Cuando le preguntaron por la peor cita de su vida para un artículo que pretendía recopilar las típicas anécdotas divertidas de citas desastrosas, Isaac Asimov respondió que él nunca había tenido una mala cita. Había tenido muy pocas citas en su vida, aclaró, y se había encargado personalmente de que todas fuesen citas agradables.

No disponemos de la versión de las chicas que tuvieron el honor de ser cortejadas por el maestro de la ciencia ficción, pero consta que, cuando estaba con gente, Asimov tendía a contar chistes, a reír a carcajadas, y, en general, a ser un poco ruidoso. Él mismo reconocía que sus habilidades sociales eran un poco limitadas. Algunas personas lo consideraban divertidísimo y alguna como la señora de Frederik Pohl lo consideraba un creep (no sé cómo traducirlo, ¿un asqueroso?) y prefería que Pohl quedase con él fuera de casa para no tener que verlo. También era el propio Asimov el primero en admitir que trataba constantemente de ser el centro de atención, pero no debía de ser tampoco muy duro darle la atención que deseaba porque, aunque fuese una de esas personas que se ríen de sus propios chistes, era también un hombre cultísimo, quizá el más culto de su generación, y le gustaba mucho hablar, preferiblemente sobre ciencia, sobre libros o sobre sí mismo.

Que de lejos parecen solo tres temas, pero cualquiera que se haya interesado mínimamente por alguno de ellos se habrá fijado en que la ciencia y los libros son dos temas que lo abarcan prácticamente todo, y el tercero casi casi. La primera vez que Isaac Asimov se puso a escribir sus memorias, le salieron 650.000 palabras. Su editor no sabía qué hacer con eso, al final lo sacó en dos tomos. El primero, In memory yet green, tenía 732 páginas. El segundo, In joy still felt, 828.

A primera vista podría sorprender que Asimov tuviese tanto que contar, porque no le gustaba viajar, ni practicar ningún deporte, ni salir de casa ni, en general, hacer cosas. Sus habilidades sociales podían llegar a ser tema de controversia, pero había consenso en que sus habilidades motoras eran prácticamente inexistentes. No sabía nadar ni sabía ir en bici, y su piel era de esas delicadas que enrojecen y se desmoronan cuando les toca la luz del sol. Los protagonistas de sus libros podían llegar a viajar de un confín al otro de la galaxia, pero a él los aviones y los medios de transporte en general le daban mal rollo y prefería evitarlos.

Lo que le gustaba era leer y escribir, sobre todo escribir, y la mayor parte de su vida se la pasó haciendo precisamente eso, muy a gusto, encerrado en una habitación sin ventanas, porque tampoco es que le gustasen mucho las ventanas.

La mayor parte de la pequeña parte de su vida que no dedicaba a escribir, se la pasaba pensando en lo que escribiría luego. A veces podía parecer que estaba haciendo otras cosas pero estaba puliendo tramas y ensayando diálogos dentro de su cabeza. Su señora estaba un poco harta.

Gertrude a menudo trataba de hacerle parar de escribir un rato porque quería salir a pasear con él o hacer algo juntos, pero raramente lo conseguía, y, cuando lo conseguía, el corazón del escritor permanecía atrapado entre las teclas de su máquina de escribir, y ella lo sabía y él sabía que ella lo sabía, pero de vez en cuando salían igualmente. Y de vez en cuando discutían, por la disyuntiva de salir o no salir o por cualquier otra cosa. A Asimov le gustaba decir que sus días favoritos eran pues los días fríos y lluviosos porque eran días en los que le dejaban trabajar tranquilo.

Se habían casado jóvenes y vírgenes. Ambos eran muy decentes. En los libros de Asimov no suele haber escenas de sexo ni conversaciones subidas de tono ni palabrotas sueltas ni menciones a las partes del cuerpo tradicionalmente tapadas por los trajes de baño, y es una decisión consciente, de gentleman, pero en sus memorias sí que le parece importante aclarar que Gertrude y él eran llegaron vírgenes a la noche de bodas. Dice: “To moralists that may sound like a wonderful thing, but I think it turned out to be disastrous. The absence of women may have contributed to the distortion of my social development.”

Asimov se había enamorado antes, pero había sido un amor dolorosamente unidireccional. Habiendo quedado un poco escarmentado, decidió no volver a enamorarse tan a lo loco. Con Gertrude, pues, se enamoró más sensatamente, aunque era muy guapa y le recordaba a la actriz Olivia de Havilland.

