Cuando Abel Álvarez me pidió que escribiese un prólogo para su libro, me sentí halagado pero le confesé que quizá no era yo la persona adecuada para hacerlo, ya que tengo unos gustos muy sofisticados y leo menos cómics que Vicente Molina Foix. Pero Abel insistió, me llamó “tronco” y me dijo que no podía decir que no ahora que ya me había invitado a cenar.

Debí haberlo sospechado. Esa cena con la que Abel me acababa de obsequiar no me iba a salir gratis. Era una cena envenenada (metafóricamente hablando, espero)

– La carne no estaba precisamente en su punto -dije yo, intentando escaquearme.

Entonces relampagueó y la cara de Abel se iluminó de un modo siniestro y un escalofrío recorrió mi espalda. Abel me confesó que no había tenido tiempo de conseguir carne fresca, que con las prisas no le había quedado otro remedio que ir a buscar algo al cementerio de la parte de atrás de la finca y que no sabía que yo fuese tan quisquilloso.

Volvió a relampaguear e intenté darme prisa para que lo que se iluminase en mi rostro fuese una expresión de escepticismo, pero seguramente me pasó como con las fotos, que siempre salgo con los ojos cerrados.

No sabía qué decir. Se me estaba pasando por la cabeza que el hecho de que los caballos se encabritasen al llegar a la puerta de la mansión victoriana en la que vive Abel quizá no había sido un buen presagio. Y el cuervo que se posó en su hombro y empezó a susurrarle cosas al oído tampoco tenía muy buena pinta.

Notaba cierto mosqueo creciendo en mi interior. Os juro que no es verdad que yo sea quisquilloso, lo que pasa es que todo el mundo sabe que en casa de Abel se suele comer carne fresca. De hecho, desde el pueblo de al lado se oye los gritos de la docena de adolescentes que tiene encerradas en el sótano.

Pero cuando se lo dije, frunció el ceño y me insinuó que estaba enamorado de verdad, de todas ellas, de todas, de las que todavía estaban vivas, de las que ya estaban muertas y de las que habían llegado a un tercer estado difícil de entender para los ceporros como yo, y que no pensaba compartirlas, y, de repente, en un enternecedor cambio de registro de esos que hacen que los psicópatas resulten tan entrañables, mi anfitrión se puso a llorar a moco tendido y me suplicó que le escribiese el prólogo, porque, honestamente, no quería verse obligado a recurrir a la violencia para persuadirme.

Por supuesto, accedí a escribirlo y le dije que se lo mandaría en un par de semanas. Me dijo que no, que lo escribiese ya. Le exigí un poco de tiempo para releer su obra y poder prologarla con más conocimiento de causa.

Y a partir de ese momento todo se vuelve confuso. ¿Quizá había bebido demasiado? Sólo recuerdo que unos tentáculos gelatinosos me agarraron por la espalda y me inmovilizaron mientras Abel me metía unas pinzas en los ojos para que no pudiese cerrarlos, como el chavalillo ese de las naranjas mecánicas, y un mayordomo enanito y jorobado puso ante mi un ordenador portátil en cuya pantalla desfilaban oscuras imágenes de un tebeo protagonizado por una tía buena, una niña zombi y un libro parlante que comparten piso y viven las típicas escenas de sitcom con sexo, violencia, invasiones extraterrestres, canibalismo y humor irreverente.

Estaba claro que Abel era un artista con poca imaginación y que, como tantos otros webcomiqueros, sacaba las ideas de sus propias anécdotas cotidianas.

– Otro slice of life -dije-. ¿Acaso crees que el mundo necesita otro slice of life?

Entonces Abel agarró un cuchillo cebollero y cortó algunas rebanadas de cierta parte de mi anatomía que prefiero no concretar para evitar el cachondeíto y que, por cierto, confío que vuelva a crecer como los rabos de las lagartijas, y se las metió en la boca y las masticó lentamente. La sangre goteaba por las comisuras de sus labios.

– El mundo no necesita otro slice of life -dijo- pero yo sí.

Los que sepan inglés, fíjense en el elegante juego de palabras.

Luego me echó vinagre en la herida, para desinfectar, y agarró un martillo y me rompió las rodillas para que no pudiese volver a caminar.

Ahora vivo en su sótano, pero me ha prometido que cuando termine el prólogo llamará a un taxi y dejará que me vaya.

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