Estuve un año y poco trabajando para un periódico importante. Todo el mundo lo conocía. Me daba muchos puntos extra en las fiestas. Cuando las chicas me preguntaban si estudiaba o trabajaba, yo decía que por las mañanas me dedicaba a la docencia pero que también hacía de viñetista para el 20 minutos. No os podéis hacer una idea de lo que se liga con estas cosas.
“¿Eres uno que dibuja así como muy sencillo pero con gracia?”, solían preguntarme.
“Ése soy”, respondía sin atender a la posibilidad de que me estuviesen confundiendo con el crack que dibuja lo del Cuttlas.
“¿Me haces un dibujo en una servilleta?”
“Uy no, es que aquí no tengo los rotuladores adecuados, pero si subes un momentito a mi cuarto igual podemos arreglar algo”. Etcétera.
El otro aspecto gratificante de trabajar para 20 minutos fue el placer de poder compartir mis chorradas con sus “9.600.000 usuarios únicos mensuales”. No los conté yo, fue lo que me dijeron al contratarme, y yo apostaría una pierna a que eran bastantes menos, pero igualmente molaba. Y también moló que me dejaron publicar algunas cosillas con mensajes un poco alejados de los que suelen encontrarse en los chistes de prensa. Había oído decir que en muchos medios de comunicación de masas era imposible cachondearse de las marcas comerciales, pedir la República, bromear sobre gangbangs o proponer el bombardeo de paraísos fiscales. Los cracks del 20 minutos demostraron que estos temas no eran tabú para ellos, y esto les honra.

Sin embargo, fue empezar a colaborar con 20 minutos y los más antisistema de entre los lectores habituales ya me acusaban de haberme vendido al Gran Capital.
Se ve que más de uno consideraba al Listo como un icono underground o contracultural o algo así, y el hecho de publicar en un medio importante les parecía una traición.
Menuda confusión más tonta. Les tuve que explicar que no, que el Listo no se vende. El Listo se regala. Precisamente como el 20 minutos, que llegó autoproclamándose “el primer diario que no se vende” y resultó que se refería a que lo daban gratis en metro.

Tras confesar que trabajaba gratis, los más preocupados por mi integridad artística dejaron de considerarme un vendido (hubo uno que incluso me dio una palmadita cordial en la nuca diciendo algo así como “Un gran negociante tampoco eres, ¿eh?”).

Pero, para qué engañarnos, ya me gustaría a mí que El Listo me generase ingresos, aunque esto supusiese traicionar a todos los que piensan que un algo no remunerado es algo más noble e independiente que algo remunerado.
Sin embargo, desde el principio el trato con 20 minutos fue que no me pagaban con dinero pero sí con promoción (“como seguro sabrás la cosa está mu malita. Lo que nos gustaría ofrecerte es nuestro bien más preciado: nuestra audiencia”). Iban a dar a conocer mis cosillas a sus 9.600.000 usuarios únicos mensuales, y, aunque se hubiesen entusiasmado poniendo los ceros, me parecía fantástico.

Pero los dilemas eticodeontológicos no terminaban aquí: el hecho de trabajar gratis calmaba los ánimos de los que se preocupaban por mi integridad artística pero ponía de los nervios a los que se preocupaban por mi dignidad particular y por la dignidad del oficio de humorista gráfico en general. Porque a parte de amigos cascarrabias y revolucionarios también tengo amigos que se dedican profesionalmente a los cómics, y casi todos los profesionales de los cómics parecen reprobar esta clase de tejemanejes.
Tuvieron la bondad de advertirme de que los que trabajamos gratis estamos dando a entender que nuestro trabajo no vale nada y no sólo dinamitamos así cualquier posibilidad de que alguien lo tome en serio, sino que además reventamos los precios y hacemos competencia desleal a los valientes que tratan de ganarse la vida dibujando.
Vamos, que no sólo me estaba puteando a mí mismo sino también a la competencia, menudo percal. Encima de ser un pringao, era un pringao con remordimientos.

