietos sería el encargado de continuar la colección y no quería arriesgarse a que nos peleásemos por ella cuando se hubiese revalorizado. La solución que encontró fue hacer la colección de sellos por triplicado. 

Cuando murió, sin embargo, había ya más de tres nietos y no nos peleamos ni nos repartimos nada ni consultamos el mercado de valores de los sellos. Ojalá hayamos heredado un poco su sentido del humor porque ninguno de nosotros heredó gran interés por la numismática, ni los tres nietos que tenía en mente cuando empezó las tres colecciones ni los dos que llegaron luego. La colección de monedas y las tres colecciones de sellos siguen en su sitio. Los coches de juguete han corrido una suerte parecida, la mayoría siguen prácticamente nuevos en las estanterías y los armarios del piso del carrer Cartellà, revalorizándose a tope, excepto unos pocos coches privilegiados desde el punto de vista a lo Toy Story que tuvieron la oportunidad de hacer felices a los nietos que han venido luego y a las bisnietas. El licor de las botellitas de la colección sí que optamos por bebérnoslo en póstumo homenaje, y el resultado fue bastante decepcionante pero no sabemos si era por la pena que nos daba estar bebiéndonos objetos de colección o porque los licores ya tenían unos años y se les había ido un poco la sustancia.

Yo ya paso de coleccionar nada, hasta los libros y los discos estoy regalando, pero de niño me dejé imbuir por el entusiasmo de mi abuelo y caí en la trampa de coleccionar un montón de cosas entre las cuales piedras bonitas, conchas, postales, calendarios, posavasos promocionales de marcas de cerveza sin tener todavía ni de lejos edad para disfrutar del dorado elemento, cromos, llaveros, suplementos dominicales de cómics y boletos no premiados de la ONCE.

La colección de llaveros me llegó ya empezada, en una caja metálica de galletas, creo que en realidad me la regaló el tío Jordi pero estoy casi seguro de que la influencia del avi Salvi estaba ahí, que esa colección la había empezado o por lo menos alentado él, entre otras cosas porque en no pocos de los llaveros salía su santo favorito: San Cristóbal, patrón de los automovilistas. Se le reconoce porque está cruzando un río poco hondo con un gran bastón en una mano y un niño Jesús sobre un hombro.

Lo de los boletos no premiados sí que fue culpa del avi Salvi sin duda. Aparte de coleccionar cosas y esperar que se revalorizasen, mi abuelo gustaba de “jugar a los ciegos”. Su número de la suerte era el 10, pero no en el sentido que jugando a ese número le tocase a menudo, solo en el sentido que, si lo había, compraba un boleto cuyo número terminase en 10 o, si no, al menos que terminase en 0. También le gustaban mucho los números capicúa pero no veía muy probable que tocasen. En verano yo le acompañaba a veces al quiosco de los ciegos y empecé a coleccionar los boletos no premiados por si se revalorizaban y porque cuando empecé estaban ilustrados con dibujos de pajaritos de la Península Ibérica y me parecían bonitos. Luego, cuando se les debieron de terminar las especies de pajaritos ibéricos empezó una de catedrales y monumentos de España que tampoco estaba mal pero luego empezó una serie con ilustraciones de escenas de Don Quijote de la Mancha que eran bastante birriosas pero ya era demasiado tarde, la colección ya estaba empezada. Empezar una colección es meterse en un jardín del que cuesta salir porque te da pena que el tiempo que le has dedicado haya sido en vano. Esto está estudiado, no me lo invento, los psicólogos lo llaman la “falacia del coste del barco hundido”. Mi consejo es que ni empecéis colecciones de objetos físicos ni juguéis a la lotería. 

En el curro soy el único que no compra lotería de Navidad y donde trabajo ahora no me dan mucho la turra pero, cuando trabajaba en Badalona, los compañeros, incluso los del departamento de matemáticas, solían amenazarme con que les iba a tocar y se iban a ir al Caribe sin mí, lo que no llegó a suceder nunca pero sí que sucedió otra cosa muy divertida. Aparte de la lotería normal, jugábamos a rifarnos un lote de productos que traíamos nosotros mismos, y a eso sí que me presté a jugar. Cada participante elegía un número y traía una botella de algo o un turrón o algún otro manjar más o menos navideño. Era un centro grande, con unas cien personas jugando a eso, el último día del primer trimestre la mesa de la sala de profesores parecía una cornucopia, y entonces elegíamos un número al azar y al que le tocaba se llevaba toda la montaña de productos navideños a casa y un año ese afortunado fui yo, jugando al número 10 en secreto homenaje a mi abuelo. Para bromear decía que había elegido el número 10 porque era un número que mis alumnos me daban pocas oportunidades de poner en el boletín de notas pero en realidad había sido por el abuelo. Una compañera tuvo el detalle de acompañarme a casa en coche porque toda esa comida no habría podido llevármela a casa en metro ni siquiera haciendo varios viajes. 

Aparte de a jugar y a coleccionar trastos, el avi Salvi hizo lo posible por enseñarme a conducir. Su paciencia en esto fue proverbial. El destino me había premiado con muchas habilidades naturales pero conducir no era una de ellas. El pedal del embrague parecía exigir la coordinación de movimientos de un malabarista, las distancias reales entre los objetos no parecían guardar ninguna relación con las estimaciones de las distancias que obtenía yo a través del retrovisor y el ruido que indicaba claramente que había que cambiar de marcha no se oía bien. El año que me saqué el permiso de conducir no fue mi mejor año. Me quedó la autoestima justa como para negarme a poner por escrito la cantidad de veces que subí a examen pero puedo asegurar que sin la ayuda del avi Salvi habrían sido más. Puedo alegar, sin embargo, que, ya en posesión del carnet de conducir, siempre he conducido con la prudencia inculcada por la iaia Aurora y nunca he tenido ningún accidente que fuese más allá de unas rayaduras o un retrovisor roto.

El coche con el que el avi Salvi me enseñaba a aparcar era su flamante Opel Corsa, un coche totalmente nuevo y reluciente por muchos años que hubiesen pasado desde su compra. Ya quisieran muchas personas haber recibido tanta consideración y tanto mimo como recibió ese automóvil. Lo más difícil era aparcarlo, pero el avi Salvi me enseñó también a limpiarlo, a comprobar el nivel de aceite, a hincharle los neumáticos y, en general, a prodigarle todos los cuidados que un amante de los coches puede prodigar a su único coche a escala 1:1. Lo que sentía el avi Salvi por su automóvil parecía contrastar con lo que sentía por los automóviles de las películas porque las películas que más le gustaban eran las de acción y cuando hablaba bien de una solía hacerlo en relación a la cantidad de coches que en ella se destrozaban. Un verano vimos juntos un ciclo televisado de Bud Spencer y Terence Hill y lo disfrutamos a tope, pero la mejor película de la historia del cine era la de los Blues Brothers (103 coches destrozados según la IMDB). Se partía de risa. El suyo ni una rayada pero los de la tele los quería hechos trizas.

Aún habiéndome sacado el carnet a los 18 por si acaso algún día lo necesitaba, cuando a los veintipico lo necesité porque me salió un curro de un año en las afueras de Igualada, casi ni me acordaba de cómo se cambiaba de marcha. El avi Salvi no daba miedo, daba lo contrario de miedo, pero volvió a prestarme su Opel Corsa y me dejó conducirlo sin él de copiloto y la posibilidad de rayar ese coche acojonaba igualmente. Le hice un par de rayaduras entrando o saliendo de un parking minúsculo con unas columnas diabólicas que se acercaban a mí sigilosamente cuando apartaba la mirada un segundo, y cada pequeña rayadura me espachurraba el alma. El avi Salvi no me reñía, me reñía yo por dentro y quería ser rico para comprarle un coche nuevo.

Y en esto que un día, volviendo de Igualada, empezó a oírse un cloclocloc muy raro y luego un ¡catacloc! No fue un pinchazo, fue la parte de fuera del neumático, digamos la corteza, que se peló como se pela la piel de una naranja, luego me enteré que eso tan raro es algo que a veces pasa con los coches que, al tener poco uso, están mucho tiempo aparcados ejerciendo toda la fuerza de su peso sobre el mismo punto del neumático. Por ahí dentro, aparte de caucho y aire a presión, había hilos metálicos, en serio, y golpeaban la carcasa del vehículo y aquello se me iba de las manos. Logré parar en el arcén, salí del coche, me maravillé de que el neumático siguiese lleno de aire aún habiéndosele despegado parte de la corteza, recuperé un poco las pulsaciones y llamé, por supuesto, a mi abuelo, para que me ayudase a decidir qué hacer con mi vida. Me hizo preguntas, sopesó la situación, me dio instrucciones de emergencia que no recuerdo pero supongo que consistían en encender los cuatro intermitentes (me gusta creer que eso ya lo había hecho pero no estoy seguro) y volver a meterme al volante y conducir muy despacio, por el arcén y con las luces de emergencia encendidas, hasta la próxima salida, salir, estacionar donde fuese posible y cambiar ahí la rueda. Volví a llamar al cabo de un rato porque lo de cambiar la rueda me estaba costando más de lo previsto. En el libro de la teoría del permiso de conducir se explicaba cómo hacerlo pero no me acordaba de nada y el avi Salvi también me lo había explicado pero no, joder, no me acordaba de nada. Al darse cuenta de que estaba intentando levantar el coche con el gato sin haber puesto el freno de mano, mi abuelo volvió a sopesar la situación y me dio un consejo que nunca olvidaré: “Mira a ver si pasa alguien con pinta de saber cambiar una rueda”.

A quién coño voy a encontrar aquí que no sé ni dónde estoy, que para mí que estoy en medio de la nada y no pasan ni coches, pensé, pero entonces vi pasar por el bosquecillo de al lado de la carretera un señor mayor que iba literalmente a coger espárragos. No bromeo, me lo contó él luego cuando le pregunté si sabía cambiar una rueda de coche y si podía ayudarme a cambiar la del mío. Me dijo que me ayudaría pero que me esperase un momento que primero tenía que ir a cagar. Tampoco bromeo aquí, me lo dijo tal cual, le dije que vale, desapareció unos minutos en el bosquecillo a hacer su gestión, volvió, me ayudó a cambiar la rueda y luego volvió a adentrarse en el bosquecillo a coger los espárragos. La conversación que tuvimos mientras cambiábamos la rueda me dejó claro que le divertía en no poca mesura el conocer a alguien de Barcelona que no sabía cambiar una rueda, fue un poco humillante pero también didáctico, y, si bien este texto quiere ser, más que nada, un homenaje a mis abuelos, me pareció que era de justicia incluir a ese benefactor anónimo del que no he vuelto a saber nada y que sin embargo confío que siga vivo, que sobreviva la pandemia y que sus hijos y nietos estén tratándole con la deferencia que merece.

El avi Salvi formó parte de la Guardia de Asalto de la República pero la única anécdota que solía explicar sobre la Guerra Civil nos la explicaba cuando comíamos legumbres y nos encontrábamos una piedrecita entre las lentejas o una habita con un puntito negro. Solo entonces parecía acordarse de la guerra y nos explicaba que, cuando le servían el rancho, lo primero que tenía que hacer era apartar con la cuchara la capa de gorgojos que flotaba sobre la comida. La moraleja evidente era que los que habíamos crecido en tiempos de paz éramos unos blandos, pero no nos dábamos por aludidos porque solía explicarlo más que nada como una curiosidad que le había venido a la cabeza en aquel momento. Y se comía igualmente todo el plato, cualquiera que fuese la legumbre, simplemente parecía alegrarse de la ausencia de gorgojos flotando, a lo mejor sus experiencias durante el conflicto bélico no habían sido tan brutales como las que hicieron aborrecer las lentejas a mi otro abuelo.

