10 años de El Listo
on 19/02/2013 at 11:04Ladies and gentlemen,
no sabría decir la fecha exacta porque, aunque gustoso, fue un parto largo y turbulento, pero sí que apostaría a que la idea del Listo surgió en 2001 y a que sus primeros cómics que subieron a Internet lo hicieron en algún momento del 2003, madre mía, hace ya una década, que se dice pronto, y en estos diez años España se ha venido abajo. Quizá sea un buen momento para recordar que correlación no implica causalidad, y, para, ya puestos, echar la vista atrás y sumergirnos en un cálido magma de nostalgia, confesiones y batallitas. En un momento de entusiasmo hasta quería sacar esto en forma de librito, para que fuese más cómodo de leer, pero al final me dejé de hostias y haré un post largo, que sale más barato.
Después de la fabulosa década de los 90 había empezado una nueva década que no sabíamos ni como se llamaba. Manu Chao, Carla Bruni y José María Aznar estaban en la cresta de la ola, y ser mileurista todavía se consideraba una vergüenza, no un privilegio. Empezaba un nuevo siglo y un nuevo milenio, los coches voladores debían estar a punto de convertirse en una realidad; y yo estaba a punto de terminar la carrera y andaba hecho un lío. Estudiar había molado, trabajar me daba un poco de mal rollo. Estaba a punto de convertirme en un ingeniero y no es que no me gustase la ingeniería en sí, es que no me entusiasmaban las condiciones en las que parecían trabajar los ingenieros que yo conocía. Mis amigos que ya habían terminado la carrera y se habían puesto a currar parecían haber envejecido de repente. Se ponían camisas de color azul claro y engordaban y vivían en tétricas oficinas de las que sólo salían un ratito cada noche, para ir a casa a dormir. Algunos llegaban a tiempo para cenar, otros ya habían cenado una pizza frente al ordenador. No estaba seguro de querer ser como ellos y fantaseaba con otras formas de ganarme la vida. Tenía novelas a medio escribir, pero escribir novelas también es un coñazo, parece glamuroso, pero implica un montón de trabajo. También había hecho algunos tebeos con mi amigo Miquel para la revista de la universidad. Yo guionizaba y Miquel dibujaba, y hacer tebeos parecía mucho más fácil y divertido que hacer novelas o que encerrarse en una oficina.
La revista de nuestra universidad se llamaba Distorsió, y los cómics que sacábamos en ella eran coñas de pocas páginas, muy endogámicas, con un humor muy adaptado al microcosmos del campus. Miquel y yo nos reíamos de cosas parecidas, éramos un buen equipo. En una ocasión había prescindido de Miquel y había dibujado yo mismo mi guión y la revista universitaria se había negado a publicar algo con tan mal aspecto. Su principal objeción era que estaba hecho a boli. Me enfurruñé mucho. Al final lo publicaron, en un número posterior, pero primero repasaron los dibujos con rotring. Sin embargo, los cómics con guión mío y dibujos de Miquel habían tenido una acogida relativamente buena. Nuestro greatest hit había sido uno de divulgación y especulación sobre la hipotética vida sexual de los telecos. En esa ocasión el que se había enfurruñado había sido el director de la Escuela Técnica Superior de Ingeniería de Telecomunicación de Barcelona, que había ido al despacho de la revista a explicar que eso que habíamos hecho era inadmisible y que dañaba la imagen y el prestigio de la universidad. Los editores de la revista se portaron entonces como unos cracks, y, si publicamos una carta disculpándonos por haber dibujado penes, fue sólo porque nos apetecía disculparnos, porque nos parecía muy chistoso. Este era pues nuestro currículum antes de empezar con lo del Listo.
Y ahora leo bastantes cómics. Me he ido aficionando, en parte para estar al día del state-of-the-art, pero también porque sí, porque a muchos autores buenos los he descubierto de mayor. Pero cuando era joven la verdad es que leía pocos tebeos y no pasaba nada, todavía no había llegado la moda de las novelas gráficas. De pequeño me había leído algún Spirou, todos los Tintíns y todos los Astérix, pero luego había dejado de banda los tebeos en favor de las novelas. No lo había decidido en plan snob, lo juro, fue un proceso natural e inconsciente. Y muchas de las novelas que leía eran de ciencia-ficción, un género que tiene tan poco glamour o incluso menos que los tebeos. Los domingos leía Pequeño País, eso sí, y de vez en cuando me compraba la revista El Jueves y los álbumes de Ivà y de Mauro Entrialgo, pero poco más.