Si nos atenemos a la costumbre de no contar los no correspondidos, podríamos decir que se casó con su primer amor, pero, en todo caso, Asimov no era uno de esos hombres a los que les gusta llevar la cuenta de sus conquistas. Lo que a él le gustaba era llevar la cuenta de los libros que publicaba.

No es que tuviese dudas sobre la calidad de su obra, pero sabía que su punto fuerte era la cantidad. Aunque no todos los críticos literarios estuviesen preparados para apreciar la grandeza de su prosa, nadie se atrevería a negar que era una prosa que fluía impulsada desde lo más hondo, como la lava de un volcán, y que Isaac Asimov iba a pasar a la historia como uno de los escritores más prolíficos de todos los tiempos.

Cuando ya había publicado 99 libros y estaba todo ilusionado porque con el próximo iba a empezar a contarlos con números de tres cifras, su señora, en lugar de darle ánimos, le pegaba la bronca y le decía que por qué lo hacía, que en su lecho de muerte comprendería que había malgastado su vida y se daría cuenta de todas las cosas buenas que podría haber disfrutado con todo el dinero que ganaba y que él estaba ignorando en su loca obsesión por publicar más y más y más. ¿De qué le iba a servir en su lecho de muerte haber publicado cien libros?

Él respondió que, cuando estuviese postrado despidiéndose del mundo, ella se acercaría a escuchar sus últimas palabras y, si expresaban arrepentimiento alguno, el arrepentimiento que expresarían sería el de haber publicado “solo” 100 libros, o los que fuesen que llevase publicados en ese momento.

Y muchos se preguntarán cómo era posible contar libros por centenas, como quién cuenta cromos. Pues, por un lado, en la época en la que Gertrude le pegaba la bronca por pasarse todo el puto día escribiendo, su ritmo de publicaciones ya era espectacular, y todavía iba a parecer un ritmo moderado en comparación con el que pillaría luego, y, por otro lado, el tío llevaba escribiendo y publicando libros desde que era prácticamente un adolescente.

En una ocasión, una activista se le encaró y le echó en cara que en muchos de los relatos que había publicado no había ningún personaje femenino. Le llamó machista. Asimov se excusó confesando que, en la época en que los había escrito, su desconocimiento de las mujeres era absoluto.

Parece una respuesta chistosa porque los conocimientos de Asimov eran vastísimos en infinidad de asuntos. Sus greatest hits son de ficción, pero lo que más escribió fue divulgación científica, y sus obras abarcan temas que van desde la fotosíntesis de las algas a los misterios del del cosmos, pasando por el estudio de la Biblia y de las obras de William Shakespeare; pero reconocer que, cuando empezó a escribir ficción, desconocía las mujeres no era solo un chiste, y hay que entenderlo en su contexto: el Asimov adulto llegó a leer de todo, pero el Asimov niño creció con la literatura pulp de los quioscos de antes de la Segunda Guerra Mundial, una literatura popular que, como casi todo en aquella época, era tremendamente puritana, maniquea, racista y machista.

El Asimov niño que lo flipaba leyendo aventuras galácticas no concebía a una mujer en un papel protagonista, pero no solo no concebía a una mujer en un papel protagonista sino que llegó a escribir cartas a los editores de sus colecciones favoritas pidiendo que no pusiesen tantas mujeres entre los personajes secundarios, que no es que tuviese nada en contra de las mujeres del mundo real, pero no soportaba los personajes femeninos porque no hacían nada más que estorbar y ser secuestradas y ralentizar el desarrollo de la trama. En las novelas de quiosco, los personajes masculinos también eran bastante planos, pero los personajes femeninos, aparte de ser planos, eran pánfilas, intereses románticos en el mejor de los casos, normalmente no hacían nada más aparte de ser secuestradas porque tampoco parecían tener ninguna habilidad para hacer nada en su tiempo libre entre secuestro y secuestro.

Con el tiempo, sin embargo, Asimov se enmendó, dentro de lo que cabe. Pocos de sus relatos llegaron a superar el test de Bechdel pero sí que se dio cuenta de que sus primeros cuentos parecían lo que en la jerga universitaria se conoce como campos de nabos, y no encontró ningún motivo para seguir por ese camino. De un día para otro se puso a crear personajes femeninos maduros y proactivos, y, ya puestos, los puso a trabajar en profesiones molonas relacionadas con la ciencia, la ingeniería y la robótica.

Y aunque admitía que había tratado con pocas mujeres y que, de joven, sus ideas sobre el tema eran una empanada mental fruto de la literatura pulp, también disfrutó lo suyo presumiendo de haber sido uno de los primeros escritores populares en romper, al menos en la ficción, la inercia de los roles de género tradicionales.

