Os váis a reir, pero el año pasado una profesora de Educación Visual y Plástica me invitó a compartir mi experiencia como dibujante de cómics y mis conocimientos sobre el tema con sus alumnos de la ESO. Primero pensé que no podía hacerlo porque me he acostumbrado a dibujar mis cosillas a mi manera, pero lo que son conocimientos no me sonaba tener ninguno. Luego, sin embargo, me fui entusiasmando y fui pensando sobre lo que dibujaba y sobre lo que leía y sobre cómo dibujaba lo que dibujaba y sobre cómo leía lo que leía, y fui tomando notitas. Y ahora, aún a riesgo de causar un daño irreparable a las futuras generaciones de artistas del noveno arte, ahora me ha dado por compartirlo:

Como se suele decir en estos casos, antes de nada vale la pena fijarse en que todos los niños saben dibujar. De hecho, los críos aprenden antes a dibujar que a escribir. A lo largo de la vida van perfeccionando la técnica hasta que llegan a la adolescencia, les entran los pudores, deciden que no saben dibujar y dejan de hacerlo.

Yo no fui una excepción: dibujaba cuando era pequeñajo y con la pubertad lo dejé.

Luego, a los veintipocos, seducido por los fanzines universitarios, me volvió a entrar el gusanillo de los cómics y el humor gráfico pero, como había decidido que no sabía dibujar, me consideré a mí mismo guionista y convencí a un amigo para que me hiciese los dibujos. Estuvo guai. Sin embargo, con el tiempo me fui aficionando más y más a hacer cómics y mi amigo no me seguía el ritmo. Probé a buscarme otro dibujante. Me pasó con él más o menos lo mismo. Probé a buscarme un tercer dibujante. Me pasó con él más o menos lo mismo.

En aquella época, cuando me las daba de guionista, normalmente los guiones que pasaba a los dibujantes no eran textos con descripciones de escenas, sino dibujos cutres en los que se veía qué era lo que estaban haciendo los personajes y cuales eran las expresiones de sus caras. Era como entregarles el cómic “en sucio”. Tardaba menos en expresarme en dibujos burdos que si hubiese tratado de describir las cosas en prosa, y no me parecía que fuese necesario saber dibujar para dibujar en sucio. Dibujar en sucio era dibujar a saco, sin tener que preocuparme por consideraciones estéticas, pensando sólo en lo que quería mostrar, y me resultaba muy cómodo y agradable. Pero luego el dibujante, al dibujarlo bien, a veces cambiaba las expresiones de los personajes, o añadía cosas alrededor, paisajes, fondos, objetos o personajes secundarios que a menudo tenían mejor aspecto que la mierda que había dibujado yo, pero que a veces me parecía que distraían un poco del chiste en sí. Como yo era el guionista y no sabía dibujar, me fiaba de los dibujantes cracks, y, como además dedicaban mucho rato a cada viñeta, raramente se me pasaba por la cabeza pedirles que repitiesen una página para que el resultado se acercase más a lo que yo había imaginado.

Pero un día vi la luz y probé a poner online directamente mi “guión”. De hecho, diría que el primer guión que puse online estaba especialmente mal dibujado. En cierto modo, al poner eso online estaba haciendo como los tíos que saben que no saben bailar y cuando entran en una discoteca se muestran todavía más rígidos y se mueven más raro de lo que lo harían si no estuviesen tan convencidos de su incompetencia. Poner eso tan feo a la vista de todo el mundo era para mí un chiste en sí mismo. Imaginaba que los lectores se me echarían a la yugular. Pero las reacciones fueron más tibias de lo esperado.

Y poco a poco me aficioné a dibujar mis propios chistes. Sigo dibujando peor que la mayoría de dibujantes que conozco, y muchos de mis amigos dibujantes de cómics han tenido la amabilidad de darme consejos para mejorar y muchos me han recomendado que me lo tome un poco más en serio y que aprenda a dibujar mejor o que me busque un dibujante y me dedique sólo a los guiones.

