Arte y Ensayo #1: LA PLASTICIDAD DEL CONCEPTO BELLEZA

Acto 1:

Estaba yo un día en el Museo del Prado (ese tan grandote que está en Madrid y que las guías turísticas califican de “imprescindible”) ojeando con interés los alargados monigotes de Domenikos Theotocopoulos (ese famoso pintor cuyo apellido impresiona casi tanto como su obra, y al que se suele llamar El Greco para simplificar) cuando de repente oí un cloc-cloc-cloc a mi espalda.

Me giré intrigado y vi que se trataba de una chica con unas chanclas rojas de madera que sonaban como castañuelas a cada paso que daba.
Muy maja, ella. Y el ruidoso calzado de la moza hacía juego con sus rojas uñitas y con la alegre montura de sus gafas y su minúsculo vestidito a juego (digo minúsculo porqué la falda era tan breve que por un momento pensé que iba con camiseta y sin pantalones).
El caso es que se la oía y se la veía a la legua: en todas las salas del museo la gente se giraba cuando ella llegaba; ni siquiera Las Meninas del Velázquez podían competir con sus andares.

Y se acercó a un magnífico retrato de la Madre de Dios (esa que se supone que era virgen), e inclinó el torso hacia adelante, amorrándose a un centímetro de la tela como si le importase un rábano el claroscuro pero quisiese examinar a fondo la precisión de cada pincelada… o como si quisiese realzar adrede su culito respingón con una estudiada pose que no hubiese resultado tan llamativa si en lugar de estar en un museo hubiésemos estado en una clase de aeróbic o en un póster-calendario de un taller de reparación.
El culito de la chica, todo hay que decirlo, era muy bonito y la verdad es que se me hubiesen ido los ojos tras él incluso si hubiese estado dentro de unos vulgares tejanos en lugar de estar dentro de esa tensa faldita roja que, cumpliendo con las leyes de la física elemental, se escurrió para arriba y dejó unos centímetros de muslo y de lo que ya no es muslo a la vista de todos los visitantes del museo.
Pero al cabo de un minuto se hartó de amorrarse al cuadro y se largó con su culito y sus gafitas y su cloc-cloc-cloc.

Yo me quedé meditabundo; en parte –claro está- imaginando marranadas, pero también en parte reflexionando sobre el misterioso concepto de la belleza plástica:
No era ni mucho menos la primera vez que desviaba la vista de una obra maestra de la pintura barroca para admirar un mundano trasero, pero ese día la paradoja me había llegado al corazón…
Lo que había colgado por las paredes de aquel edificio eran algunos de los mejores cuadros de la Historia, sin duda ejemplos de lo más bonito que la Humanidad había sido capaz de crear… y sin embargo casi todos los presentes en aquella sala habíamos preferido pasar unos segundos contemplando unas posaderas.

Más de un puritano papanatas llegaría a la conclusión de que en el Prado abundaban los sátiros y los depravados, pero yo preferí buscarme una explicación más agradable mientras paseaba de una sala a otra tan distraído en mis pensamientos y en mirar a las guiris que apenas me fijé ya en los cuadros: la faldita roja me había desestabilizado tanto las hormonas que los retablos del Bosco me parecieron los dibujos esos del Dónde está Wally, y la etapa negra de Goya me conmovió tanto como una camiseta de Iron Maiden.

Y fue mientras admiraba de reojo el canalillo pectoral de una pelirroja con pequitas (que a su turno estaba admirando un fabuloso lienzo de Caravaggio), que me acabé de convencer a mi mismo de que era lo más normal del mundo admirar la belleza femenina y que ser capaz de hacerlo y de disfrutar de la experiencia visual era algo tan noble y tan puro como el disfrutar con la contemplación de un cuadro.
La Humanidad había hecho lo que había podido en el campo de la belleza plástica y había progresado bastante desde los primitivos grafitis en las Cuevas de Altamira, pero las incontrolables fuerzas de la Naturaleza le llevaban muchos milenios de ventaja en cuanto a creación se refiere y era normal que aquí y allí surgiesen múltiples ejemplos de belleza espontánea que eclipsaban sin esfuerzo alguno el arte “artificial” y deliberado de los humanos… era pues muy comprensible que la gente instruida supiese encontrar más belleza entre las visitantes de cualquier pinacoteca que en las paredes de la misma!
Por un momento dudé si lo mismo debía de aplicarse al cuerpo masculino: me costaría admitirlo en público, pero quizá si superaba mis prejuicios algún día también sería capaz de admirar la belleza física del Cachitas de turno… sólo por su plasticidad y sus proporciones que -en teoría- quizá también podían superar el esplendor de un cuadro del Renacimiento, aunque su portador fuese un gilipollas engominado que se pasase el día haciendo pesas… ¿no?
Al fin y al cabo también se podía apreciar la noble belleza de un caballo sin tener tendencias zoofílicas, digo yo.
Y pensé también en los últimos destellos de una puesta de sol, en las estrellas de mar y en el vuelo de las golondrinas.
Y tuve la certeza que ni Kandinski ni todos los gurús del arte abstracto compinchados no serían capaces de igualar los fascinantes anillos iridiscentes que produce una simple gotita de aceite sucio cuando se derrama en un charco de agua.