Nunca se me ocurrió aprovechar que salía el tema para preguntarle por sus hazañas y me jode. Yo he aprendido cuatro cosas sobre la Guerra Civil luego leyendo libros pero tuve a mi alcance un testimonio guasón y desenfadado y no supe sacarle todo el provecho que podría haberle sacado. De hecho, tardé bastante en darme cuenta que, si él había nacido en el 22 y los últimos estertores de la República habían sido en el 39, el tío sirvió en la Guardia de Asalto sin tener ni siquiera edad de votar o de sacarse el permiso de conducción. Repasé los cálculos y me volvió a dar lo mismo. A falta de avi Salvi, pregunté en Twitter a ver si tal cosa era posible y me dijeron que sí claro. Internet es maravilloso, no sé cómo podríamos enfrentarnos a la pandemia sin internet. Eduardo me explicó que en los momentos más jodidos de la Guerra Civil se pudo bajar la edad de reclutamiento hasta los 16, y Lemniscata me explicó que su tío abuelo Ángel con 14 años ya estaba reptando por trincheras, y con él unos treinta mil. Los otros milicianos los llamaban Quinta del Chupete o Quinta del Biberón. El tío abuelo de Lemniscata pasó mucho frío y mucho miedo en su primera noche en una trinchera pero se durmió igualmente, y muchos de sus compañeros también. Se suponía que tenían que estar vigilando al enemigo pero ni siquiera les habían explicado en qué lado de la trinchera estaba el enemigo y, cuando despertaron, resultó que se habían quedado dormidos de espaldas al fascismo, vigilando el lado que no era. No todos sobrevivieron, pero Ángel sí, y él y la mayoría de los que sobrevivieron fueron encarcelados.

Incluyo esta historia de un hombre que no conozco de nada enfadado conmigo mismo por no haberle sonsacado más batallitas bélicas a mis abuelos. La flecha del tiempo es inexorable y los testimonios que pueden contar de primera mano historias de la Guerra Civil se nos están terminando. Ya se nos iban terminando de normal pero esta primavera todo se ha acelerado y están cayendo como moscas los penúltimos. De hecho, se están muriendo ya personas que tampoco tenía nada que testimoniar de ningún acontecimiento histórico y sus muertes duelen igualmente. En el momento de escribir estas líneas mi yaya Leonor y mi iaia Aurora están bien, pero cada pocos días llega otra noticia de un vecino o amigo o familiar que ha perdido a alguien y los que no han perdido a nadie cercano han perdido algún famoso que les caía bien. Albert Uderzo. Juan Giménez. Josep María Benet i Jornet. Luis Eduardo Aute. Mort Drucker. Rafael Gómez. John Conway. Víctor Nubla. Josep Ricart. John Prime. Marcel Moreau. Anna Rosselló. Marcos Mundstock. Luis Sepúlveda. El Príncipe Gitano. No moría tanta gente desde la Guerra Civil. Llamad a vuestros abuelos si todavía viven. Si no, llamad a vuestros padres. A lo mejor no es todavía la última oportunidad pero por si acaso. Si sois capaces de mostrar vuestros sentimientos, decidles que los queréis y, si no, al menos escuchadlos a ver qué se cuentan. 

Igual que ahora no podemos saber exactamente cuántas personas están muriendo de la pandemia, cuántas de los efectos colaterales de la pandemia y cuántas se hubiesen muerto igualmente aunque no hubiese habido pandemia, tampoco fue fácil ni contar los muertos de la Guerra Civil ni distinguir entre los muertos en la propia guerra, los muertos en la represión posterior, los muertos de hambre y los muertos que se hubiesen muerto igualmente. Y también entonces los primeros recuentos tuvieron más intención propagandística que otra cosa, pero bueno, más o menos entre 500.000 y 600.000 personas, lo que sería una de cada 50.

Mi iaia también es bastante discreta, pero algunas batallitas de la guerra sí que le gustaba contar de vez en cuando, y últimamente más porque está muy aburrida y porque ha visto que ahora tengo más curiosidad por todo porque leí un libro del Preston y porque el coronavirus me tiene con los huevos por corbata y la llamo más a menudo y con esta excusa charlamos un poco. De hecho, tengo la sensación de hablar más con mi familia durante la pandemia que cuando vivía con ellos.

La yaya Rosa tuvo dos hijas más aparte de la iaia Aurora: la tía Hortensia y la tía Camelia. Una luminiscencia celeste y dos plantas ornamentales con propiedades terapéuticas. También las saludaba y les daba dos besos e intentaba seguirles la corriente cuando coincidíamos, pero admito que de niño ni siquiera terminaba de distinguir entre una y otra tía abuela con nombre de flor. Hortensia murió el 2015, tampoco llegó a la pandemia. Camelia está bien, encerrada en su casa como todos. Cuando todavía estaban vivas las tres hermanas, un día mis padres les organizaron una estancia de una semana en un balneario y mi padre las llevó y las fue a buscar en coche. Mi iaia, que siempre le encuentra pegas a todo, a la vuelta contaba que terminó con la cabeza como un bombo porque una de sus hermanas no paraba de hablar y la otra ya estaba sorda y se apagaba el sonotone. 

Camelia sale poco en las batallitas de la guerra porque es la más joven y el alzamiento la pilló con 5 años. Hortensia era la mediana, el alzamiento la pilló con 8 años, y en las batallitas de mi iaia suele jugar el papel de secundario entrañable cuyo gag recurrente es querer mucho a los animales y preocuparse de manera desmesurada por el bienestar de los patos y los conejos en momentos en los que las personas normales a duras penas podían garantizar su propia supervivencia. 

De niñas tenían animales en casa, de compañía y de granja, en aquella época era bastante habitual. Horta se debía de llamar así porque más que ciudad era huerta. Tuvieron conejos, pollos, periquitos y hasta un pato que seguía a la yaya Rosa de un sitio a otro y que, si la yaya Rosa se sentaba, él se sentaba a su lado. Era tan bonito y tan bueno el pato que, cuando la yaya Rosa lo mató y lo cocinó, las tres niñas no quisieron ni probarlo. Ya os he avisado de que las historias de mi iaia tendían a lo trágico. Los periquitos se peleaban entre ellos y se pegaban brutales picotazos. Una de las conejas se quedaba embarazada pero cada vez que se quedaba embarazada luego se comía a sus propios hijos. 

Así como mis abuelos “de Lleida” habían ido de pueblo en pueblo hasta una ciudad, mis abuelos “de Barcelona” se habían quedado relativamente quietos en Horta y había sido la ciudad la que había crecido a su alrededor hasta engullir el pueblo. Mi madre y mi iaia a ir al centro de la ciudad todavía lo llaman ir a Barcelona.

La iaia Aurora es la mayor de las tres hermanas, el alzamiento la pilló con 10 años y la batallita que nos ha contado más veces es la de un día que, de niña, volvía de Banyoles con una cesta llena de huevos y la pilló un miliciano. Tiene historias más fascinantes pero esta es la que más a menudo nos ofrece sin que le saquemos el tema. Mi iaia Aurora suele acompañar la batallita de la cesta de huevos y el miliciano de un epílogo que dice que con todas sus historias se podría hacer un libro, y solíamos tomárnoslo a broma pero ahora ya casi lo tengo. Un día le propuse entrevistarla y ponerlo en Youtube y no le hizo gracia, pero lo de que recoja por escrito sus historias sí que le hace ilusión. Ni intento ordenarlas cronológicamente, os las cuento más o menos según las fui descubriendo yo a lo largo de las conversaciones con ella o con mis padres, como si fuese una novela negra de las que empiezan con un cadáver y la historia se va desvelando según los diferentes personajes van contando lo que saben y al final se unen las piezas, se resuelve el misterio y se descubre el asesino, pero en este caso es poco probable que resolvamos nada porque tenemos un montón de cadáveres y cada día más y el asesino ni siquiera es una persona concreta y las historias de mis abuelos ofrecen más cadáveres pero pocas pistas para resolver nada.

El caso es que mi iaia Aurora creció en un contexto de guerra, hambre y estraperlo. A principios de los años 30, España era un país pobre y pre-industrial pero a partir del 1936 fue ya una ruina total y absoluta y se tardó hasta finales de los 50 en recuperar siquiera el triste nivel de renta por cápita de 1936. Por eso tantas historias de abuelos tratan sobre comida, porque había ahí un agujero que no se llenaba, sobrevivían en el nivel más bajo de la pirámide de Maslow. Lo del estraperlo era una manera muy bonita de referirse al comercio ilegal, lo que ahora llamaríamos mercado negro, que en aquella época lo había a una escala obscena y criminal, y lo había también a escala mindundi. No me parece bien que se use la misma palabra para una cosa que para la otra. Estaban los trapicheos de peces gordos como Juan Pich y Juan March, carroñeros oportunistas que supieron enriquecerse a costa de la miseria ajena y generaron todavía más miseria alrededor, y estaban los trapicheos de las familias que se agarraban a todas las trampas posibles por sobrevivir en un mundo gris que se hundía por momentos. El estraperlo de mi abuela creo que era más del segundo que del primero. 

Cada semana la yaya Rosa, la iaia Aurora, la tía Hortensia y la tía Camelia cogían el tren Barcelona-Girona y luego se ponían a andar por la carretera de Girona a Banyoles, donde tenían algunos amigos o familiares lejanos. Si había suerte, las recogía alguna alma caritativa y las llevaba en coche; si no había suerte, eran cuatro horas a pie. A veces llevaban consigo algo de valor, algún producto difícil de conseguir fuera de la gran ciudad, como por ejemplo unas botas. La iaia Aurora recuerda el día que le llevaron unas botas a un campesino y que el campesino les dio un saco de harina, que llevaron el saco de harina a una panadería y que el panadero usó la harina para hacer panes y les dio un montón de panes, como en una aventura gráfica. 

El caso es que un día la iaia Aurora iba ya de vuelta de sus trapicheos con una cesta llena de huevos de camino a la estación de tren en la que tenía que reunirse con su madre y sus hermanas cuando la paró un miliciano. Le gritó “¿Qué llevas ahí?” y se debió mostrar lo suficientemente amenazador como para que mi abuela tenga un recuerdo imborrable del miedo que pasó y sea esta su anécdota más repetida, por encima de las peripecias que os voy a contar luego. Pero, aún con el susto de que la increpase un hombre armado, la situación se quedó en eso, en un susto, y todo se resolvió felizmente al aparecer otro miliciano con más autoridad que abroncó al que estaba abroncando a mi iaia, con estas palabras que en casa todos conocemos como si fuesen una frase célebre de Winston Churchill: “¿Pero qué haces? Deja la niña en paz, ¿te crees que es así como se gana una guerra?”

Pero bueno, ni por esas, la guerra la ganaron los malos y la miseria y el hambre no cejaron. A la crisis económica por los destrozos esperables en todo conflicto bélico hubo que añadir que los vencedores vinieron muy predispuestos a cebarse en los vencidos y no tuvieron reparos en robar, saquear y redistribuir la riqueza de abajo a arriba. 

Pero antes de la posguerra hubo también lo de los bombardeos y otra cosa que suele contar mi iaia Aurora con orgullo es que ella era siempre la primera en llegar al refugio. Los que la conocemos no tenemos ninguna duda de ello. Si mi abuela ya era exageradamente puntual para llevarnos al cole, imagináosla corriendo por su vida cuando la Aviazione Legionaria bombardeaba la ciudad. La persona encargada de abrir el refugio, supongo que un poco incomodada por encontrarse siempre a una niña esperando en la puerta, terminó por darle una copia de la llave, y esta es la segunda de las anécdotas que más veces habremos oído, supongo que por su valor ejemplarizante, pues ilustra claramente que la puntualidad extrema tiene recompensas. A la tía Hortensia no le dieron ninguna llave por eso de que amaba mucho los animales, tanto que, cuando caían las bombas, en lugar de salir pitando como un rayo, se entretenía a salvar los conejos. Los sacaba de las jaulas, los metía en cestas y los llevaba consigo al refugio.

La buena noticia dentro de lo que cabe es que las triquiñuelas y los peregrinajes a Banyoles mantuvieron a la familia de mi abuela alejada de la miseria, en casa de los Rustullet no se llegó a los niveles de hambre a los que se llegó en otras casas durante la guerra y la posguerra. Otra frase clásica de mi iaia es: “Mai hem tingut cap luxe, mai hem viatjat enlloc, però tampoc hem passat mai gana”. 