El caso es que un día me pillé el Jueves, me imaginé a mí mismo pensando chistes tan graciosos o más que los que se publicaban ahí, me envalentoné y corrí a convencer a Miquel para hacer un proyecto juntos y mandarlo al semanario a ver si nos contrataban y nos ahorrábamos el tener que buscarnos un trabajo de verdad.
Mi idea para ese proyecto era alternar observaciones cotidianas a lo Ángel Sefija con divulgación científica y batallitas narradas en primera persona y protagonizadas por un personaje sabiondo y arrogante, capaz de opinar de cualquier tema que le pusiesen por delante. El proyecto y el protagonista se llamarían El Listo porque era un nombre que tenía mucha fuerza y porque siempre me ha parecido interesante vivir en un país de cazurros en el que el adjetivo listo se usa más como insulto que como halago. Me parecía que, dado que ya había muchos cómics de humor con protagonistas idiotas y muchos cómics de otros géneros con protagonistas inmaculados, sería novedoso hacer humor sobre los problemas y las neuras de un protagonista que fuese relativamente inteligente, un poco con la moraleja de que el intelecto no lo es todo. La verdad es que en aquel momento creía estar diseñando un personaje fresco y original. Luego me he dado cuenta que lo que tenía en la cabeza era más o menos un Frasier Crane rejuvenecido.
Afortunadamente, el Listo ha ido evolucionando con el día a día, ganando en matices y puliendo su personalidad, y no sé vosotros pero yo le he cogido mucho cariño, aunque no se me escapa que la primera descripción del personaje y los primeros guiones eran una mierda pinchada en un palo. Sin embargo, en pleno subidón de testosterona de los veintipocos, sí que se me escapaba, y agarré un sobre grande y marrón y metí en él la descripción del proyecto, una docena de guiones mecanografiados y dos páginas dibujadas por Miquel. Y podría haber mandado el sobre por correo pero ideé una estrategia mucho más ambiciosa: llevarlo en persona a la redacción del Jueves. Pensé que quedaba más serio y que con un poco de suerte me encontraría con el Albert Monteys o con el Álvarez Rabo o con la Chica del Viernes. No sé si estaban porque no pasé de la recepción, dónde una señora muy amable pero completamente vestida me dijo “ahá, bueno, vale, déjalo aquí” y se quedó con el sobre.
Pasaron algunos meses, terminé la carrera y todavía no había recibido respuesta. Como soy un hombre precavido, me enfrenté a mis miedos y me busqué un trabajo de lo mío.
El trabajo que encontré, todo hay que decirlo, fue peor de lo que había imaginado. Había temido pasarme un montón de horas diseñando robots y satélites y estaciones espaciales, y descubrí que tras un contrato de ingeniero en prácticas podían esconderse un montón de horas de anodinas tareas ofimáticas (Word, Excel, Powerpoint, Word, Excel, Powerpoint, Word, Excel, Powerpoint, etcétera). Salía de casa a las 8 a.m. y volvía a casa a las 8 p.m, anímicamente devastado. Cuando los jefes se despistaban, leía Dilbert online, y los fines de semana me ponía a hacer guiones como loco, porque me enteré de que Scott Adams había empezado siendo un oficinista gris y había terminado siendo un comiquero multimillonario de prestigio internacional y yo también quería algo así.
Mientras tanto, Miquel se sacaba carreras y doctorados de dos en dos, y encima tenía novia y tocaba el bajo en una banda de rock. No estaba para tantas tonterías como yo, que dedicaba gran parte del día a pulsar las teclas Ctrl+C y Ctrl+V y a fantasear con que me comía el mundo, de manera que busqué otro dibujante. Encontré a Guille, que por aquel entonces era joven e inocente y todavía no se había dado cuenta de que no necesitaba ningún guionista. Cuando se dio cuenta me busqué otro dibujante. Y encontré a Octavi, que fue el que me duró más, y empezamos a subir los cómics a la red de redes.