Así pues, aprovecharé la presente para pedir disculpas a todos los compañeros del gremio, porque mi pecado viene de lejos: llevo más de 10 años dibujando por placer y mis garabatos han aparecido en más de 20 revistas y fanzines, en incontables páginas web, en media docena de exposiciones y en un recopilatorio en papel, y sólo en tres casos alguien ha creído conveniente pagar mis monigotes con dinero (benditos sean, por cierto, el Col·legi Oficial d’Educadores i Educadors Socials de Catalunya, el maestro JRMora y los cracks del TMEO). A los demás, desde el más humilde los fanzines al más presuntuoso de los periódicos serios, he estado encantadísimo de regalarles mis cosillas.
Os juro que no lo hago de mala fe. Me pesa estar reventando los precios y saboteando la profesión comiquera, pero confío que sea éste un microsabotaje de efectos poco devastadores. Que sí, que ya me gustaría a mí vivir de esto, pero por si acaso me saqué una carrera y me busqué un empleo de los de madrugar cada día. Mi trabajo de verdad es un poco coñazo, pero dibujo con la alegría y la paz interior que me da el no tener que depender económicamente de mis chistes, y esto me genera una sensación de libertad muy bonita.

Por otro lado, puedo ser un tío majísimo acostumbrado a mandar gratis sus viñetas a todo dios, pero a lo que no me acostumbré fue a reducir yo el tamaño de los archivos para que encajasen en una web que no era la mía y que tenía un diseño caprichoso. En lugar de mandarles las viñetas por mail o FTP, el protocolo en 20 minutos consistía en abrir una URL con el Firefox (con otros navegadores no, que se colgaba) e ir subiendo desde allí la viñeta “normal” (Ancho = mínimo: 200px máximo: 700px, Alto = mínimo: 120px máximo: 1000px. Peso máximo: 120KB), una miniatura mediana (Ancho = 379px, Alto = mínimo: 150px máximo: 400px. Peso máximo: 25KB) , y una miniatura pequeña (Ancho = 75px, Alto = 75px. Peso máximo: 3KB).
Lo de hacer tres archivos en tres tamaños diferentes era un coñazo, pero lo que más me partía el corazón era que la viñeta “normal” no pudiese tener más de 700 píxeles de ancho, porque algunas tiras tenía que reducirlas hasta que era incómodo leerlas. Y en el espacio que ganaban a los lados no ponían ninguna barra lateral ni nada. Lo ocupaban con un marco negro dentro de un marco gris.
Pensé que, por el mismo precio, ya podrían haber contratado también algún becario maquetador que hiciese las miniaturas y las pusiese en su sitio.

Pero bueno, soy un tipo duro, para conseguir el glamour y la fama y llegar a sus nueve millones de usuarios únicos mensuales estaba dispuesto a entregar cada chiste por triplicado o cuadriplicado si hiciese falta.

Incluso me presté a firmar un contrato en el que cedía mis derechos de reproducción, distribución y comunicación pública, garantizaba confidencialidad sobre el asunto incluso durante un año después de la finalización del contrato, y prometía no cederles derechos de reproducción y publicación de mis obras a Prisa, Vocento, Planeta u otros medios de comunicación online que pudiesen ser competencia directa de 20 minutos.

Yo no tengo ni idea de temas de RRHH, pero a simple vista me pareció divertido que pidiesen tantas cosas y que existiesen contratos no remunerados. Y también tenía su gracia estar en mi casa firmando un documento que empezaba diciendo “Reunidos en Madrid…” cuando no había ido a la capital del reino desde finales del siglo XX. Recuerdo que en aquella época en los alrededores del Museo del Prado los bocadillos de calamares se pagaban en pesetas porque todavía no existía el euro.

El caso es que bromeé sobre el contrato por el Twitter (más o menos ponía algo así como “¡Firmando mi primer contrato no remunerado! No sabía ni que algo así pudiese existir”), y no habían pasado ni cinco minutos que ya me estaban pegando bronca por e-mail. Que vigilase lo que decía, que si no me parecía bien que no lo firmase y ya está, pero que no diese mala imagen. Me disculpé y me lo medité un poco pero al final firmé. Claro que firmé. Casi diez millones de usuarios únicos me estaban esperando.