Durante la guerra un cine que había en el carrer Gran de Sant Andreu dejó de funcionar como cine y fue reconvertido en una especie de comedor de beneficencia en el que daban pequeñas raciones de comida, un trozo de algo y un trozo de pan, y cuenta mi abuela que ella y sus hermanas iban tan sobradas que sí que iban allí pero a veces les daban su parte a otros niños más desnutridos. Bueno, en realidad no la daban a cambio de nada, intercambiaban productos como les había enseñado su madre, pero esos intercambios se guiaban más por sus apetencias personales que por el valor saciante o nutricional de las cosas porque los otros niños se quedaban con las proteínas y ellas con los panes.

Mi abuela recuerda también el día que llegaron “els nacionals”. Entre todas las noticias horripilantes para los vencidos, hubo una de relativamente buena para los hambrientos y los cortoplacistas, que fue que abrieron las puertas del almacén en el que los rojos tenían la comida que habían estado tratando de racionar y pusieron toda esa comida al alcance de los primeros en llegar. La gente corría hacia allí como si hubiesen venido SSMM los Reyes Magos de Oriente y, entre esa gente, Aurora y sus hermanas. Hortensia, la incorregible amante de los animales, lo que cogió del almacén de comida, en lugar de sacos de harina o de lentejas, fueron algarrobas para los conejos. Ahora no parece un gran gag, pero por la manera en que lo cuenta mi iaia, en aquella época agarrar algarrobas para los conejos en lugar de legumbres para humanos debía de ser una locura.

Para ir y volver del comedor social pasaban cerca de la estación de trenes de Fabra i Puig, que ese día también parecía estar especialmente concurrida. Así como muchas personas corrían en dirección a la comida gratis, muchas otras andaban en hileras, con la cabeza gacha, maletas y fardos, en dirección al exilio. Rosa y sus hijas habían optado por quedarse en Barcelona pero habían dudado lo suyo. Se creía que a lo mejor Francia acogería a los refugiados y allí sería relativamente fácil empezar de cero (spoiler: meh). El espectáculo de aquellas hileras de personas con sus maletas y sus fardos ya era bastante desolador pero fue a peor cuando de un coche se bajó un hombre con una pistola, se acercó a uno de los de la hilera y lo mató de un tiro en la cara, delante de todos pero sin que nadie tuviese la agilidad o las agallas de tratar de impedir el tiro o la huída del pistolero, que se volvió a meter en el coche y se fue. Tal como lo cuenta mi iaia, parece que ese asesinato la impresionó como me hubiese impresionado a mí o a cualquiera de mi generación, y supongo que eso es que, dentro de lo que cabe, tuvo suerte y se pudo mantener más o menos alejada de la violencia de la guerra. Le pregunto y dice que durante los bombardeos también vió algún que otro cuerpo espachurrado por las calles, pero supongo que un tiro a bocajarro tiene algo que lo hace peor que una bomba, quizá el trato de tú a tú entre el asesino y la víctima, un trato personalizado y artesanal que se pierde con el uso de armamento más moderno.

Mi bisabuelo, el padre de mi iaia Aurora y marido de mi yaya Rosa se llamaba Josep y no tengo ni idea de en qué año nació. Sin haberlo hablado nunca, crecí dándolo por muerto, lo que es bastante habitual en el caso de los bisabuelos. Nadie pregunta por un bisabuelo ausente. Pero, aunque en el momento que yo lo daba por muerto casi seguro que andaba en lo cierto, no os confiéis con estas cosas que también mi madre lo dio por muerto y luego resultó que, como el muerto vivo de la canción de Peret, estaba, más o menos, de parranda. Pero antes de hablar de sus sombras hablemos de sus luces, que fueron muchas y muy brillantes, y, si intento narrar sus historias más o menos en el orden en que me fueron reveladas, la figura del bisabuelo desaparecido empieza por todo lo alto y va a mejor antes de ir a peor.

Lo primero que me llegó de él fueron comentarios sueltos que despertaban mi simpatía pero no un gran interés: mi iaia confería cierto estatus a la lectura y se enorgullecía de que a su nieto le gustase leer y me decía que yo le recordaba a su padre, que, fuese donde fuese, no solía ir sin un libro en la mano. 

Con el tiempo supe que los sitios a los que mi bisabuelo Josep iba con un libro en una mano y su hija Aurora cogida de la otra eran más que nada los parques del barrio: El Guinardó, el parc del Nen de la Rutlla, la Font del Cuento, el Turó de la Peira. Pero también un día la llevó hasta la Plaza Espanya, la dejó sentada en una escalerita y se metió en la plaza de toros de las Arenas. No era especialmente aficionado a la tauromaquia ni tampoco era torero, ojo, a la plaza de toros iba a dar un mitin. Con esta historia de la escalerita me enteré de que mi bisabuelo Josep había sido un líder anarquista y que por eso sus hijas se llamaban Aurora, Hortensia y Camelia, porque los anarquistas hacían del ateísmo bandera y les gustaba poner nombres que no coincidiesen con nombres de personajes bíblicos. En otras regiones de España había menos movimiento obrero porque había menos fábricas y el movimiento obrero que había estaba más vinculado al sindicato socialista UGT, pero en Catalunya y, sobre todo, en el extrarradio barcelonés, el sindicato que lo petaba era la CNT. Fueron ellos los que nos consiguieron la jornada laboral de ocho horas. Y no solo eso, cuando empezó la guerra también asaltaron cuarteles de la Guardia Civil, confiscaron fusiles, colectivizaron industrias, organizaron servicios sociales, editaron revistas y poemarios, coordinaron la solidaridad, construyeron precarias utopías y cambiaron los nombres de los sitios. Sagrera, por ejemplo, se convirtió en Acràcia; Sant Adrià del Besòs, en Pla del Besòs; Sant Climent de Llobregat, El Cirerer del Llobregat; Sant Boi de Llobregat, Vilaboi; Sant Quintí de Mediona, Aigüesbones; Sant Andreu del Palomar, Harmonia del Palomar. Sus colores eran el blanco y el negro, se organizaban en comunas y comités y perdicaban lo de que “De cada uno según sus habilidades, a cada uno según sus necesidades”. Al terminar el mitin en la plaza de toros, Josep recogió a la hija que le había estado esperando pacientemente sentada en la escalerita y, con ella agarrada de una mano y un libro en la otra, volvieron a Horta, que seguía siendo Horta y siguió siéndolo después de la guerra cuando todos los otros lugares recuperaron su toponimia de santoral. 

No encuentro información online de ningún líder anarquista que se llamase como mi bisabuelo. A lo mejor fue a escuchar un mitin o a participar en una mesa redonda o algo así y a la salida se vino arriba y le explicó a su hija que había ido a dar un mitin. A lo mejor hacía la revolución con un nombre artístico.

Era anarquista però era molt bona persona”, insiste mi iaia. Lo describe heroico y complaciente, siempre dispuesto a ayudar a todo el mundo, siempre haciendo favores, siempre atento a los problemas de los demás. Dice que le llamaban “Josep Rustullet l’Advocat dels Pobres”.

La conjunción adversativa entre ser anarquista y ser buena persona viene a cuento de que hubo revolucionarios que no eran tan valientes como para ir al frente a combatir al ejército sublevado pero sí que eran valientes como para tratar de vengar los crímenes del fascismo matando y violando monjas en la relativa seguridad de la retaguardia, y mi bisabuelo fue de los anarquistas buenos que ayudaron a escapar a algunas. Las escondía en casa y les conseguía ropa de civil y les ayudaba a deshacerse de hábitos y crucifijos incriminatorios. En aquella época el catolicismo era controvertido porque cardenales, arzobispos, obispos y vicarios católicos de todo el mundo excepto los vascos se habían posicionado a favor del fascismo. A las personas de buen corazón, cualesquiera que fuesen sus creencias, no les escaseaban las oportunidades para ayudar al prójimo.

Además de buena persona era un buen orador. Entre sus gestas está la de haber parado un desahucio con el poder de la palabra. Imagino que intentar parar un desahucio en los tiempos de mi bisabuelo todavía era más loco y todavía requería más cojonazos de toro que hoy en día. Según mi iaia, la estrategia de su padre para parar el desahucio consistió en decirle a la mujer que iba a ser desahuciada que no saliese de casa, que se quedase en la cama fingiendo estar enferma y que le dejase hablar a él con la autoridad competente. Cuando llegó la policía o la Guardia Civil o la que fuese la autoridad competente en ese momento, habló con ellos y fue tan elocuente y persuasivo que con el simple poder de su oratoria logró convencerlos para que se marchasen y no volviesen. 

Mi iaia en aquella época era una niña, el típico unrealiable narrator al que a se le podría haber pasado por alto algún detalle. Las grandes gestas de la oratoria de su padre a lo mejor iban acompañadas de sobornos o de complejas redes de intercambio de favores, pero la versión de mi iaia es todo lo que tenemos y, a falta de testimonios que la contradigan, mi bisabuelo el Abogado de los Pobres era, en muchos aspectos, un héroe.

Pero no era abogado profesional, ni tampoco se dedicaba profesionalmente a la política. Tenía un taller en un callejón sin salida cerca de la plaça Maragall. No era un taller de coches como el del avi Salvi, era un taller de losetas hidráulicas o, como dice mi iaia, “de mosaics”. El negocio era suyo y llevaba su nombre y tenía muchos trabajadores a su cargo, lo cual me parece asombroso que pudiese compaginarse con el anarquismo. Los líderes anarquistas tienden más a ser desheredados sin nada que perder que propietarios de medios de producción de losetas hidráulicas. Investigo un poco y en internet encuentro hasta un viejo presupuesto del taller de mi bisabuelo. Por construir un trozo de acera en el passeig Sant Joan pedía 841 pesetas (el precio total eran 1513 pesetas pero el Excmo. Ayuntamiento subvencionaba la obra con otras 726 pesetas) y no sé si maravillarme más por el precio de las cosas de antaño o por la caligrafía, que es cuidada, cursivada, con elegantes adornos en el trazo de las mayúsculas, pero que dificulta un poco la lectura y no me permite estar seguro de qué pone al lado de la palabra “acera” ni cual es la última cifra del año en que se hizo el presupuesto pero, por eliminación, diría que estamos hablando de 1927. 

Ya puestos, aprovechando una de estas tardes tontas de confinamiento por pandemia, visito el callejón del taller de mi bisabuelo con el Google Maps. No lleva a ninguna parte, es un cul-de-sac, como la vida, nada de interés excepto un gimnasio de crossfit y una casita muy cuqui adornada con baldosas bonitas que yo hubiese dicho que era el taller de mi bisabuelo por el aspecto y porque el número encaja con el del presupuesto encontrado en internet, pero mi yaya y mi mama dicen que no, que el taller era lo que ahora es el gimnasio. 

En todo caso, más interesante que la ubicación exacta del taller es que el nombre del taller fuese Josep Rustullet, el nombre del callejón sin salida fuese Josep Rustullet y el nombre del padre de la iaia Aurora fuese, sí, Josep Rustullet. ¿Cómo se os queda el cuerpo? Un taller entiendo que es normal que lleve el nombre de su propietario, pero que en Barcelona haya una calle que se llama como mi bisabuelo me parece extraordinario. Es una callejuela, pequeña, sin salida, pero, ostras, se llama como mi bisabuelo y en mi familia somos todos muy humildes, no vamos a aspirar tampoco a que se llame Josep Rustullet una gran avenida de la zona alta. Rebusco más por internet, averiguo que de punta a punta el passatge Rustullet mide 110 metros y encuentro un nomenclátor online que permite consultar la historia de los nombres de las calles de Barcelona. Menudo chasco, ojalá no hubiese rebuscado tanto. El passatge Josep Rustullet se supone que debe su nombre a una persona que se llamaba como mi bisabuelo pero no era él porque no coinciden ni el segundo apellido ni los años ni los hijos. Mi iaia también creía que Josep Rustullet era nuestro Josep Rustullet, pero tendremos que rendirnos al hecho de que nuestro Josep Rustullet era Josep Rustullet i Font y el nomenclátor dice que el de la calle era: “Josep Rustullet i Casademunt (Crespià, 1847 – Barcelona, 1918). Propietari dels terrenys en l’indret del passatge. En foren hereus Andreu, Francesca i Teresa Rustullet i Costa.” 

