En la presentación en Barcelona de la Antología Webcomiquera más o menos dije lo mismo que en el prólogo pero con algún tartamudeo extra:

 

Ser de los primeros en hacer algo tiene glamour.
Hay libros que hablan de los primeros astronautas que pisaron la Luna o del primer excursionista que subió al Everest, igual que pasaron a la historia las primeras películas sonoras, el primer avión, el primer submarino… Incluso en los recuerdos particulares de cada cual suele destacar el primer empleo, la primera borrachera, el primer amor. De hecho, es probable que las acrobacias que hicieron usted y su media mandarina el último sábado fuesen mucho más gratificantes que sus primeros escarceos amorosos, pero dudo que sean recordadas durante tanto tiempo ni con tanta ternura. Es una pena para los tardones, pero ser los primeros en algo otorga extra points.

Pues, oiga, el librote que tiene usted en las manos es la primera antología que recopila obras de sesenta y ocho webcomiqueros en español. Sesenta y ocho pioneros en este fascinante formato que cabe suponer que tarde o temprano desplazará los poco ecológicos cómics en papel. Toma ya.

Honestamente, aunque suene muy molón, tampoco es que tenga mucho mérito ser un pionero del webcómic. Internet no ha sido una montaña difícil de conquistar, al contrario, ha sido un regalo de los cielos. Podríamos decir que a los pintamonas nos ha tocado la lotería.

Quizá cabría imaginar que alguno de estos pioneros de los webcómics, si hubiese nacido veinte años antes, hubiese entrado de cabeza en la movida fanzinera de los 80. Hubiese hecho fotocopias, hubiese aprendido a grapar folios por la mitad y hubiese sableado a sus amigos al ritmo de Alaska y los Pegamoides… Pero me da a mí que hay muchos jóvenes inquietos que si se han aficionado a dibujar es porque dar a conocer tus trabajos está tirado desde que existe Internet y porque enseguida recibes comentarios de los lectores y el feedback suele ser muy buenrollero.

Piense usted en el tiempo que tenía que dedicar un comiquero underground de los 80 a editar y distribuir cien ejemplares de un fanzine. En todo ese rato, un webcomiquero del siglo XXI tiene tiempo de colgar una tira en una web que llega a miles de lectores, leer los comentarios, responder a los que están firmados con nombre de chica, flirtear un rato por el chat del facebook, conseguir una cita, afeitarse, ponerse guapo, pillar un autobús, charlar sobre lo humano y lo divino, atiborrarse de gintónics, vivir una noche de pasión, engendrar un churumbel, actualizar el twitter, dormir la mona, desayunar, sacar a pasear al perro, plantar un pino, actualizar otra vez el twitter, preparar una boda, casarse e irse de viaje a Formentera. Por poner un ejemplo. También puede ser que el tiempo que se ahorra lo pase jugando al World of Warcraft, eso ya depende de los gustos de cada cual.

El caso es que la cantidad de autores amateurs de cómics se ha disparado. Por eso podríamos decir que ha habido un boom del cómic underground, entendiendo underground no como el estilo propio de los imitadores de Robert Crumb, sino simplemente como un movimiento que está al margen de la industria editorial convencional.

Aunque, bueno, en realidad tampoco está tan al margen. La frontera que separa lo digital y lo analógico es permeable. Algunos periódicos han empezado ya a pillar las tiras cómicas de sus ediciones impresas y a ponerlas online en formato webcómic. Y unos cuantos webcomiqueros han encontrado ya un rinconcito en revistas tradicionales. Y también hay quien, después de un tiempo webcomiqueando con alegría, va y saca un recopilatorio en papel. Que la gente está muy loca. Vivimos en una sociedad tan volcada en el consumo de riquezas materiales que incluso es posible vender en papel cosas que ya están gratis online.

Porque Internet es el futuro, sí, y nos permite el lujo de llegar a multitud de lectores sin pasar por ningún filtro editorial… Pero ya hace muchos años que Internet es el futuro y los libros nos siguen gustando. Ya hay quien habla del placer de tocar los libros como si se tratase de objetos de otro tiempo, pero siguen estando entre nosotros, imperturbables, acechando en los estantes de las bibliotecas, de las librerías, de los colegios y de los hogares de las familias cultivadas. Y se pueden leer en el metro y en el WC y en la playa y a la sombra de un nogal. Y son el regalo perfecto en cualquier época del año.

Por eso me alegró tanto que David Prieto se animase a montar un libro recopilatorio de los greatest hits de la webcomisfera. Y por eso me alegró todavía más comprobar que el suyo no era sólo uno de tantos proyectos locos que se planean entre cerveza y cerveza, sino un proyecto sensato de los que se llevan a cabo. Que se dice rápido, pero llevar a cabo algo así no es moco de pavo. Entre 2003 y 2009 se han publicado mil millones de webcómics (aproximadamente) y tener que elegir sólo algunos no debe haber sido tarea fácil. Si es usted aficionado a los webcómics, es probable que eche en falta alguno bueno en esta selección, igual que es probable que se haya colado alguno que a usted no le haga gracia, y es también probable que si algún otro valiente se animase a sacar otra antología los webcómics elegidos fuesen otros… Pero qué más da. No dejamos de tener en nuestras manos un fabuloso catálogo con perlas para todos los gustos, de lo más mainstream a lo más freak, de lo más romántico a lo más cafre, del realismo al expresionismo, de lo barroco a lo minimalista, de la línea más clara a la línea más chunga.

Este libro es heterogéneo porque la webcomicada es heterogénea. Lo único que tienen en común todas estas viñetas es que han sido dibujadas con la más absoluta libertad. Han sido dibujadas porque a sus autores les salía del rabo. Sin jefes, sin editores, sin compromisos con los anunciantes. ¿Será esto una garantía de frescura? Yo qué sé, supongo que sí, pero juzguen ustedes mismos.

A mí sólo me queda recordarles que esto es sólo una muestra, que junto a cada imagen de este libro encontrarán la dirección de la web del autor, como una puerta abierta a un inabarcable festín de risas, aventuras y pasiones dibujadas.

Este libro no es sólo un libro, es un piscolabis.

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