Pero ostras, yo en el Twitter pongo un montón de burradas, sobre muchos temas, y me inquietaba que me siguiesen y me leyesen y controlasen mis paridas. A ver si sí que iba a ser verdad que firmando un contrato absurdo estaba renunciando a mi libertad de tuitear lo que me saliese del corazón, por decirlo finamente.

Yo no iba a dejar que una anecdotilla puntual me estresarse, pero la segunda tuit-bronca sí que ya me inquietó un poco:
Igual que a veces tuiteo coñas sobre mi trabajo, sobre mis amigos o sobre cualquier otro medio con el que he colaborado, otro día se me ocurrió comentar en Twitter que una viñeta que había publicado en 20 minutos había sido borrada al cabo de unas horas sin explicación alguna. No recuerdo el texto exacto, pero no era muy marrullero, sólo decía algo así como “Oh, la viñeta de El hombre de la manguera de oro ya no está disponible en 20minuto.es”. Ostras, ¡con esto me gané mi primera bronca por Twitter!
Una señora en cuyo perfil ponía “Periodista. Directora adjunta de 20minutos.es. Dudo de casi todo” y que supongo que era jefa de algo o de alguien me puso:
“@listocomics Estamos mirando qué ha pasado, pero no ha sido intencionado. En casos así, antes de insinuar, mejor nos mandas un Mail y te aclararemos lo que sea encantados. Si decidimos no publicarla, también te daremos las razones.”

Como yo a esta señora no la conocía de nada y en la foto tampoco parecía muy atractiva, no le respondí.
Pero, como imaginé que el Responsable de Productos Editoriales que me había contratado sí que la debía conocer, le mandé un email a él, tratando de convencerle de que entendía que en la web de 20minutos.es podían poner sólo las viñetas que les diese la gana, pero que mis tuits iban dirigidos a mis amigos y a gente con sentido del humor, que estaban pensados para ser tomados en broma, y que a los que no se divertían leyéndolos les recomendaba darle al botoncito de unfollow.
Y yo tampoco recibí ninguna respuesta, ni del Responsable de Productos Editoriales ni de la misteriosa Directora adjunta que me había prometido razones.

Sin embargo, cuando salió un obispo por la tele diciendo que era importante matizar entre pederastia y efebofilia y se me ocurrió hacer una viñeta sobre el tema, sí que me avisaron de la razones para no publicarla.

Luego vino el día del Libro, y yo acababa de sacar El gran libro de la cinefilia, y subí una viñeta en la que me había dibujado a mí mismo anunciándolo. Tampoco coló.

Luego otro día me cambiaron el diálogo de un chiste. Casi ni me entero, porque tampoco me avisaron y porque la transformación fue muy sutil. Sólo habían cambiado una C por una M. Un sonido oclusivo velar sordo se había convertido en un sonido nasal labial, y una palabrota que suele hacer referencia a los genitales femeninos se había convertido en un rodete que se hace con el cabello para llevarlo recogido. Tanto yo como otros viñetistas habíamos usado lenguaje malsonante en otras ocasiones y nunca lo habían editado, supongo que porque nunca había sido tan fácil hacerlo con la ilusión de que nadie lo notaria.
Tampoco me quitan el sueño los matices entre estar “hasta el coño” y estar “hasta el moño” pero personalmente empezaba a estar hasta la polla de tanto recochineo. Que vale, que tampoco he sido nunca escrupuloso exigiendo copyrights, pero el hecho de cambiar un texto sin consentimiento del autor y que siga apareciendo firmado con mi nombre es algo muy rastrero y seguramente también ilegal.