Josep Rustullet Casademunt ni siquiera era el padre de Josep Rustullet Font, quizá su abuelo o su tío o su tío abuelo. Rebusco un poco más y encuentro el blog Històries de Barcelona, y en él un artículo de Pere Castaño que demuestra que, contra todo pronóstico, no soy la única persona que en algún momento sintió curiosidad por ese callejón y por la persona que le dio nombre. 

Pere Castaño cuenta haberse adentrado un día en el passatge Rustullet y haberse encontrado tres personas mayores, una mujer y dos hombres, haber saludado, haber entablado conversación y haber averiguado que la mujer era descendiente directa del Josep Rustullet que daba nombre a la calle. Concretamente, dice Castaño que le dijo la anciana, era su nieta. No me lo creo del todo porque me parece mucha casualidad y porque me haría más ilusión que ese Josep Rustullet fuese mi bisabuelo que el abuelo de una abuela que no conozco de nada descrita por un bloguero al que tampoco conozco de nada, pero practico la suspensión voluntaria de la incredulidad y me sumerjo en la narración de cómo ese otro Josep Rustullet consiguió los terrenos en los que estaba el taller de losetas hidráulicas Josep Rustullet: resulta que Josep Rustullet i Casademunt era originario de Crespià (un pueblecito 10 km al norte de Banyoles, 246 habitantes según el censo de 2019) y se vino a la gran ciudad en busca de oportunidades pero, de buenas a primeras, la gran ciudad tampoco es que fuese muy generosa con él en el reparto de oportunidades. Su suerte cambió, sin embargo, un día que deambulaba cabizbajo y se encontró con un misterioso personaje que llevaba una larga barba blanca e iba montado en un caballo también blanco. El jinete barbudo le preguntó qué hacía ahí y Josep admitió no tener ni un duro y anhelar aunque solo fuese un pequeño huerto para cultivar sus cosas. Cito textualmente lo que dice el bloguero que dijo la supuesta nieta que dijo Josep Rustullet que le había dicho el inverosímil caballero de barba blanca: “Fes el que et diré: tria el bocí de terra que t’abelleixi, sembra-hi, treballa’l i tingues cura d’ell; quan t’hagis assegurat una bona collita, ves a l’Ajuntament i digues que vols pagar els tributs que corresponen al tros… i ves fent, que ningú et traurà d’aquí!”

Traducido y resumido, el señor de las barbas le animó a okupar un terreno de propietario desconocido con el truco de ofrecerse a pagar luego los impuestos correspondientes. Y Josep así lo hizo y el Ayuntamiento aceptó los pagos, no le reclamó el terreno y, con el tiempo, hasta le puso su nombre a la calle. Sé que hay historias mejores pero esta es la que encontré yo de mi (supongo) ancestro. El autor del blog se pregunta si el personaje de las barbas era humano o presencia celestial, yo me pregunto si era humano o un recurso retórico que se inventó Josep Rustullet, el okupa avant la lettre, para ganarse la vida. 

En todo caso, la historia de Josep Rustullet Casademunt y el caballero misterioso fue publicada en internet en 2007, en la época dorada de los blogs. Debajo, en la sección de comentarios, intervienen varias personas que también se apellidan Rustullet y que afirman ser familiares del hombre que dio nombre a la calle. Sílvia, Raquel, Marina y hasta un tercer Josep.

Pero bueno, Josep Rustullet Casademunt murió hace más de cien años, no llegó ni a la pandemia ni a la Guerra Civil, y todo lo que sé de él es lo que he encontrado por internet. Hablemos de Josep Rustullet Font, que no sé cuándo murió pero a la Guerra Civil llegó seguro. Hablemos también de la Guerra Civil.

A los españoles de buena familia no les gusta demasiado que se hable de la Guerra Civil. Está estudiado que, en todo conflicto bélico, los vencidos suelen ser mejores historiadores y tienden a saberse más fechas y más datos que los vencedores. Los vencedores suelen ser más pragmáticos y suelen estar en contra de hurgar en las viejas heridas, prefieren correr un tupido velo sobre el pasado y centrarse en el presente. Cuando se ven obligados a hablar de la Guerra Civil, es de primero de facha explicar que ambos bandos cometieron atrocidades, y en esto todos los historiadores serios les dan la razón, pero las atrocidades que cometió el fascismo incluso cuando la guerra hubo terminado fueron a una escala tan horripilante y desproporcionada que creo que sería importante estudiarlas un poco más en serio en las escuelas, con profesores que dominasen el tema, libros de texto y exámenes, sin proyectos transversales ni pedagogías new age, porque me parece una vergüenza que nuestros jóvenes sepan de la Guerra Civil más o menos lo que sé yo de reparación de automóviles.

De mientras no terminamos de arreglar el sistema educativo, recomiendo los libros de Paul Preston empezando por La Guerra Civil española, que es relativamente corto y de lectura trepidante, pero también los cuentos de Chaves Nogales (empezando por los de A sangre y fuego) y las novelas más o menos autobiográficas de Ernest Hemingway (Por quién doblan las campanas) y George Orwell (Homenaje a Cataluña) para sensaciones y puntos de vista más de a pie de trinchera. Preston es historiador e hispanista e intenta explicar la contienda objetivamente y da un montón de información tan distanciada y documentada como puede, por lo que los revisionistas fachas tienden a descalificarlo llamándole rojo. Lo otros tres estuvieron ahí: Chaves Nogales era un reportero serio y republicano y tiene la honestidad de narrar las atrocidades cometidas por ambos bandos sin caer en la trampa de equiparar un levantamiento militar criminal con los intentos de defenderse de él. Hemingway (1899-1961) vino a hacer periodismo de guerra y Orwell (1903-1950) fue todavía más majo porque vino a echar una mano con las Brigadas Internacionales. A los gobernantes de las democracias europeas se les ocurrieron excusas para no ayudar a la República, pero decenas de miles de voluntarios de muchos países vinieron por su cuenta a darlo todo, y en muchos casos ese todo incluía la vida. Fue todo muy triste y muchos protagonistas de novelas o memorias ambientadas en la Guerra Civil no solo fueron derrotados luchando contra el fascismo sino que parecen haber sido derrotados luchando en equipos diferentes y cada uno parece perder la guerra por culpa de los otros. Si solo lees una novela o ves una película parece todo más sencillo pero con cada punto de vista diferente tienes un nuevo punto de apoyo sobre el que empezar a construirte una idea del desmadre.

En todo caso, entre las atrocidades ideadas por el fascismo estuvo lo de bombardear la retaguardia, una inaudita innovación bélica de Franco y Mussolini. La retaguardia eran las ciudades, bombardear la retaguardia significaba ir a por la población civil indefensa, una estrategia cobarde que se les ocurrió en noviembre de 1936 cuando el ejército franquista fracasó en su ataque frontal contra el frente madrileño. Las principales víctimas de esos bombardeos eran, por supuesto, mujeres, niños y ancianos, y el único valor estratégico de esas matanzas era desmoralizar la población civil a ver si así el gobierno legítimo se rendía antes. NO PASARAN, decían las pintadas, los carteles y las canciones, y Upton Sinclair publicó una novela en 1937 que se titula igual y que termina por todo lo alto con las palabras “¡Y no pasaron!” pero sí que pasaron, ese mismo año, y la cupletista Celia Gámez luego se pitorreaba con un chotis que decía “Ya hemos pasao”.

Tras la caída de Madrid, Barcelona se convirtió en la nueva capital de la República y empezó a ser bombardeada, primero de manera esporádica, luego ya de manera sistemática y totalmente psicópata en enero y marzo de 1938. La yaya Rosa tenía 33 años y la iaia Aurora 12. Después de los bombardeos en las calles de la ciudad había menos edificios que antes de los bombardeos y una capa de polvo de ladrillo cubría las montañas de escombros, los cristales rotos, los charcos de sangre y los cadáveres. El avi Salvi tenía 16 años y su misión era ayudar a recoger parte del estropicio y, de todo el estropicio, la parte de la que le tocó encargarse fue la de los cadáveres: los sacaba de entre los escombros y los llevaba al Hospital Clínic. A lo mejor cuando se apuntó a la Guardia de Asalto de la República se esperaba alguna tarea más glamourosa. Las bromas macabras que hacía a veces de mayor no eran las bromas frívolas de un adolescente que juega a ser siniestro en un entorno protegido, eran las bromas del que de adolescente ayudó a despejar las calles después de un bombardeo y levantó con sus propios brazos los cuerpos espachurrados de sus vecinos. Rascayú rascayú cuando mueras qué harás tú. Entiendo que algunos de los muertos no estaban enteros y que, de todas formas, un muerto en tiempos de guerra pesa menos que un muerto en tiempos de paz, pero calculo que por lo menos unos 40 o 50 kg por cuerpo tuvo que levantarlos. Mi yayo estaba fuerte. El bando republicano respondió bombardeando la población civil de ciudades sometidas al bando Nacional, aunque a menor escala y con la excusa de que habían empezado ellos.

Muchos barceloneses salvaron la vida gracias a refugios construidos deprisa y corriendo pero bien. No bien en el sentido de “bueno, vale, con esto servirá” sino bien en el sentido que, luego, cuando terminó la Guerra Civil Española, vinieron arquitectos ingleses a tomar ideas de cara a construir refugios para la Segunda Guerra Mundial. 

El Reino Unido se debatía entre copiar nuestros refugios o usar unos búnkeres de hierro desmontables que se ponían en los jardines de las casas que tenían jardines. A lo primero lo llamaban Modelo Barcelona y a lo segundo lo llamaban Modelo Anderson. Al final, ouch, el Parlamento británico optó por el Modelo Anderson: millones de búnkeres desmontables llenaron los jardines y 40.000 civiles londinenses murieron tontamente. Muchos muertos fueron londinenses cuyas casas no tenían jardín, pero cuando te caía un bombazo en un Anderson palmabas igualmente, con un poco de suerte te protegía de la metralla si la bomba no caía muy cerca. En Barcelona no consta de ninguna persona que perdiese la vida en un refugio, ni una sola. El mérito principal fue del ingeniero que los ideó: Ramón Perera. Sus refugios funcionaban. Eran refugios subtérráneos y tenían dos accesos, por si uno de ellos quedaba bloqueado por los escombros; las entradas hacían zigzags para que no entrasen metralla y onda expansiva; los techos estaban apuntalados; unas pequeñas aperturas permitían la renovación del aire. Eran relativamente baratos y relativamente fáciles de construir y representaban soluciones colectivas. Los refugios del Modelo Anderson, aparte de ser trampas mortales, eran soluciones particulares en las que solo cabía una familia (y no una familia tribu, como mucho seis personas apretadas y de pie) y requerían un puto jardín. Las autoridades inglesas optaron por el Modelo Anderson argumentando que los refugios barceloneses eran demasiado cómodos y que los refugiados preferirían quedarse ahí dentro en lugar de ir a trabajar entre bombardeo y bombardeo. 

Las autoridades inglesas no debían de conocer a las hermanas Rustullet. Un día, Aurora y Hortensia se rebelaron contra la rutina de pasar la noche encerradas en un refugio antiaéreo y entre las dos cargaron un colchón montaña arriba. Las bombas solían caer sobre los edificios. Entre los árboles se debieron de sentir seguras, y además verían el cielo y las estrellas, pero no pudieron conciliar el sueño y al cabo de un rato arrastraron el colchón de vuelta al refugio porque se las comían los mosquitos.

Los refugios que salvaron la vida a mi iaia Aurora, su madre, sus hermanas y sus vecinos fueron primero el de Can Quintana y luego el de las Casas Baratas d’Horta. Del de Can Quintana poca cosa puedo contar, del de las Casas Baratas puedo decir que tenía un aforo de 396 personas y que lo construyó mi bisabuelo anarquista. 