Pero una de las cosas bonitas de Internet es que me permite llegar a miles de lectores sin pasar por el filtro de ningún editor preocupado por la importancia de dar una buena primera impresión, y una de las cosas bonitas de estos miles de lectores es que la mayoría de ellos no son dibujantes de cómics y lo que quieren es que les cuenten chistes o que les cuenten historias. El virtuosiosmo gráfico parece sudarles la polla. Su relación con el noveno arte es más prosaica: ellos se leen las viñetas y si les hacen gracia las comparten. Y esto ha hecho que se me subiesen los humos hasta el punto de que empiezo a sospechar que sí que sé dibujar. ¿Si sabía dibujar cuando tenía 10 años por qué no voy a saber dibujar ahora? Es más, el tema ha despertado mi curiosidad y he leído cuatro cosillas y me he aprendido algunas palabras molonas sobre el tema y me he inventado un par de ejercicios para explicar por qué dibujar es tan fácil.

Ejercicio 1: Agarre usted un rotulador y un trozo de papel. Dibuje tres manchurrones no alineados. Mire el papel. ¿Qué ve?

Ejemplo de pareidolia en una roca.

Tres cavidades en una roca también sirven, esto se hace solo.

En realidad el cielo no te sonríe, pero a tu cerebro le da igual.

En realidad el cielo no te sonríe, pero a tu cerebro le da igual.

Se han dado casos de ingenieros que miran tres objetos no alineados y ven tres objetos no alineados, pero la mayoría de seres humanos cuando miran tres objetos no alineados ven una cara. Así de fácil es dibujar.

Si hay dos de estas manchas que son de tamaño similar seguramente se interpretarán como ojos, y la tercera “será” la boca. Si alargamos la tercera mancha de forma más o menos paralela a la línea imaginaria que une “los ojos”, la ilusión óptica es tan fuerte que ya casi nadie lo considera una ilusión óptica.

Este fenómeno tan simpático que nos hace ver caras y formas reconocibles en presencia de estímulos vagos se llama pareidolia, y resulta útil para pasar el rato buscando animalicos en las nubes, monstruos en las manchas de humedad de los lavabos de carretera o apariciones de personajes bíblicos en las líneas de grasa de una loncha de jamón.

Camiseta roja en lavadora: pareidolia nivel avanzado.

Camiseta roja en lavadora: pareidolia nivel avanzado.

Y puede parecer una tontería pero la pareidolia tiene su razón de ser desde un punto de vista evolutivo, ya que las caras son importantes para la supervivencia: algunas son de familiares y amigos, otras son de presas o de depredadores a los que conviene perseguir o de los que conviene tratar de huir. Aquellos individuos pareidolicos que reaccionan rápido ante cualquier cosa que parezca un rostro tienen más posibilidades de transmitir su material genético que los que se esperan a estar seguros de si ese algo que se dirige hacia ellos es la boca de un tigre con ganas de pegarse una merendola. Mejor dar falsos positivos y ver caras en las paredes de Bélmez que arriesgarse a dar un falso negativo y ser comido por un oso.

En todo caso, no sólo soy fan de la pareidolia porque ha permitido que mis ancestros transmitiesen su ADN hasta mi persona, sino también porque me permite hacer creer a mis lectores que con dos puntitos y una rayita ya he dibujado una cara:

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Pero antes de profundizar en el dibujo de caras, os cuento otra palabra molona que nos ayudará a desmontar la trola de que es necesario haber estudiado Bellas Artes o Diseño Gráfico para saber dibujar. La otra palabra clave es semiótica, y, como su propio nombre indica, hace referencia a la relación entre los fenómenos significantes y sus significados.

Ejercicio 2: Dibuje usted una casa. Cuando la haya dibujado asómese a la ventana y busque alguna vivienda que se parezca a la casa que acaba usted de dibujar.
Si, como la mayoría de personas hoy en día, vive usted en un entorno urbano, notará cierta disparidad entre lo dibujado y lo observado.

Casita dibujada por un niño

Esto no es una casita, es un arquetipo.

Sin tener ni idea de semiótica, cuando era pequeñajo ya dibujaba casas que no se parecían a la mía ni a ninguna de las que había en mi calle, porque no había aprendido a dibujarlas mirando casas reales sino mirando casas dibujadas. Quizá en otros sitios (¿en Francia? ¿en Suiza? ¿en la Vall d’Aran?) existían casitas de un solo piso con un puntiagudo techo a dos aguas, una chimenea humeante, un caminito serpenteante y un arbolito al lado, pero en mi barrio no había visto yo nunca una casa así. Y sin embargo tardé años en darme cuenta de que lo que dibujaba no se correspondía con nada que hubiese visto previamente en el mundo real. Pero es que tampoco la palabra “mesa” tiene aspecto de mesa. ¿Y qué?

No dibujamos las cosas como son sino como se dibujan.