Llevábamos casi un año con la broma y el contrato que habíamos firmado ponía que duraba un periodo de un año y que era prorrogable. En un alarde de autocontrol zen, se me ocurrió que, visto lo visto, quizá antes de mandarlos a la mierda valía la pena pedir un incremento de sueldo. Me esperé un poco, seguí subiendo viñetas y, con la calma, les escribí comentándoles lo mucho que ligaba gracias a estar colaborando con ellos y la gran ilusión que me hacía estar haciendo currículum, pero confesando también que estaba un poco decepcionado con la promoción que supuestamente estaban recibiendo las viñetas (raro fue el día en que recibí más 10 visitas diarias a Listocomics.com procedentes de 20minutos.es, muchas menos de las que se pueden generar participando en blogs y foros amateurs) y les pregunté si cabía la posibilidad de que nuestra colaboración llegase a verse remunerada con dinero, y, ya puestos, traté también de escaquearme de hacer las miniaturas de las imágenes.

No les pareció necesario responder tampoco a ese mail.

Había otros viñetistas en la sección, la mayoría en las mismas condiciones, y se fueron animando a pedir lo mismo.

Tampoco recibieron respuesta.

Insistimos un par de veces y por fin respondieron… pero para darnos largas. Al cabo de un mes, por ejemplo, nos contaban:
“Hemos tenido una reunión todo el departamento editorial y hemos analizado vuestra propuesta, estamos definiendo cuál puede ser la contraprestación más interesante para que ambas partes nos sigamos sintiendo cómodos con la colaboración. En definitiva, que valor damos a un trabajo bien realizado. En breve, coincidiendo con el principio de año y para que todo empiece con buen píe, os informaré de la decisión que hemos tomado. Os pido un poco de paciencia…”

Y al mes siguiente:
“Las cosas de palacio van despacio. Como en todas las empresas, el mes de enero es para diseñar los planes y acciones del año. La dirección está trabajando en ello. En cuanto tenga noticias, os informaré inmediatamente… Espero que sean buenas. Sólo os pido un poco más de paciencia.”

Al cabo de otro mes ya les dije que yo ya estaba, que pasaba de renovar el contrato tal cual, pero que me ponía a su disposición por si en un futuro surgiese alguna oportunidad de colaborar de forma remunerada; y ya puestos les comenté que iba a sacar el álbum amarillo de El Listo y que incluiría algunas de las viñetas que habían salido en la web de 20 minutos, por si les interesaba hacer algún articulillo o reseñita o notita o entrevista.

Que podría sonar raro, pero articulillos, reseñitas, notitas y/o entrevistas sobre el Listo han salido por ejemplo en TVE, Antena 3, Público, ADN, Qué, El Mundo, ABC, El Economista, El Confidencial, La Información, Diario de Bergantinos, Notícias de Álava, El Correo, Radio 3, COM Ràdio, Catalunya Ràdio, La COPE, El Jueves, Le Cool, Miniguide… pero nunca en 20 minutos, ni en la versión impresa ni en la versión online, ni antes, ni después, ni durante el tiempo en que publicaban mis viñetas en su web. Se entiende que cuando decían de hacer promoción y compartir su audiencia no se referían exactamente a hacer promoción y compartir su audiencia.

Y otros dibujantes que estaban en situación similar a la mía al final también mandaron mails diciendo, más o menos y cada uno a su manera, que había sido un placer pero que si continuaban subiendo sus viñetas les gustaría cobrar algo. Ahí ya imagino que el departamento de Recursos Humanos de 20 minutos consideró necesario ponerse las pilas, porque recibí un mail que decía que “después de analizar la dirección editorial las estadísticas de la sección de Viñetas y estudiar cada uno de los autores en particular…” habían llegado a la conclusión que nada, que vale, que gratis o adiós.

Y al cabo de un par de meses ya habían realizado una limpieza de hemeroteca en plan stalinista: En su archivo digital ya no quedaba ni rastro de mis viñetas ni de sus respectivos comentarios y enlaces.

Vamos, que de todos los medios en los que he colaborado, 20 minutos ha sido el más importante y también el más cutre, no lo digo en plan peyorativo sino descriptivo.

La moraleja podría ser dar la razón a mis amigos cracks que me advirtieron de que trabajar gratis nunca es una buena idea, pero yo personalmente me niego a aceptar que el mundo sea un lugar tan horrible y seguiré regalando mis garabatos a todos los medios impresos o digitales que quieran publicarlos excepto uno.

Mi mail es listocomics@gmail.com.

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