Las primeras veces que mi iaia me contó que su padre había construído un refugio me lo imaginé cavando en un descampado con un pico y una pala, y seguramente también le tocó darle al pico y a la pala, pero construir un refugio era un proyecto colectivo que había que propulsar y coordinar. La autoridad competente hacía lo que podía pero en tiempos convulsos lo que podía hacer la autoridad competente no era suficiente y hubo muchos refugios, entre ellos ese de las Casas Baratas, que se construyeron por iniciativa vecinal. 

Y, puesto que los hombres sanos estaban en el frente muriendo y matando, los vecinos que por iniciativa vecinal levantaron los refugios fueron los enfermos, los tullidos, los abuelos y, sobre todo, las mujeres y los niños. Mi bisabuelo soltaba sus arengas en la casa del pueblo, repartía tareas y recolectaba el dinero para los materiales. La casa del pueblo, por cierto, era lo que antes había sido la iglesia y luego volvió a ser la iglesia, vamos, que en tiempos revolucionarios a la iglesia la llamaban la casa del pueblo en lugar de la casa de Dios y entre sus paredes reverberaban sermones más centrados en el más acá que en el más allá. Parece que a la madre de Josep le hubiese gustado que el chico hubiese seguido el camino del sacerdocio, pero tuvo que conformarse con eso. 

En todo caso, dice mi iaia que Josep también se encargó de proporcionar las herramientas para la construcción del refugio pero que la idea era recuperarlas luego y devolverlas al taller y no las recuperó: algún pillo aprovechó la confusión para agenciárselas, lo que lleva a mi iaia a la moraleja-estribillo que os comentaba antes de que no se puede ser bueno.

Pero no todo fue construir refugios con las mujeres, los niños y los ancianos, Josep Rustullet era un hombre en edad de morir matando y, como tal, tuvo que ir a la guerra en dos ocasiones, la primera “a fortificacions” y la segunda “a les armes”. Supongo que son diferentes maneras de ir a la guerra, no sé, mi abuela no da más pistas y no me quedan testimonios vivos que estuviesen en el frente. Ante la duda, si a mí me diesen a elegir yo elegiría ir a lo de las fortificaciones, que suena más tranquilo. En lo de las fortificaciones mi bisabuelo tuvo la suerte de caer enfermo y lo trajeron de vuelta a casa. La guerra es uno de los pocos contextos en los que caer gravemente enfermo está bastante guay y puede salvarte la vida. Me gusta mucho mucho Catch 22, una novela de Joseph Heller que trata este tema a fondo. Le pregunto a mi iaia de qué enfermó su padre y me cuenta que, según él, lo fingió un poco para escaquearse, lo cual también sería bastante Catch 22, pero que a ella le parece que fingía un poco haberlo fingido y que tuvo un ataque de nervios de verdad. A mí me parece que quien va a la guerra sin un ataque de nervios es que está como para que lo encierren, no creo que con solo un ataque de nervios te llevasen de vuelta a casa, a lo mejor mi bisabuelo tuvo algo más y no quería decirlo para no preocupar a los suyos. A lo mejor era más cobarde de lo que parecía. A lo mejor era más valiente de lo que parecía. En todo caso, más vale un cobarde vivo que un valiente muerto. Lo ingresaron en el Hospital Militar del Vall d’Hebrón.

Cuando volvió a estar más o menos sano lo volvieron a mandar al frente y esta segunda vez fue peor que la primera por dos motivos: porque lo capturaron los fascistas y porque encima conoció a una pepa que fue su perdición. Ni sé el nombre de la pepa ni quiero preguntarlo porque no es asunto mío y porque provocó mucho sufrimiento en mi familia y entiendo que no llamarla por su nombre es nuestra manera de vengarnos, pero, a efectos prácticos y para respetar su anonimato, la llamaremos Pepa.

Una pepa, en catalán antiguo, es una prostituta. La primera vez que mi iaia me contó que su padre había conocido a una pepa que había ido al frente a animar las tropas me pareció intuir algo por el contexto pero no era consciente de que la palabra tenía ese significado tan concreto, lo que me venía a la cabeza era Marta Sánchez cantando Soldados del amor en el Golfo Pérsico. 

Pero, por si no hubiese suficiente desgracia con lo de la pepa, hubo también lo de caer en las manos de los fascistas. 

Su mujer y sus hijas no sabían nada de una cosa ni la otra. Simplemente dejaron de recibir noticias del padre de familia y dejaron de saber si estaba vivo o muerto. Antes de esfumarse, les había hecho saber, supongo que por carta, que, por muy anarquista y ateo que fuese, en la guerra se echaba unos hartones de rezar, cada noche un rato, y no por él, rezar por uno mismo parecía un acto egoísta, mi bisabuelo anarquista rezaba pero rezaba por su mujer y sus hijas, y luego se esfumó como si hubiese entrado directamente al reino de los cielos. Dejar de recibir noticias de alguien que ha ido al frente era horrible, pero también era lo normal. Al frente se iba a morir, sobre todo en el bando republicano, que luchaba sin preparación, sin disciplina, a menudo sin armas a la altura de las armas del bando nacional. Lo normal era lo horrible.

Maximino y Mariano, dos de los hermanos de la yaya Rosa cuyos nombres nos hacían reír a mi hermana y a mí, fueron a la guerra y no volvieron. No tenemos información sobre el estado en que se encontró el cuerpo de Maximino en el supuesto de que alguien lo encontrase, pero sabemos que de Mariano solo quedó un dedo y hubo que enterrar el dedo suelto.

Cuando las tropas franquistas culminaron la ocupación de Catalunya, inauguraron un campo de concentración en la Vall d’Hebrón, donde ahora está el Recinto Mundet de la UB. También hacinaron miles de personas en el castillo de Montjuïc y en la cárcel Modelo y en la de Les Corts, pero el campo de concentración oficial de la ciudad era ese, el Campo de Concentración de Horta. Los responsables del establecimiento estimaron que tenía capacidad para 15.000 prisioneros, pero la rotación de inquilinos era alta: enseguida los clasificaban y los mandaban a otros sitios que quizá eran peores, pero, para hacernos una idea de la habitabilidad del campo, digamos solo que, al construirlo, ni siquiera se molestaron en poner retretes. Allí iban a parar soldados, milicianos, sindicalistas, simpatizantes de la República y personas que, sin encajar en ninguna de estas categorías, eran denunciadas como si sí en una dinámica de caza de brujas. A falta de noticias sobre su padre, mi iaia y sus hermanas subían a la Vall d’Hebrón tan a menudo como podían e intentaban hablar con los prisioneros a través de los agujeros que había en las vallas del campo de concentración y, cuando alguno se prestaba a escucharlas le preguntaban si sabía de un tal Josep Rustullet o si había por ahí alguien de Banyoles. Josep nunca estaba ni había ahí nadie que le conociese o que quisiese hablar de él con sus hijas a través de un agujero.

El hospital militar en el que mi bisabuelo se había recuperado de su supuesto ataque de nervios estaba ahí al lado, pero él tampoco estaba en el hospital militar.

Mi bisabuelo, sin embargo, tenía bastantes primos y uno de sus primos se llamaba Salvador, en serio, si me lo hubiese inventado me habría inventado un nombre más sutil. Salvador tenía una lavandería cerca del passatge Rustullet, enfrente de donde después hubo el cine Maragall, que ahora ya tampoco está pero para la generación de mis padres todavía sirve de punto de referencia, y un día vio pasar por delante de la lavandería una hilera de presos y se fijó en sus caras demacradas y entre ellas vio que estaba la de mi bisabuelo. Subían por el passeig Maragall en dirección al campo de concentración de Horta, pero no los debían de llevar muy atados porque, según el relato de mi iaia, el primo Salvador se acercó a mi bisabuelo, le puso ropa de civil encima de la que llevaba, fue capaz de sacarlo de la hilera con presteza y disimulo y lo metió en un lavadero. La lavandería de Salvador Rustullet era una lavandería de las de su época, un safareig, con lavaderos en lugar de lavadoras. Lo de tener lavadora y hacer la colada en casa es algo moderno, antes las mujeres usaban lavaderos públicos como los del establecimientos de Salvador y para ellas era un fastidio pero también era un pequeño oasis de socialización en una jornada de tareas domésticas solitarias, y de ahí viene la expresión “fer safareig”, que traducida literalmente sería “hacer la colada” pero que se usa todavía como sinónimo de cotillear o compartir rumores. Bastante safareig se debió de hacer ese día cuando el dueño de la lavandería arrancó un preso de una hilera de presos y lo metió en remojo, pero todas las presentes tuvieron la bondad de no delatarlo.

Cuando los fascistas pasaron lista, suponiendo que llegasen a pasar lista, y vieron que les faltaba un preso, o por lo menos uno, tuvieron una dificultad extra para seguir la pista del preso ausente porque Josep Rustullet había visto que en el listado de presos habían escrito su apellido mal y no le había parecido necesario sacarles de su error. Poca gente escribía bien Rustullet, mi abuela también se acuerda mucho de una maestra que tuvo que estaba empeñada en que lo escribiese Rostollet.

A modo de curiosidad comentar que mi apellido paterno tampoco parece fácil de escribir, la tilde en la a ya me da igual si me la ponen o no, o si me la ponen inclinada para aquí o para allá, pero al menos el dígrafo ‘gu’ habría que dominarlo. Rostollet me parece muy perdonable al lado de Ageda, Agüeda o Aguado. Y el avi Salvi se pasó años y años recibiendo publicidad del Caprabo que se refería a él como “Estimada señora Salvio”.

Josep pasó el día escondido con su primo Salvador y por la noche volvió a casa. Imaginaos la alegría de su mujer e hijas al verlo llegar. Debido a los pormenores de la huida, llegó a casa limpio y reluciente, pero el reencuentro hubiese sido bonito aunque hubiese llegado mugriento y embarrado. Cuando hagan la teleserie de mis abuelos, el episodio de la fuga y el reencuentro me gustaría que estuviese dirigido por Steven Spielberg, pero luego la cosa se complicó y se puso un poco Bergman y luego un poco Almodóvar, y más misteriosa que su huida a través de los lavaderos fue su ausencia posterior. No inmediatamente posterior sino al cabo de un periodo indeterminado de tiempo. Que a lo mejor os estaréis preguntando cómo pudo mi madre creer durante tanto tiempo que su abuelo había muerto en la guerra si ahora nos consta que los fascistas lo capturaron con vida y su primo Salvador lo salvó al pasar por delante de su lavandería. Mi madre y mi iaia Aurora lo explican con casi idénticas palabras: “Es ahora que se habla de las cosas, pero antes no se hablaba de las cosas”. 

Nosotros lo hablaremos pero lo hablaremos luego, de momento quedémonos con que la yaya Rosa terminó criando sola a sus tres hijas, que la ausencia de su marido se cubrió con un manto de silencio y que una de las tres hijas un día conoció a un soldadito forzudo y bonachón que era el avi Salvi. 

La guerra ya había terminado pero el avi Salvi se había hecho adulto y con la llegada a la edad adulta llegó la llamada a incorporarse al servicio militar obligatorio. Salvi y Aurora se habían conocido a través de un amigo de ambos y se habían caído bien y él tenía que pasar a menudo por delante de casa de ella y le daba conversación. La premisa con la que rompía el hielo era preguntar si habían dicho por la radio el número premiado de los ciegos. Aurora le decía el número premiado y normalmente no coincidía con el del boleto de mi abuelo pero la conversación entre ambos ya se había iniciado y eso también era, en cierto modo, un premio. Salvi le decía a mi iaia que jugaba a los ciegos para hacer una buena obra pero ella siempre ha sospechado que, sin desmerecer sus pulsiones filantrópicas, al avi Salvi también le hubiese hecho ilusión que algún día le tocase un millón de pesetas. En todo caso, aunque nunca fue especialmente afortunado con los boletos de los ciegos, sí que lo fue en cuanto al cuartel en el que le tocó hacer el servicio militar. Hasta 1996 no dejó de ser obligatorio y te tocaba donde te tocaba y si te tocaba a las montañas te tenías que ir a las montañas, pero al avi Salvi le tocó un cuartel que estaba ahí mismo, en Sant Andreu: el tío podía pasarse la mañana haciendo flexiones o desfiles o le fuera que te hiciesen hacer en el servicio militar en aquella época, y luego podía ir a comer a casa y encima por el camino se ligó a mi abuela. 