Una casita dibujada no tiene por qué parecerse a ninguna casita del mundo real, basta con que se parezca al símbolo que representa una casita en el imaginario colectivo.

Ni una sola puta casa con forma de casita dibujada

Ni una sola puta casa con forma de casita dibujada

En algunos sectores los símbolos están normalizados (en los esquemas de circuitos eléctricos, en los planos arquitectónicos, en las etiquetas que indican cómo hay que lavar la ropa…) y quién no siga la norma no va a llegar a ningún sitio.

Condensador electrolítico

Un condensador electrolítico se dibuja así y pobre del que lo dibuje diferente.

En el mundo del cómic los símbolos no están normalizados, pero también existen, y aunque no sea obligatorio usarlos vale la pena conocerlos porque usarlos es más fácil y más divertido que prescindir de ellos.

Un ejemplo interesante es el de las caricaturas. De vez en cuando aparecen personajes nuevos en la arena política y los dibujantes de humor gráfico tienen que pensar fuerte y decidir cuales son los rasgos que hay que exagerar para darles una apariencia divertida a la par que reconocible. Pero al cabo de un tiempo los dibujantes han ido viendo las caricaturas que le han hecho otros dibujantes, y queda feo decir que se han ido copiando unos a otros, pero más o menos eso es lo que hacen muchos de ellos (pregúntenles, a la mayoría no les importa reconocerlo), de manera que se terminan creando símbolos más o menos estandarizados de cómo tienen que ser las caricaturas de cada personaje público. Buscad caricaturas de cualquier ministro en el Google, veréis que todas se parecen entre ellas bastante más de lo que se parece cada una de ellas al ministro que representan.

Caricaturas de Mariano Rajoy

Algunas caricaturas del valiente hijo de puta que nos gobierna.

Mariano Rajoy

El bicho, al natural.

Conozco un señor que está jubilado y pinta cuadros muy bonitos. Hablando con él sobre esto me dijo que está muy mal que los dibujantes se inspiren en el trabajo de otros dibujantes. Que el artista tiene el deber moral de inspirarse siempre en el modelo original. Puede que tenga razón, porque ha leído mucho y ha pensado mucho sobre el tema, pero también es verdad que es un tío al que invitan a pocas fiestas y tiene muy pocos seguidores en el Twitter.

En todo caso, los símbolos que representan la realidad pueden parecerse a la realidad que representan o pueden no parecérsele (o parecérsele muy poco).

Llamamos realistas a los dibujos que, dentro de lo posible, tratan de parecerse a la realidad.

A los dibujos que ni se parecen a la realidad ni parecen tener ninguna necesidad de parecérsele, hay autores que los llaman icónicos pero también he visto autores que consideran que la palabra icónico está aquí mal aplicada, que habría que llamarlos caricaturescos o cartoonescos. Me preocupa bastante poco la palabra que se use. Lo interesante es que este segundo tipo de dibujos no sólo suelen ser más fáciles de dibujar sino que además pueden llegar a tener más fuerza que los dibujos realistas, porque suelen simplificar y prescindir de lo superfluo, representando solamente la esencia de lo que se quiere representar.

Esto no es una pipa.

Por muy realista que dibujes una pipa, no te la vas a poder fumar, chacho.

Un paisaje de un cómic de Tintín, por ejemplo, es un dibujo bastante realista.

Esto no es un barco, es sólo un dibujo de un barco, pero qué pedazo de dibujo.

Esto no es un barco, es sólo un dibujo de un barco, pero qué pedazo de dibujo.

La cabeza de Dilbert, sin embargo, es un dibujo bastante icónico.

Dilbert, trabajando para levantar el país.

Dilbert, haciendo lo posible para levantar el país.

Si un día en el mundo real te encontrases un paisaje tintinesco seguro que notarías algo raro (los colores no suelen ser exactamente así, las texturas no suelen ser tan finas…), pero si en la oficina te encontrases un oficinista con un cabezón dilbertesco ya te digo yo que te cagabas por la pata baja.

Sin embargo, en el papel ves a Dilbert y sabes que es un oficinista vulgar, con sus gafitas, su parsimonia y sus limitadas habilidades sociales. En la mayoría de viñetas ni siquiera tiene boca pero cuando lo ves no te preguntas por dónde come. Si vieses un señor en el mundo real que no tuviese boca casi seguro que sí que te lo preguntarías.