Robots aparte, uno de sus más célebres personajes fue la doctora Susan Calvin, de profesión robopsicóloga jefe en la US Robots and Mechanical Men Corporation.

Para valorar las gestas de la doctora Calvin hay que situarlas en el tiempo: la robopsicóloga nació en 1982 y murió en 2063, pero sus aventuras empezaron a publicarse en 1941, casi diez años antes de que Simone de Beauvoir escribiese El segundo sexo.

En los EE.UU. de los años 40, que una mujer hubiese estudiado una carrera técnica sonaba solo un poco menos fantasioso que el que la materia de estudio hubiese sido el comportamiento de cerebros robóticos que operaban mediante flujos de positrones. En Occidente, la primera ola del movimiento feminista ya había logrado prácticamente la igualdad legal entre hombres y mujeres, pero de ahí a la igualdad real todavía quedaba un trecho. Los personajes femeninos de las novelas y de las películas eran, más que nada, madres, esposas e hijas, porque a las mujeres reales se las consideraba todavía, más que nada, madres, esposas e hijas.

Pero la doctora Calvin era una solterona no desamparada, y su personalidad se alejaba bastante de la coquetería y la dulzura de las princesas Disney. Ella era más tirando a mandona y cascarrabias, pero caía bien, entre otras cosas porque cuando le daban un robot neurótico, hablaba un ratito con él y lo dejaba como nuevo. En ningún momento se cuestiona su brillantez y profesionalidad, ni por ser mujer ni por nada. Es la prota y lo peta y ya está. En algunos de los cuentos en los que aparece, aparece poco, solo llega, escucha el problema y lo soluciona. Y a los niños y niñas que crecimos leyendo sus aventuras ya se nos amuebló la cabeza diferente de como se le había amueblado al autor y ya crecimos dando por sentado que era perfectamente factible que hubiese mujeres brillantes y que fuesen protagonistas de historias estupendas.

Calvin tenía antagonistas, claro que sí, y eran casi todos hombres, pero raramente entraba en debates de género. Solía canalizar su mala leche hacia personas concretas y hacia la humanidad en general.

La excepción es Intuición femenina, el último cuento de Yo, robot. En él, la doctora Calvin ya está jubilada y la US Robots and Mechanical Men Corporation ha construido un nuevo modelo de cerebro positrónico que analiza infinidad de datos aparentemente no relacionados y encuentra correlaciones inesperadas. Hoy día a esto lo llamamos Big Data y está sucediendo, pero, en el momento en que Asimov escribía el cuento, era pura fabulación. A los ingenieros que han diseñado el cerebro positrónico les parece que tienen en sus manos un robot que piensa “diferente” y se les ocurre la charlotada de equiparar esta forma de pensar con una forma de pensar menos lógica y más intuitiva que ellos consideran propia de mujeres y, supongo que en connivencia con el departamento de márketing, le dan al robot una apariencia femenina y le ponen voz de chica. Por supuesto, algo sale mal y tienen que pedir ayuda a Susan Calvin. Susan Calvin resuelve el misterio, pero lo resuelve enfadada. Y, aunque lo resuelve de forma perfectamente lógica y racional, les dice a sus antiguos jefes que lo ha resuelto mediante intuición femenina para tocarles las narices.

En la mayoría de sus aventuras, sin embargo, los conflictos de género, de haberlos, quedan fuera de plano, eclipsados por los conflictos entre humanos y robots. De hecho, por muy belicosa que pueda mostrarse en su día a día, la doctora Calvin tiene un fondo conciliador. Son sus adversarios los que tratan de avivar el conflicto entre los seres mecánicos y los seres de carne y hueso. En el cuento Esclavo de galeras, el malo le echa en cara que parece estar más preocupada más por los robots que por las personas y la robopsicóloga admite que haya podido dar esa impresión pero trata de excusarse: “Sólo preocupándome por los robots puedo de verdad preocuparme por las personas del siglo XXI”.

No creo que Asimov construyese ahí deliberadamente una metáfora sobre las relaciones intergrupales en general, pero el lector es libre de interpretarlo como tal si le apetece.

Era un optimista, tanto en su obra como en su día a día. Era de los pocos escritores de ciencia ficción que creían en el progreso social y tecnológico incluso en plena Guerra Fría, y a menudo describía futuros molones y a menudo sus profecías se hacían realidad. Y así como se enorgullecía de haber sido pionero en la creación de personajes femeninos fuertes en roles tradicionalmente masculinos, también se enorgullecía de haberse inventado la palabra robótica y de haber sido capaz de predecir un montón de avances tecnológicos cuya enumeración iría más allá de las ambiciones de este artículo, pero la ilusión que le hizo acertar todo eso fue todavía poca en comparación con la ilusión que le hizo el darse cuenta de que, en cierto modo, con ese personaje de Susan Calvin estaba describiendo, veinte años antes de conocerla, a la mujer de sus sueños, la que iba a terminar convirtiéndose en su segunda esposa, el tercer amor de su vida, el segundo si contamos solo los correspondidos, y, en todo caso, el definitivo, el de envejecer juntos y agarrarse la mano en el lecho de muerte.