En realidad ligarse a alguien o salir con alguien son expresiones modernas con connotaciones modernas que no estoy seguro de que terminen de encajar con las ceremonias de cortejo en la época en que mis abuelos fueron jóvenes. Mi iaia habla de “festejar”, que no sé cómo se diría en castellano pero no es ir de fiesta. Según el diccionario del Institut d’Estudis Catalans es entablar una relación amorosa con intención de casarse. Más concretamente, lo que hacían Salvi y Aurora cuando festejaban era pasear por las calles del barrio. Daban vueltas sin rumbo e intentaban pasar siempre por la iglesia pero solo entraban un momentito y volvían a salir.

Los padres del avi Salvi se llamaban Josep y María, como los padres de Jesús (Jesús el Cristo, no Jesús mi padre, me doy cuenta de que en esta historia la mitad de los nombres son raros y la otra mitad repetidos). De este Josep todavía sé menos cosas que de los otros Joseps, y de María no sé prácticamente nada, pero sé que eran una familia conservadora y de misa. En aquella época era normal ser conservador y de misa, cualquier familia de aquella época hubiese parecido conservadora en comparación con una familia actual y casi cualquier padre de cualquier novio que se hubiese echado la iaia Aurora hubiese parecido más conservador que el suyo, pero Josep el padre del avi Salvi estaba realmente en un percentil alto de conservadurismo. 

Cuando Salvi llegaba a casa después de pasear con Aurora, su Josep le preguntaba dónde habían estado y él respondía que “a misa”. Entonces su Josep iba a pillar y le preguntaba de qué color llevaba ese día la casulla el párroco. La casulla es una especie de poncho cuqui con bordaditos que se ponen los curas por encima sus otros ropajes. El avi Salvi estaba preparado y se sabía la respuesta porque precisamente para eso había entrado un momento en la iglesia con mi iaia, y esta es otra historia muy bonita que hemos oído bastantes veces en casa.

El Josep padre del avi Salvi pertenecía al Somatén, que era una organización parapolicial de inspiración medieval. El nombre venía del catalán Somatent, que a su vez venía de “so emetent”, de cuando el sonido que emitían las campanas de la iglesia era una Batseñal que alertaba a los lugareños para que fuesen corriendo a la plaza del pueblo a enfrentarse a algún enemigo. Era una tradición típica de la Catalunya rural que Primo de Rivera había tratado de extender a toda España con resultados desiguales, y ya imagino que, como todo, también tendría sus luces y sus sombras, pero la versión que me llega es que en la época de mi bisabuelo el Somatén tenía bastantes más sombras que luces y sus miembros ya no esperaban la llamada de ninguna campana: simplemente patrullaban las calles y si pillaban algún malhechor lo agarraban entre todos, lo llevaban al Turó de la Peira y le pegaban una paliza.

Lo de tomarle el pelo al padre haciendo como que iba a misa cuando iba a pasear con la churri quizá tenía más mérito de lo que creí la primera vez que escuché la historia de la casulla. Por otro lado, que de los genes de un miembro del Somatén pudiese salir alguien como el avi Salvi creo que es un signo inequívoco de que el Universo es un lugar maravilloso, de que el progreso existe y de que no debemos perder nunca la esperanza.

En todo caso, a los nietos de Salvi y Aurora nos pareció que hacían buena pareja y que su matrimonio funcionaba como un engranaje perfecto, pero sus respectivos padres no lo debieron de ver tan claro. Josep y Josep se llamaban igual pero no parecían destinados a ser los mejores amigos. Quizá los Rustullet y los Calpena podían haber sido los Montesco y los Capuleto, pero la opinión del anarquista Josep Rustullet contó ya poco, no haber desaparecido, y el criterio del devoto Josep Calpena se impuso: el amor entre Salvi y Aurora tenía que formalizarse por el rito católico, lo que hoy en día tampoco sería una gran complicación, una boda por la iglesia puede ser más sencilla y barata que la mayoría de bodas civiles, pero para mi iaia tuvo una complicación extra porque en aquella época era impensable casarse por la iglesia sin haber pasado antes por el ritual de bautizo, y, como mis padres con mi hermana y conmigo, Rosa y Josep habían pasado de bautizar a sus hijas. La situación era delicada pero no irremediable. El remedio consistió en un bautizo secreto y requirió el estudio de la Doctrina. En recompensa por su apoyo durante la guerra, Franco había concedido a la Iglesia Católica el control exclusivo de la educación en toda España y la turra fue tan inmensa y tan extensa que las generaciones posteriores de cualquier inclinación ideológica usan hoy día el verbo adoctrinar con connotaciones negativas, pero antaño ellos mismos llamaban Doctrina a lo que ahora llaman Catecismo. En todo caso, a mi iaia memorizar la Doctrina le gustó menos que lo de memorizar poemas primaverales sobre almendros en flor.

Puestos a organizar un bautizo secreto, bautizaron a las tres hermanas juntas, mi iaia se ríe cuando lo cuenta, parece que el ambiente fue entre tenso y divertido, como cuando te da la risa tonta en un funeral. Los sacerdotes implicados en la ceremonia intentaban ponerse serios y seguir paso a paso el ritual al que estaban acostumbrados pero era un ritual que estaban acostumbrados a llevar a cabo con bebés y ese día en el lugar de los bebés tenían a tres señoritas cuyas edades hacían que el tratarlas como bebés se hiciese raro. Camelia tenía 17 años, Hortensia 20 y Aurora 22, y se habían puesto sus mejores vestidos para la ceremonia. No se pudieron evitar las miraditas de complicidad entre entre bautizadas ni entre bautizadores ni entre ambos, y las muecas que ponían unas y otros al intentar permanecer serios e impasibles debieron de darles más ganas de reír que si de buenas a primeras hubiesen reído un poco. Otras historias de mis abuelos las podría filmar Spielberg, Almodóvar, Tarantino o Berlanga, pero esta me la imagino con un toque Sorrentino. Y qué loca nos parece la idea de que la gente mayor antaño fuese joven y sexi, supongo que aceptar esta posibilidad viene de la mano de aceptar que incluso los más jóvenes y sexis de nosotros seremos también ancianos a la que nos despistemos. En todo caso, esto que hoy suena bastante inocente, en aquel momento fue alto secreto. Ahora lo puedo poner por escrito porque ya ha prescrito todo y los tiempos han cambiado, pero en aquel momento no lo supo casi nadie. Josep Calpena se fue a la tumba sin saber que su hijo se había casado con una mujer que había sido bautizada más tarde de lo normal.

Y ahora es bastante habitual ir un poco de flor en flor antes de centrarse y aparearse de por vida pero hace dos o tres generaciones lo habitual era aparearse de por vida con la primera flor que uno encontraba. Igual que estaban mal vistos los bautizos tardíos, estaban mal vistas las relaciones prematrimoniales, y, para complicarlo todo, el divorcio fue ilegal hasta 1981 (con un paréntesis republicano de legalidad entre 1932 y 1939). Casarse era una apuesta arriesgada pero si te salía bien te ahorrabas un montón de tiempo y de cavilaciones, y creo que eso es lo que les pasó a Aurora y Salvi. Él, al menos, nunca se quejó del matrimonio delante de sus nietos, aunque también es verdad que tenía una personalidad de acero y que no lo recuerdo quejándose ni cuando tuvo un cólico nefrítico. Y ella, que sí que es más de encontrar pegas a las cosas, al avi Salvi solo le podía echar en cara que era demasiado bueno y que se lo tomaba todo demasiado a broma.

Otra cosa que era habitual antaño era que la mujer trabajase en casa y el hombre fuera de casa y no entraremos a valorar aquí si el reparto resultaba muy equitativo de buen principio, pero luego el hombre se jubilaba y la mujer no, y la mujer tendía a seguir encargándose del trabajo de casa por inercia y porque el hombre no había llegado a aprenderlo nunca, y el hombre tendía a disfrutar del descanso del guerrero leyendo el periódico y viendo la tele. Pero esto era solo la tendencia general y mis abuelos maternos no se encajaron del todo en los arquetipos. La iaia Aurora siempre ha sido currante y abnegada y cuando no tenía trabajo se lo inventaba, pero el avi Salvi igual o más. Uno de los atuendos típicos del avi Salvi era el delantal de cocina y, de los dos, el que tenía más interés por el prensa, los noticiarios y los debates políticos de la tele era la iaia Aurora, aunque también es verdad que con el tiempo ese interés lo fue perdiendo.

Hubo épocas en que mi iaia encadenaba un noticiario tras otro, porque no explicaban las noticias igual en los diferentes canales y en algunos no lo explicaban todo y viendo varios noticiarios se enteraba mejor de las cosas y tenía una visión más global de lo que estaba pasando. De niño yo alucinaba de que se supiese los nombres de todos los ministros. Le preguntaba por una cartera ministerial y ella me decía un nombre y un apellido. Me podría haber tomado el pelo porque yo no me sabía ninguno, pero no creo que me tomase el pelo. Seguía la política con el interés que la mayoría de personas reservan para el fútbol y en su casa se era socialista como en otras casas se era del Barça. Creo que casi toda mi familia confió en el PSOE en los momentos en los que el PSOE parecía un bastión de progresía frente al PP, pero mi yaya quizá estaba más implicada porque había seguido las aventuras del socialismo español desde prácticamente el principio. Bueno, desde el principio del PSOE no, que mi abuela es más joven que el PSOE, pero quizá sí desde el principio de la democracia, que de esto tampoco hace tanto, a mi iaia no la dejaron votar hasta que tuvo 51 años.

Al principio de la Guerra Civil el partido socialista era un partido de izquierdas, republicano y hasta un poco anticlerical. Así como hay partidos que se cambian el nombre y siguen siendo la misma mierda, el PSOE se sigue llamando igual que cuando se fundó en 1879 pero ha ido cambiando por dentro. En cuanto la dejaron votar, mi iaia votó a Felipe González, y lo votó con entusiasmo. Mi iaia, más que socialista, era felipista. Creyó en Felipe González como tantos otros españoles creyeron en Felipe González en aquella época, porque había muchas ganas de cambios y muchas esperanzas de mejoras concretas y de mejoras inconcretas y la tele y los periódicos convirtieron al futuro consejero de Gas Natural en el receptáculo perfecto para todos esos anhelos. La iaia Aurora se refería a él con el cariñoso apelativo de Felipín y lo recuerda hasta físicamente atractivo. Dice que “nos salió rana” pero durante años lo acompañó, de decepción en decepción hasta el desengaño final. Así como otras abuelas se centraban en los culebrones, la mía lo que devoraba con más ilusión eran las tertulias políticas mañaneras. Pero las tertulias políticas mañaneras, como el PSOE, El País y Albert Boadella, fueron reptando hacia la derecha. No sé si perdieron a mi iaia en algún momento concreto o si su desencanto también fue algo gradual pero, sin lugar a dudas, hubo un punto de inflexión cuando María Teresa Campos dejó de presentar el programa Día a día en Telecinco y empezó un programa en Antena 3 que se llamaba Cada día y se emitía en la misma franja horaria y era prácticamente igual que el programa Día a día en muchos aspectos excepto en el plantel de tertulianos, que eran más nazis. La paciencia y la ilusión de mi abuela tenían un límite y creo que ese límite se rebasó en 2004. 

Supongo que, de todas las traiciones del PSOE, cada español progresista tendrá una que sienta como especialmente dolorosa, quizá lo de la OTAN, quizá lo del GAL, quizá las privatizaciones, la reconversión industrial, las ETT, los pactos de la Moncloa, la ley Corcuera, la burbuja inmobiliaria, la amnistía fiscal, los indultos, la ley Sinde, el rescate a los bancos, la reforma exprés de la Constitución, la ley Mordaza, la brutalidad policial, la corrupción generalizada o el apoyo incondicional a la monarquía, pero para mí la peor traición no fue ninguna traición concreta sino la traición global de haberle roto el corazón a mi abuela y a tantos otros supervivientes de la Guerra Civil que habían depositado sus esperanzas en el socialismo.