Por otro lado, los dibujos icónicos pueden ser mucho más ambiguos que los dibujos realistas y por consiguiente es más fácil sentirse identificado con ellos.

Roberto Alcázar, agente de la Interpol.

Este señor tan guapo es Roberto Alcázar, agente de la Interpol.

Me explico: Si ves el dibujo de una cara bien dibujada con todos los detallitos, la nariz, los pelos, los ojos… sabes que representa una cara particular. Sin embargo, si ves una cara dibujada con dos puntitos para los ojos y una línea para la boca ves simplemente una cara, que podría ser la de cualquiera, que podría ser incluso la tuya.

Mi amigo el pintor jubileta considera que ambos estilos de dibujo son válidos, pero que cada uno de ellos tiene funciones diferenciadas y que lo importante es mantener una coherencia dentro de una misma obra. Según él, un monigote simplista en un contexto realista cantaría tanto como un cristo románico en un altar gótico. Pero ustedes ni caso. Desentierren los tintines y miren la cara del prota. Dos puntitos negros, un bultito a modo de naricita y una rayita a modo de boca. Eso es icónico que te cagas. Y cuela perfectamente en medio de un paisaje realista. Es más, cuela perfectamente interactuando con personajes cuyas caras son mucho más realistas y detalladas que la suya. La coherencia estilística no es obligatoria ni siquiera dentro de una misma viñeta.

Uno de Cyanide and Happyness

Este señor no sé quién es, pero me suena de algo. Podría ser yo.

Scott McCloud decía algo así como que un dibujo realista describe cómo son las cosas, pero que una cara icónica a lo Tintín sólo te muestra si sonríe o si se sorprende o grita o levanta las cejas; porque cuando tu lees un tintín quieres ver los escenarios de sus aventuras y quieres ver qué caras tienen los personajes secundarios, pero te da igual los rasgos exactos del careto del prota, porque el prota eres tú.

También es verdad que cuando miras hacia fuera y ves la gente a tu alrededor estás usando el sentido de la vista y puedes percibir que la gente tiene caras diferenciadas con un montón de rasgos, pero cuando miras para adentro estás usando un sexto sentido llamado propiocepción que no te permite ver los detalles del aspecto de tu rostro, pero te permite saber tu postura corporal y si sonríes o no, si te sorprendes, si gritas, si levantas las cejas. Eres Tintín.

Y no sólo eso, otra ventaja del dibujo icónico es que puede ser mucho más simple que la realidad y por tanto el cerebro puede procesarlo más rápido y con menos esfuerzo, dejando más recursos disponibles para concentrarse en el chiste. Los dibujos simples se “leen” con más fluidez que los dibujos realistas.

Tintín tiene un aire a los clics de Playmobil.

No es casual que tantos personajes de cómic pongan cara de clic de Playmobil.

Se puede argumentar que seguramente la mayoría de los que nos decantamos por dibujar en plan icónico y simplista lo hacemos así por falta de talento, tiempo o motivación para experimentar con estilos más elaborados, y seguramente es verdad. Todas las otras ventajas que he descrito son racionalizaciones a posteriori, pero, ojo, eso no las hace menos reales.

Pero esto no significa que no me guste el dibujo realista o que me sienta condescendiente con el simpático empecinamiento de tantos artistas en tareas que según cómo se mire ya quedaron obsoletas el siglo pasado con la invención de la fotografía. Porque a los dibujos realistas bien hechos también tienen sus ventajas, y a mí ahora mismo se me ocurren dos: una es su innegable belleza (que vale, que el dibujo icónico también puede ser bello, pero ya es una belleza diferente), y otra que los dibujos realistas a veces permiten dotar de más verosimilitud el mundo que habitan los personajes. Fíjense en la paradoja: los géneros de fantasía y ciencia ficción ambientados en mundos imaginarios suelen apostar por dibujos más realistas que los géneros ambientados en el mundo real.

La Venecia de Moebius.

La fantasía, la ciencia ficción y los guiones inverosímiles suelen pedir a gritos un buen dibujo realista.

Pero bueno, me atrevería a decir que los cómics con dibujos sencillos se suelen leer más a gusto que los cómics con dibujos supercurrados por el mismo motivo que el pop entra mejor que la música dodecafónica. Un artista gráfico que se las da de virtuoso sin que la historia lo requiera es como el típico guitarrista pelmazo al que gusta pegarse solos de veinte minutos.

Continúa en Cómo dibujar cómics, segunda parte.

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