El humor parece algo muy bonito, sobre todo visto de lejos, pero tiene un lado oscuro, un puntito malrollero de crueldad y agresión. Ya los niños, antes de que los adultos los domen y les enseñen a vivir en armonía, suelen manifestar su crueldad innata riéndose los unos de los otros. El humor más primitivo es puro slapstick, es decir, voyeurismo sádico, el goce de ver a alguien que no eres tú estrellarse con el patinete contra una farola. Y las patadas en la entrepierna pueden resultar dolorosas para la persona que las recibe, pero observadores con más distancia crítica suelen considerarlas un recurso humorístico de primer orden.

A veces, no siempre, maduramos y nuestro humor se vuelve más sofisticado: ya no nos reímos sólo de las víctimas de la violencia, sino también de los equívocos, las pifias, la incomodidad, los miedos, las situaciones vergonzosas. La agresión, en este caso, es mucho más sutil. Tiene la sutileza de las torturas psicológicas, que pueden inflingirse dejando menos huellas exteriores que la tortura clásica y permiten al torturador irse a casa sin la camisa llena de pegotes de sangre seca.

Pero bueno, el humor de las Crónicas PSN es lo que los listillos llaman un “humor de personajes”: Tú lees tu primera tira al azar, la que sea, y quizá te quedas igual, pero, como dice el autor, si te lees 50 seguramente te entrarán ganas de leerte otra. Antes de disfrutar de este tipo de humor hay que hacerse amigo de los protagonistas, conocerlos, saber de qué pie cojean, para, una vez conocidos, poder reírte de ellos (no con ellos, que dirían los cursis.)

La crueldad del humor de personajes es el equivalente de la del tormento de la gota china: estigmatiza poco a poco, sin abruptos coscorrones. Día a día la caricatura va tomando forma, los defectos van haciéndose más obvios, y el lector puede recrearse en el placer que produce detectar pautas de comportamiento, saber que tal personaje es un cachondo y se comportará como un cachondo, que tal otro es gruñón y se comportará como un gruñón, etcétera.

Y nadie se atreverá a negar que la agresión del humor es la mejor de todas las agresiones posibles. Cualquier persona sensata preferirá que se rían de ella a que le rompan los dientes con un garrote de ésos que ponen en las paredes de las tascas castizas; pero, aun así, hay que andarse con cuidado de hacia quién dirigimos esa agresión.

Dirigirla hacia los pringados es inmoral, es lo que hacía el Cárdenas cuando se reía de esos frikis de la tele, pobrecicos, que la mayoría eran discapacitados mentales más dignos de compasión que de ninguna otra cosa. Qué cabrón, ojalá le pille una moto.

En cambio, si diriges tus burlas hacia arriba, hacia los poderosos, tu crueldad queda teñida de nobleza y valentía, y siempre encontrarás gente dispuesta a aplaudir bromas sobre jefes y curas y políticos y lobbies de editores, aunque tus chistes sean flojos, porque reírse del poder ayuda a sublimar nuestras ansias de revolución.

El camino de Palomino, sin embargo, parece que pasa por reírse de uno mismo. Mmmh. Podría argumentarse que es un camino cobarde y comodón. También podría argumentarse que es el más valiente y honesto de todos los caminos. Supongo que depende de cómo sean de virulentos los demonios internos que habitan el corazón de cada cual. En el caso de Palomino, vete tú a saber, quizá con el tiempo lo iremos conociendo más y más y lograremos comprender toda la complejidad de sus mecanismos creativos y toda la profundidad de los dolores internos asociados al nacimiento de su autocaricatura, pero, a simple vista, ésta parece surgir de un parto sin dolor, un parto alegre, espontáneo, habiendo dilatado todo lo que había que dilatar. El tío se retrata vago, inocentón, crédulo, consumista, pijo y calzonazos. Y lo lleva muy bien, con mucha dignidad.

Yo le recomiendo que se invente personajes de ficción, para poder meter más caña y ser más cruel con ellos, que todos los personajes de ficción llevan cosas de sus autores pero la libertad para putearlos y hacerles vivir cosas raras es mayor, pero no me hace ni caso. Dice que contando su vida y la de sus amigotes le va bien, que nunca se queda sin ideas porque no le es necesario tener ideas, sólo cuenta las cosas como son.

Yo no sé si tendría los huevos tan grandes. Porque pasa que esto que los yankis llaman “self-deprecating humor” tiene su glamour, pero no puedes hacer un cómic de un solo personaje. Ese personaje necesita otros para interactuar. Y ahí aparecen, dentro o fuera de plano, sus amigotes y sus personas más queridas, algunos de los cuales se comen el protagonismo del prota en todas las viñetas en las que aparecen. Hay uno egocéntrico y enamoradizo… Otro que es cínico y retorcido… Otro que se atiborra de jamón y dice ser vegetariano… Un supersalido alérgico al trabajo que, no podía ser de otra forma, se gana la vida como profesor de instituto… Un tozudo e irascible anarquista con una camiseta de He-Man… Y, a pesar de sus defectos, se hacen querer.

Palomino lleva 500 tiras y tres libros riéndose de ellos y no dispongo del espacio necesario para enumerar sus virtudes como guionista, dibujante y monologuista, pero quería compartir mi teoría de que sus amigos (y su señora) tienen que ser, por narices, muy buena gente. Al menos, en el momento de escribir estas líneas, todavía no le han partido la cara.

(Este rollo aparece como prólogo en el libro de Crónicas PSN 3: Orgullo friki, de Andrés Palomino, y hoy os lo pongo aquí a ver si cuela como cómic en prosa.)

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