Ella, que antaño disfrutaba encadenando tertulias y telediarios, ahora está encerrada en casa y no quiere ni poner la tele porque no dan nunca nada bueno. Echa mucho de menos al avi Salvi. Al menos si estuviese el avi Salvi podrían conversar y hacerse compañía. Toda la familia la llama a menudo, pero no es lo mismo. Se está leyendo una biografía de Marlene Dietrich que le regaló el tío Jordi y también está un poco decepcionada con ella porque estaba convencida de que Dietrich había sido amante de Hitler y tenía mucha curiosidad por cómo había ido eso y resulta que no, que fue amante de muchísimos hombres pero de Hitler no.

Cuando vivía el avi Salvi gustaban de pasear juntos y, cuando murió el avi Salvi se resignó a pasear sola, y, aunque ya no era lo mismo, le gustaba igualmente, cada día podía pasarse andando más de tres horas, le pregunto a dónde iba y no sabe qué responder, a ningún sitio, andaba por las calles. Un día me la encontré por Can Dragó, que ya está un poco lejos de su casa pero me dijo que eso no era nada, que venía de más lejos. 

Pero hasta el placer de pasear le fue arrebatado incluso antes de la pandemia. A medida que pasaban los años cada vez se quedaba antes sin aire y tenía que pararse más a menudo y sentarse en un banco a recuperar el aliento. Antes de que la pandemia la encerrase en casa, ya andaba lo justo de un banco hasta el siguiente y, por lo que cuenta, cuando se sentaba en un banco tendían a sentarse a su lado otras personas mayores y le daban conversación. Cuando era joven y guapa eso debía de tener unas connotaciones, pero a su edad no tantas, a su edad hay mucha gente falta de conversación a la que le sienta bien simplemente sentarse y hablar un poco con una abuela desconocida, pero a mi iaia no le hace mucha gracia que los viejos le den conversación porque considera que los viejos siempre están hablando de enfermedades y de muertes y que bastante tiene ella con lo suyo.  

El avi Salvi era más sociable. Desde que murió no tanto pero cuando vivía todo el mundo lo saludaba y todo el mundo lo conocía y todo el mundo le contaba su vida y él lo llevaba bien. Aparte de los placeres intrínsecos de los saludos y las conversaciones cordiales con vecinos y transeúntes, esa cordialidad dio otro fruto inesperado un día que un abuelo le dio conversación, y, aparte de las enfermedades y la muerte, salieron a relucir sus hazañas de los años 30 y resultó que ambos habían formado parte de la Guardia de Asalto de la República y el otro abuelo le contó a mi abuelo que la Guardia de Asalto de la República había desaparecido como había desaparecido la propia República pero que a ellos nunca nadie los había dado de baja oficialmente y que, por tanto, seguían siendo guardias de asalto. Que quizá mi abuelo ya no estaba en edad de servir a un cuerpo policial que de todas formas ya no existía pero sí en edad de cobrar la pensión correspondiente. La gente mayor cuenta cosas muy raras, mi abuelo le dijo sí sí y seguramente le puso la cara que ponen la mayoría de mis familiares cuando alguno de ellos cuenta alguna de las historias raras que recoge este texto. Aún sin creérselo, lo comentó en casa como curiosidad. Su hijo Jordi quizá tampoco terminó de creérselo pero, por si acaso, investigó un poco y encontró los papeles que habría que rellenar y entre todos los rellenaron y a mi abuelo un día de repente le reconocieron sus heroicidades de juventud y no se las reconocieron con una medalla sino con dinero, que es mejor porque puedes cambiarlo por productos en el supermercado, y no solo cobró la pensión de jubilación de la Guardia de Asalto a partir de aquel momento sino que también le pagaron retrospectivamente la de todos los meses que no había cobrado porque ni se le había pasado por la cabeza que fuese posible cobrar una pensión por eso. No le tocó nunca el premio gordo de los ciegos, pero le tocó esto que también estuvo bastante bien. 

El abuelo que le dio el chivatazo al avi Salvi no iba a caballo pero a lo mejor era el mismo espíritu sobrenatural que se le había aparecido a Josep Rustullet Casademunt. Mi iaia no terminó de creérselo ni teniendo ya el dinero en la mano, había sido tan inesperado que temía que, igual que había venido, se fuese, temía que algún día algún funcionario recapacitase y decidiese que mi abuelo estaba cobrando algo que no merecía y se lo hiciesen devolver. Otras personas habrían presumido mucho, ella nunca quiso decírselo a nadie por si acaso. Cuando murió el avi Salvi, a ella le quedó una pensión con tres afluentes: lo que cotizó ella, la viudedad normal, la viudedad de la Guardia de Asalto y suma total da una cantidad correcta por los tiempos que corren pero, ojo, tampoco os flipeis, que no debe de llegar a los mil euros. “Aquí rics no, però mai hem pasat gana”. Por si acaso, mi iaia lo ingresa en diferentes entidades bancarias para disimular y anda con cuidado porque no te puedes fiar del dinero que cae del cielo.

Y, hablando de cosas que caen del cielo, Aurora y Salvi tuvieron tres hijos: Pilar, Margarita y Jordi. Margarita y Jordi son mis tíos y Pilar es mi madre y siempre la hemos llamado Pili. 

Las batallitas de mi madre sobre sus abuelos son todavía más asimétricas que las mías, y ella no tiene la excusa de la distancia física. De su abuelo paterno puede contar poca cosa porque murió en 1954, cuando ella tenía 2 años. De su abuela María recuerda que los acogió y los cuidó un día concreto de un año concreto, el 24 de diciembre de 1962, que fue especialmente memorable porque era Nochebuena y hubo una nevada mágica y copiosa: medio metro de nieve en una ciudad no acostumbrada a ver nieve ni en pintura, hay hasta fotos de jóvenes esquiando por las Ramblas. Las sobremesas de esa Nochebuena se alargaron más de lo previsto en muchos hogares. El resto de días la que estuvo siempre con ellos y se involucró a tope en el cuidado de los tres nietos fue la abuela materna, la aparentemente viuda yaya Rosa. De su abuelo materno mi madre no sabía nada y, como ni le había visto el pelo ni salía en las conversaciones, infirió que había muerto en la guerra. “És ara que es parla de les coses, abans no es parlava de les coses.”

Mi tío Jordi, el hermano pequeño de mi madre, sí que quiso hablar de las cosas pero, como era un niño pequeño, sus padres jugaron a un juego clásico al que juegan a veces los adultos ante preguntas incómodas: jugaron a tomarle el pelo. Le dijeron que su abuelo materno estaba en el Congo Belga. No me llega ninguna pista sobre por qué precisamente el Congo Belga, supongo que fue el primer sitio lejano que se les ocurrió. Ellos esquivaron el hablar de un tema del que preferían no hablar y puede que no le dieran más vueltas, pero mi tío, de natural una persona curiosa y que actualmente tiene la casa llena de libros de divulgación de todos los temas imaginables, creció con una curiosidad extra por un país africano seguramente elegido al azar. Le parecía un poco raro que su abuelo no mandase postales pero creció devorando toda la información sobre el Congo Belga que encontró y el Congo Belga era un país que daba bastante de sí, con abundantes riquezas naturales en forma de caucho, marfil, cobalto, cobre y diamantes, con tanta biodiversidad que en 1998 lo pusieron en una lista de países megadiversos y con una historia más convulsa que la española. La capital era Leopoldville, el idioma oficial era el francés, la moneda oficial era el franco congoleño. En 1960 dejó de existir como Congo Belga y se convirtió en la República Democrática del Congo y luego, entre 1971 y 1997 fue conocido como Zaire antes de volver a ser la República Democrática del Congo. A principios de los años 30 Hergé retrató desde dentro el paternalismo racista propio de la época colonial en su Tintín al Congo y definió la imagen de África que se formaría en las cabezas de millones de niños europeos durante décadas. En todo caso, en realidad Josep Rustullet no estaba ahí y a mi tío Jordi nadie le informó de que su abuelo desaparecido seguía en Europa hasta que ese abuelo murió, y, cuando se enteró, no le hizo puñetera gracia la bromita. 

No le consuela pensar que su hermana Pilar lo dio por muerto hasta el día que hizo su primera comunión. No es que ese día mi abuela considerase que mi madre era ya una niña grande a la que se le podía explicar todo, es que ese día apareció un hombre que mi madre no conocía de nada y le regaló un reloj.

Cuando alguien te regala un reloj, lo más probable es que lo haga con buena intención y que ese reloj sea un reloj bonito que, aparte de dar la hora, funcione también como símbolo de estatus, pero lo que suelen simbolizar los relojes en los cuadros es la fugacidad de la existencia humana. Morir tenemos, ya lo sabemos. Y el pobre Josep Rustullet no era la primera vez que trataba de ganarse el perdón de alguien regalando un reloj. Cuenta mi iaia Aurora que también le había regalado un reloj a ella, algunos años antes, y que, encima, en un intento todavía más optimista de modular cariños, le había dicho que ese reloj se lo daba de parte de la Pepa. Puede parecer una apuesta arriesgada, pero en cierto modo funcionó pues mi iaia sigue hablando de él como de una persona, pese a todo, bondadosa y extraordinaria. “Era molt bona persona, però arreglava lo de fora i descuidava lo de casa.” Quizá no fueron los relojes, quizá el cariño que sentía por él era todavía el cariño de antes de que se fuese.

Porque no lo he dicho todavía porque trataba de revivir un poco la estructura de misterio y silencios que emergió de todo este asunto, pero mi intención era que, sin haberlo expresado todavía en palabras, ya se leyese un poco entre líneas que lo que mi bisabuelo Josep Rustullet trataba de hacerse perdonar era el abandono de su mujer y sus tres hijas. Tras haberse ido dos veces a la guerra y haber vuelto ambas veces con vida, se había ido de casa una tercera vez: lo había dejado todo para irse con la pepa que había conocido en la guerra y ni siquiera había tenido el valor de despedirse en persona. La yaya Rosa despertó un mal día y en lugar de encontrar a su marido desayunando se encontró una carta en la que pedía que por favor ella y las niñas no le tuviesen odio. La pilló por sorpresa, ni ella ni las niñas se lo esperaban. 

Mi iaia Aurora no recuerda haber visto nunca a sus padres pelearse. A lo mejor ocasionalmente la yaya Rosa lo había chinchado un poco porque consideraba que el taller de mosaicos podría dar un poco más de sí si en lugar de mosaicos fabricase alguna otra cosa con más demanda, pero solo ocasionalmente y sin llegar al punto que alguien pudiese sospechar que se iría de casa. Era otra época, irse de casa de repente no estaba en el espacio dimensional de lo imaginable ni siquiera en hogares en los que las discusiones sí que fuesen habituales. Aparte de inimaginable, el divorcio en aquella época era ilegal y abandonar el hogar sin divorcio supongo que también. Pero, como con todo en aquella época, había una asimetría respecto a las consecuencias que había que afrontar según cuál de los dos cónyuges era el que abandonaba al otro. Si se iba el esposo, el procedimiento habitual era callarse, avergonzarse y dejar que la gente te tomase por viuda. Si hubiese sido la yaya Rosa la que hubiese abandonado a Josep por otro hombre, mi bisabuelo podría haberla denunciado por adulterio y abandono del hogar y mi bisabuela podría haberse enfrentado a penas de hasta seis años de cárcel, pero lo comento solo como curiosidad histórica, no hay ningún indicio de que la yaya Rosa hubiese sido capaz de abandonar nunca a nadie.