Poner un cómic online hoy en día es lo más natural del mundo pero a principios de siglo era algo raro que, al menos que yo supiese, sólo hacía Scott Adams. No me constaba que existiesen los webcómics ni los blogs, ni había smartphones ni Twitter ni Facebook, eso seguro. Sí que había Geocities, y molaba un mogollón. Ni se nos pasaba por la cabeza que algún día llegase a haber algo más molón que Geocities. Y allí hice mis primeras webs, sin WordPress ni Comicpress. Por no tener yo no tenía ni conocimientos rudimentarios de HTML. Cuando yo era joven no se enseñaba HTML en los institutos ni en las carreras de telecos. De CSS ya ni hablamos. La primera página del Listo fue elaborada con más ilusión que talento, y con el procesador de textos Microsoft Word. Editaba un documento de texto normal y le daba a “guardar como” con la extensión htm. Y como no se podían dejar comentarios, monté también un foro en Melodysoft, en el que entraba la gente a escribir burradas antes de que este comportamiento se conociese popularmente como hacer el troll, y por aquel entonces nos parecía divertidísimo.
De vez en cuando también entraba en el foro gente que nos daba a entender que nuestros cómics les gustaban y eso daba ganas de hacer más. Octavi dibujaba más lento de lo que yo guionizaba y al final empecé a colgar en la web mis propios garabatos. Primero de forma ocasional, luego ya aceptando mi destino de llanero solitario. Para que os hagáis una idea de mis inseguridades como dibujante os diré que algunas de las primera tiras en las que prescindí de Octavi se llamaban Tinieblas, Tinieblas 2 y Tinieblas 3 y trataban sobre la inquietante costumbre de hacer el amor con las luces apagadas.
Hablando de tinieblas, dejar de colaborar artísticamente con alguien es chungo, es un poco como romper con tu pareja sentimental: habéis compartido cosas, habéis hecho planes juntos, etcétera. Tratas de llevarlo lo mejor que puedes, tratas de ser amigos. Tratas de convencerte a ti mismo de que todo irá bien, que ha sido lo mejor que podía pasar, que encontrarás a otra persona o que no necesitas a nadie, que has soltado lastre.
Madre mía, menudos tres lastres solté yo. El primero quizá no publica tebeos en ninguna revista, pero en el IEEE publica artículos que llevan títulos como Hessian and concavity of mutual information, differential entropy, and entropy power in linear vector Gaussian channels; el segundo sigue dibujando y es ya un pez gordo de la redacción del mismísimo Jueves, y el tercero es un ilustrador de prestigio que, aunque no tenga tiempo para dibujar cómics regularmente, hace un par de años puso online cuatro viñetitas sobre videojuegos y obtuvo una Mención de Honor en The Escapist Webcomic Contest (prestigioso concurso yanki en cuyo jurado estaba Ryan North).
Pero bueno, con dibujantes buenos o sin ellos, el Listo estaba destinado a grandes gestas que procedemos a relatar. La primera de ellas fue el salto del noveno arte al séptimo arte, sin ni siquiera pasar por el octavo. En 2005 la productora mexicana Cosa de dos realizó la primera adaptación cinematográfica de una tira del Listo. Era una película de un minuto aproximadamente. Los del Youtube la toleraron unos meses pero luego la censuraron porque a la chica se le veían los pezones. Ojalá se conservase alguna copia. Yo lo flipé. Ver a dos personitas desnudas en una cama recitando un diálogo de tres líneas que había escrito yo me hizo mucha ilusión y sirvió de inspiración para una serie de micrometrajes que realizamos el año siguiente con los amigotes.
Inciso: tú te lees algún libro sobre Orson Welles o Stanley Kubrick y parece que hacer cine sea lo más difícil del mundo, pero no lo es. Hacer cine es fácil, sobre todo desde que existen cámaras digitales a precios asequibles. Hoy en día para hacer una buena película lo único que se necesita es talento. Y si no te planteas la limitación de que la película tenga que ser buena, ni siquiera lo del talento es indispensable.
En aquel momento quizá no éramos conscientes de ello, pero creo que estábamos muy influenciados por un movimiento fílmico vanguardista danés que se llamaba Dogma 95 y se oponía al uso de tecnologías cinematográficas elaboradas. El año 2005 ya no estaba tan de moda como lo había estado en los noventa, pero nosotros conectamos con su esencia e incluso fuimos un poco más allá: trabajamos con actores aficionados, para obtener ese toque de frescura que raramente se consigue con actores profesionales, rechazamos los efectos especiales y las iluminaciones sofisticadas, y, ya puestos a rechazar, hasta rechazamos los ensayos. Íbamos al cuarto en el que teníamos un ordenador, elegíamos la tira, tratábamos de memorizar los diálogos, íbamos al comedor, filmábamos. Si se nos escapaba la risa, repetíamos la toma. La primera toma en la que nadie se equivocaba ni se partía de risa era la buena. Luego pusimos títulos de crédito con letras blancas de tipografía Windsor sobre un fondo negro y música guai, mayormente jazz clásico, como si fuesen películas de Woody Allen. No puedo creer que los Premios Goya de ese año se los llevase casi todos Mar Adentro.