Y así fue como me convencí de que los artistas humanos siempre serían aprendices al lado de esa gran creadora de preciosidades que es Doña Madre Naturaleza.

La pelirroja de las pequitas, ajena a esta gran reflexión, se hartó del Caravaggio y se largó con sus dos bamboleantes virtudes.
Y yo, ya que había pagado la entrada, miré cuadros un ratito más y luego me fui a tomar algo.

Acto 2:

Estas tonterías volvieron a mi cabecita un día que había llovido y estaba yo paseando por un parque con una amiga que se las daba de intelectual. Pensé (en mala hora) que ella estaría de acuerdo conmigo si yo aprovechaba el bonito arco iris que flotaba ante nuestros ojos para meterle el rollo “pro-belleza natural” (al menos parecía una charla más interesante que continuar hablando del tiempo).

Por supuesto que me salté la parte de los gilipollas de gimnasio, y por supuesto que tuve la delicadeza de no hablar de la belleza de las chicas en general sino de la suya propia, y por supuesto que en lugar de hablar de animales y paisajes ajenos me referí a nuestro arco iris, a las hojas de los árboles que nos rodeaban, a las flores, etcétera.
Pero me centré en ella, claro… Y puestos a escoger partes de la anatomía humana, en lugar de comentar favorablemente lo bien puestas que estaban sus tetas y su culo, me centré en sus ojos y su sonrisa, que tampoco estaban mal del todo.

Aceptó los cumplidos con estilo (era maja, o sea que debía estar acostumbrada a estas cosas) pero dijo que no compartía mi pobre opinión de los artistas humanos. Y lo dijo muy seria y con el ceño fruncido.

Según ella, la naturaleza estaba muy bien y era muy decorativa, pero que difícilmente cuatro florecitas con pétalos y estambres de verdad llegarían nunca a tener el poder y la fuerza de ninguno de los cuadros de girasoles que pintó Van Gogh.

Parece que el tema la apasionaba, pues me soltó un montón de ejemplos parecidos y me habló de Modigliani, de Rafael, de Rembrandt y de los puntillistas, y yo estuve tentado a darle la razón y cambiar de tema, pero pensé que era mejor insistir en mi punto de vista para parecerle más interesante.
Por supuesto que mi verborrea estaba sólo motivada por la lejana esperanza de acabar pillando cacho, pues en el fondo a mi me importaba tanto la artificiosa dualidad entre “belleza artificial” y “belleza natural” como me importaba quién se clasificase finalista en el Decimoquinto Torneo de Mus de Cornellá; pero resulta que mi insistencia la incomodó y reaccionó como si estuviésemos discutiendo algo muy personal… y yo empecé a pensar que en algún momento había metido la pata.

Me temí, por su cara de ofendida, que quizá fuese ella una de esas entrañables criaturas que no sólo se las dan de entendidas en Arte sino que creen ser auténticos artistas.
Por eso me fijé en sus orejas a ver si llevaba algún macarrón crudo o alguna piedrecita pintada o algún cacharrito de plástico… Pero sus pendientes eran normales y corrientes (con lo cual quedó absolutamente descartado que ella fuese una estudiante de Bellas Artes).
Pero entonces, si no se trataba de una pintora de acuarelas de esas que sueñan cada noche con que se mueren y su obra se revaloriza de repente… ¿por qué se tomaba el tema tan a pecho?

El misterio se desveló cuando, a la vista de que todavía no me habían convencido los ejemplos que me había dado en los que la belleza artificial de los humanos superaba las creaciones de Doña Madre Naturaleza, decidió confesarme el ejemplo definitivo:

Me contó que durante más de diez años había llevado la boca llena de alambres para que los dientes le quedasen rectos y en fila de uno; que se había liposuccionado los glúteos; que el color caoba de su pelo procedía de un apestoso tinte; que se había gastado una pasta arreglándose los labios con inquietantes inyecciones; que llevaba en los ojos unas incómodas lentillas de color miel; que sus apetecibles tetas eran más falsas que una promesa electoral; y que cada mes arriesgaba su vida usando un cancerígeno aparato de rayos UVA…

A mi me daba igual si ella había nacido guapa o si se había ido arreglando hasta convertirse en casi un cyborg, a mi me gustaba igualmente, no soy ningún integrista!
Pero me había pillado por sorpresa y sólo le dije: “eh… uh… esto…” y ella me miró con unos desafiantes y bonitos ojos de color miel que la Naturaleza no había sabido crear por sí misma.

El caso es que ni pillé cacho ni llegué a ninguna conclusión definitiva sobre los absurdos intríngulis de puñetera belleza, pero supongo que de esta anecdotilla se pueden extraer un par de moralejas:

a) que la silicona es un material escultórico tan noble como el mármol, o incluso más;
y b) que debería aprender a tener la boca cerrada más a menudo porqué la gente es muy rara y muy susceptible.


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