Y luego, una noche a horas intempestivas, sonó el picaporte en casa de mi bisabuela. A lo mejor era una noche normal pero la imagino, por supuesto, oscura y tormentosa. Abrieron la puerta y resultó que esa noche era la propia Pepa la que suplicaba perdón. Mi iaia Aurora me dice que eso a lo mejor no vale la pena que lo ponga porque es muy ridículo, pero creo que sí que vale la pena porque añade una capa más de complejidad y confusión y es una de las pocas pistas que tenemos de que la mala de la película también tenía sentimientos. Cuesta imaginar qué se le pasaba por la cabeza, qué quería, para qué ir a hurgar. Como de tantas otras anécdotas, nos llegan solo algunos pedacitos del calidoscopio y seguramente nos falta alguna pieza de información importante para entender las motivaciones de los personajes. Mi yaya tampoco sabe qué se le pasaba por la cabeza a la amante de su padre pero sí que puede asegurar que el pitote de gritos y lloros que se montó fue de un nivel de decibelios tal que los vecinos llamaron a la Guardia Civil y la Guardia Civil se llevó a la Pepa y tuvo que ir Josep Rustullet el Abogado de los Pobres a ejercitar a tope su labia y su poder de persuasión para que la soltasen.

Y parecía que el culebrón no daba más de sí, que el hecho de que el muerto no estuviese muerto y quisiese recuperar el amor de la familia que había abandonado ya era bastante historia, y quizá podría quedar una película chula de Almodóvar con esa escena final de la Guardia Civil llevándose a la Pepa una noche que solo quería disculparse, pero ese Almodóvar se hubiese quedado corto. Un día mi iaia Aurora estaba en el hospital por alguna dolencia relativamente leve, no sé si era algo de las cataratas o algo así, y sus tres hijos tenían cada uno un compromiso y durante unas horas la iaia iba a estar sola y mi madre me dijo si podía ir yo a hacerle compañía un rato y para allí que fui, puntualísimo como mi iaia me había enseñado. Durante más de treinta años los mimos y cuidados habían sido prácticamente unidireccionales, una oportunidad como esa de equilibrar un poco la balanza no podía desaprovecharse. Y en esa habitación de hospital no había nada que hacer excepto charlar un poco y de repente salieron a la luz algunos detalles rocambolescos.

Josep Rustullet no solo ofrecía relojes y disculpas vacías de vez en cuando, un día se arrepintió en serio de haberse ido, pidió perdón y volvió con su mujer y sus hijas. 

Ese giro de guion no se lo esperaba nadie y, de ser esto una comedia romántica, el momento de terminarla sería ahora, por todo lo alto, pero ese giro de guion era solo preludio del siguiente, todavía más inverosímil: Josep Rustullet volvió a cambiar de opinión y volvió a abandonar a su mujer y sus hijas. El proverbial giro de 360º.

Antes de adelantar lo que pasó luego, rebobinemos un poco para asegurarnos de que nadie se ha perdido: el tío se fue a la guerra y volvió y se volvió a ir a la guerra y luego volvió a casa y luego abandonó a su familia y luego volvió a casa y luego volvió a abandonar a su familia. Y la segunda vez que abandonó a su familia, bueno, no os vais a creer lo que pasó la segunda vez que abandonó a su familia, si esto fuese ficción habría que simplificarlo un poco para que fuese verosímil pero se trata de una historia que trato de reproducir tal y como me la contó mi iaia y no me queda otro remedio que seleccionar texto, copiar y pegar, porque Josep Rustullet volvió a arrepentirse de haberse ido, volvió a pedir perdón y volvió a regresar con su mujer y sus hijas y luego, y a estas alturas supongo que se había perdido un poco el efecto sorpresa, volvió a cambiar de opinión y volvió, otra vez, a abandonar a su mujer y sus hijas.

Si alguien ha perdido la cuenta, no le juzgo, yo en la habitación de hospital en la que mi iaia me contó esta historia por primera vez también tuve problemas para aclarar si me la estaba narrando en círculos porque todavía le duraba el subidón de la anestesia o si mi bisabuelo había realmente abandonado a mi bisabuela muchas veces.

Sé que, desde un punto de vista narrativo, todo drama que se repite más de dos veces pierde fuerza como drama y adquiere toques cómicos, y podéis reiros todo lo que queráis desde la distancia, pero luego intentad poneros un momento en la piel de mi bisabuela o de mi abuela. O, si podéis, poneos también un momento en la piel de Josep, el líder anarquista, el abogado de los pobres, el hombre bueno, leído, el anarquista que salvaba monjas, paraba desahucios y construía refugios, dando tumbos adelante y atrás, destrozando vidas, con el corazón hecho trizas y la cabeza llena de deja-vús y remordimientos. Al menos se hubiese ido con pepas diferentes en lugar de moverse en círculos. Le digo a mi iaia que a lo mejor estaba enamorado, mi iaia me dice que eso no era amor, que la Pepa le tenía comida la cabeza. En algunos diccionarios eso también contaría como amor, aunque fuese un amor malsano.

Después de abandonar a su mujer y sus hijas por tercera vez, no volvió.  

Y no hay indicios de que, si hubiese vuelto, no le hubiesen vuelto a perdonar.

Admito la posibilidad de que en el matrimonio de Rosa y Josep no fuese tan idílico como lo recuerda mi iaia Aurora, eso que se hacía antaño de casarse sin haber ido primero un poco de flor en flor tenía sus peligros, y no quiero tampoco descartar del todo la posibilidad de que mi bisabuelo tuviese algún otro secreto que lo redimiese, algún secreto importante del que no sabremos nunca nada, quizá algo gordo. A lo mejor algún día se descubre un documento clasificado que dice que la Pepa y él eran espías internacionales y que fue la persecución de alguna causa noble y digna lo que le obligó a sacrificar una vida conyugal apacible con una familia que le quería. A lo mejor su versión daría para una película con Humphrey Bogart o para una novela de John le Carré, pero no tenemos su versión, y, en la versión de mi iaia, cuantos más detalles se incluyen más desastroso parece el personaje.

Normalmente, cuando se iba de casa o volvía a casa, Josep Rustullet llevaba todas sus cosas en un maletón, pero, una de las veces que hizo el trayecto de casa de la Pepa a casa de la yaya Rosa, lo hizo sin nada, con lo puesto, y recordad que estábamos en la posguerra, la gente tenía menos cosas por aquel entonces y era todo más valioso, pero o no se atrevió a ir a buscar sus pertenencias o la yaya Rosa no le dejó. Tuvo que ir a buscarlas la tía Hortensia, que imagino que todavía era una niña, y se comió ella el dramón, los gritos y los lloros. La Pepa, enfadadísima, desesperadísima, se aferraba a las prendas de ropa de su amante, especialmente a un abrigo, y al final de un forcejeo le lanzó a Hortensia unas proféticas palabras que mi iaia todavía recuerda con amargura: “Tú te llevarás el abrigo, pero yo me llevaré a tu padre”.

Si me lee alguna productora de culebrones y quiere contactar conmigo por lo que sea, mi correo es listocomics@gmail.com.

No sé detalles de cómo ni cuándo murió Josep Rustullet, no llegó a la pandemia pero tampoco murió en la guerra ni en ninguna colonia belga, y dice mi iaia que, cuando mi bisabuelo murió, la Pepa enseguida se fue con otro hombre, pero, en otro de aquellos giros tan característicos de la Pepa, ella también murió al cabo de pocos meses, como tantas parejas de personas mayores que, al morir el primero, muere el segundo poco tiempo después, como si su corazón ya no supiese latir sin coordinarse con los latidos del otro. Y me gustaría tener mejores desenlaces que ofreceros, terminar estas historias con algún que otro final feliz pero tampoco quiero inventarme cosas y los finales de las vidas de la gente real no suelen ser una fiesta. La yaya Rosa aguantó muchos años más que su rival y su marido, y pudo conocer nietos y bisnietos, pero sus últimos días ya os he contado que fueron un infierno, la muerte se la llevó lentamente y su final casi podría considerarse un alivio después de casi un año postrada en la cama sin poder moverse ni hablar. El yayo Urbano y el avi Salvi se fueron de manera relativamente rápida e indolora. En la residencia en la que está todavía encerrada la yaya Leonor la pandemia infectó 37 personas y mató a 13 de ellas, según los últimos números que me llegaron, que interpreto siempre como estimaciones a la baja, pero ella está viva y está relativamente bien. Y la iaia Aurora, en su entresuelo, igual, encerrada, sola y aburrida pero viva y relativamente bien. Sin llegar a perderle el respeto al virus, empezamos a tener indicios de que ni siquiera una pandemia mundial podrá con ellas. 

Y los políticos que desmantelaron la sanidad pública para rescatar entidades financieras marean la perdiz con chorradas y ponen a soldaditos a dar discursos por la tele y se llenan la boca de metáforas bélicas y dan no pocas ganas de arrancarles el bigote con unas tenazas pero, joder, mejor esto que una guerra. 

Decíamos antes que no moría tanta gente desde la Guerra Civil y no era mentira pero era muy engañoso porque lo mismo podría haberse dicho aunque no hubiese habido pandemia. Con coronavirus o sin coronavirus, cada año muere más gente que el año anterior porque cada año hay más gente viva. Aquí desde los años 30 del siglo pasado se ha disparado la cantidad de vida, la calidad de vida y la esperanza de vida, y supongo que también esto se lo debemos al trabajo y a las luchas de nuestros abuelos y de nuestros padres. Lo de construir un mundo mejor es un cliché pero ellos lo lograron, cada uno intentándolo a su manera y muchos de ellos dándolo todo por utopías contrapuestas. Ya les hubiese gustado nacer cincuenta o cien años más tarde y encontrarse el mundo que nos legaron a nosotros. A parte de los obvios milagros de la industrialización y de las TIC están todos los avances sociales que hacen parecer extrañas historias antaño cotidianas. Los tabús de mis abuelas ahora parecen de risa, y los jóvenes se inventan nuevos tabús a capazos pero son tabús blanditos que no dan ni la mitad de miedo que los de antaño. Y sigue habiendo dos o más Españas y sigue habiendo banderas y odio y fascismo pero hemos substituido la violencia física por violencia psicológica y propaganda y esto también es progreso. Que no digo tampoco que nos tengamos que relajar, ojo, nos quedan muchas cosas por arreglar y cuando termine el follón de la pandemia quizá tendríamos que intentar ponernos en serio con el otro folllón gordo que es el del cambio climático, pero nuestros abuelos partieron de una España todavía más imbécil y subdesarrollada y nos llevaron hasta aquí y es de bien nacidos ser agradecidos.

Y se nos van muriendo y algunos de formas muy tristes y los no creyentes en movidas ultraterrenales no podemos agarrarnos a la idea de que la muerte no es el final pero podemos agarrarnos a la de que la muerte es solo el final. Quizá damos a los finales un peso desproporcionado en nuestras valoraciones de trayectorias vitales, a lo mejor el final es solo otro momento que no tiene por qué tener más importancia que cualquier otro de los momentos de una vida, a lo mejor hay que compaginar la prudencia con el carpe diem, el hakuna matata y el que nos quiten lo bailao. Me gusta pensar que la yaya Rosa, aunque sufrió un montón por la guerra, los abandonos y las embolias, quizá en cierto modo lo pudo compensar un poco con las risas de cuando nos hacía reír a mi hermana y a mí y con todos los momentos buenos de saber que sus hijas, nietos y bisnietos la querían, y con todos sus otros momentos buenos de los que no llegué a saber nada. Y también me gusta pensar que Josep Rustullet, aún con todos los remordimientos de haber abandonado esposa e hijas, pudo ser un poco feliz con su Pepa o al menos pudo refugiarse a veces en la satisfacción de haber parado un desahucio y salvado la vida de unas monjas y de todos los que se refugiaron en su refugio de las Casas Baratas. Y el avi Salvi tuvo muchos momentos felices seguro porque se le veía feliz hasta mirando un sello y yo de mayor quiero ser como él. Y el yayo Urbano, aún conociendo menos su historia, supongo que, dentro de lo que cabe, tampoco se puede quejar, que no en vano mi padre nos metía a todos en el coche de vez en cuando para recorrer esos 150 km y esos océanos de disenso político. Y los que seguimos vivos, joder, seguimos vivos, y no diremos que no podemos quejarnos porque podemos quejarnos para detectar, compartir y, con un poco de suerte, intentar arreglar los motivos de queja, pero también podemos celebrar todo lo celebrable. Este año nos perdemos la comilona familiar de Pascua, pero es la primera vez que sucede y confiamos resarcirnos en la del año que viene.