El divorcio con Gertrude fue tormentoso. Él quería evitarse juicios y follones con abogados y le ofreció la mitad de todo lo que tenía, pero ella prefirió lo de los juicios y los abogados. Al final el juez le obligó a darle bastante menos de lo que él le había ofrecido de buen principio, pero Asimov era un gentleman, mantuvo su oferta original y repartió los bienes mitad para cada uno.

Al final y al cabo, le gustaba vender muchos libros y le gustaba ver cómo crecía su cuenta bancaria, pero luego los bienes materiales le daban bastante igual, y no se cansaba de repetir lo feliz que era con su segunda esposa. Janet no es que tuviese paciencia con sus excentricidades, es que en cierto modo conectaba con ellas, y además lo había conocido antes como autor que como persona, y no le parecía motivo de preocupación que se pasase la vida encerrado en habitaciones sin ventanas.

Empezó así una nueva etapa en la que escribió más que nunca, y en un momento dado le pareció que sus memorias se habían quedado un poco anticuadas y que tenía nuevas batallitas que contar, pero ya no se acordaba de lo que había puesto en los dos primeros tomos y, para no liarse y para no tener que leérselos, volvió a empezar por el principio. Esta vez, sin embargo, no contó su vida en orden cronológico sino por temas según se le iban ocurriendo. Hay un capítulo sobre Gertrude, otro sobre la Biblia, otro sobre Arthur C. Clarke, otro sobre Mensa, otro sobre la muerte, otro sobre Heinlein, otro sobre sobrepeso, otro sobre limusinas, otro sobre sus cuñados, otro sobre Pearl Harbor… Le salieron las 600 páginas de I. Asimov: A memoir. Este es el que me leí yo y me lo pasé bomba.

Por aquel entonces, el número de libros que contaba haber publicado era ya de más de cuatrocientos. En realidad hizo algunos truquis para contar algunos que según como se mire quizá no los tendría que haber contado porque eran antologías de varios autores y cosas así cuya autoría no podía atribuírsele del todo ni de lejos, pero, se mire como se mire, escribió una cantidad de libros que haría erizar el vello de la nuca a cualquier persona que haya intentado escribir uno o que haya tenido que hacer alguna vez una mudanza.

En todo caso, él contaba con que llevaba publicados 451 libros y se acordaba de lo de su primera esposa pegándole broncas y haciéndole plantear lo que diría en su lecho de muerte, y escribió que, si se moría entonces, antes de despedirse diría efectivamente lo de que “¡Qué mal, solo cuatrocientos cincuenta y uno!” y que esas serían casi sus últimas palabras pero no las últimas. Las últimas palabras serían “Te quiero, Janet”.

Murió el 6 de abril de 1992, enfermo de sida, él que había llevado una vida tan monacal y que tenía tanta confianza en la ciencia y en el progreso humano, lo infectaron en un hospital haciéndole una transfusión.

I. Asimov: A memoir salió a la venta póstumamente y en lo del “Te quiero, Janet” hay un asterisco que hace referencia a una nota al pie de página escrita por ella que dice que sí, que, efectivamente, las últimas palabras del gran maestro de la ciencia ficción fueron esas.

Asimov tuvo oportunidad de despedirse de sus lectores en columnas y artículos, y dejó claro que le hubiese gustado vivir para siempre, pero que, bueno, vivir 72 años estuvo bastante bien. Decía que su vida había sido satisfactoria y en eso se inspiraron sus editores para el título de un cuarto tomo de memorias que vendría a ser un resumen recopilatorio de los tres primeros (It’s been a good life, 309 páginas).

No muchos humanos considerarían que vivir encerrado picando teclas fuese una vida satisfactoria, pero cómo organizar satisfactoriamente una vida es algo que hay que dejar al criterio de cada cual. Dice la leyenda que, en una ocasión, un reportero listillo le preguntó qué elegiría si tuviese que elegir entre escritura y sexo, y, sin dudarlo ni un instante, como si ya llevase la pregunta pensada de antes, Isaac Asimov respondió que podía pasarse doce horas seguidas escribiendo sin cansarse.

 


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