Pero los del Jueves seguían sin llamarme y mi trabajo de oficinista gris era un coñazo. Me busqué otro que tampoco era ninguna maravilla pero trabajaba menos horas y cobraba el doble. Sobre el papel, sin embargo, parecía un trabajo de menor categoría. Estaba subcontratado “por obra y servicio” para el servicio técnico de una poderosa empresa de telefonía, en un submundo digno de que algún día le dedique algunas viñetas. Se suponía que trabajábamos para solucionar problemas urgentes, y eso nos obligaba a estar ahí de las 7 de la madrugada a las 3 de la tarde o de las 3 de la tarde a las 11 de la noche, según el turno; pero los del turno madrugador no empezaban a trabajar hasta las 9 y pico que era cuando llegaban los jefes, y los del turno de noche se tocaban los huevos a partir de las 7 de la tarde, que era cuando los jefes se iban a casa. Los clientes podían pasarse días y días con la línea telefónica cortada antes de que les atendiésemos, pero nosotros ganábamos horas de interneteo. Era un poco aburrido, todos ahí, bebiendo cerveza y jugando a primitivos juegos online, y el aburrimiento lleva al sopor y el sopor lleva al lado oscuro. Empecé a mandar correos no deseados. En mi defensa, querría alegar que era joven y gañán y que en aquella época no estábamos tan concienciados con la etiqueta online porque el spam no era algo tan generalizado como hoy en día. Mucha gente guai ponía sus mails en todos lados con la ilusión de que los mindundis les escribiésemos, y era difícil resistir la tentación.
Ya en mis tiempos de ingeniero pre-venta había entrado en ignotos foros de Melodysoft a recomendar mi webcómic sin que viniese a cuento (perdón), pero fue entonces que me puse a escribir a autores a los que admiraba explicándoles eso, que los admiraba, que me gustaba mucho su trabajo y que yo también hacía cómics y que me encantaría que les echasen una ojeada y me diesen su opinión. Seguramente hoy en día haces esto y te mandan a la carpeta de spam directamente, pero a principios de siglo éramos todos más inocentes, y recibí respuestas amables de cracks de la talla de Forges, Calpurnio, Juanjo Sáez o Mauro Entrialgo. Es probable que ellos ya ni lo recuerden, pero a mí me ayudó un montón a tirar palante. De hecho, me entusiasmé y llegué a mandar el link de mis chorradas a celebrities que no tenían nada que ver con el mundo de los tebeos, llegando a cartearme, con resultados desiguales, con Pilar Rahola o el jefe de la Secretaría de Su Alteza Real el Príncipe de Asturias.
Es que por aquel entonces el príncipe Felipe Juan Pablo Alfonso de Todos los Santos de Borbón y Grecia estaba a punto de casarse con la reportera Letizia Ortiz Rocasolano, y por la tele hablaban de ellos a todas horas y decían todo el rato que eran ambos muy guapos y cosas así. Y ya sabéis cómo es la envidia en España: corrieron rumores de que la periodista no solamente carecía de sangre azul sino que ni siquiera era virgen, y coincidió con que estábamos haciendo un cómic sobre trucos para encontrar trabajo y nos pareció interesante que, en una viñeta en la que se hablaba de la importancia de tener contactos influyentes, se diese a entender que nuestro héroe podría haber sido un examante de la futura de reina de España y que el Listo podría tratar de usar esa experiencia extracurricular de cara a conseguir un empleo.
Era la primera vez que me dirigía por escrito a una futura reina, así que traté de usar un registro formal y un tono de aristocrático vasallaje: “Hola, somos un par de dibujantes de cómics amateurs que desde nuestra humildad queremos felicitar al Príncipe y a Doña Letizia por su unión. También desde nuestra humildad hemos querido tener un pequeño detalle para con ellos, dedicándoles el último cómic de nuestra página www.listo.tk con un guiño a la futura Reina de España en una de sus viñetas.”
Pasó el tiempo y nos olvidamos del asunto, pero luego un día sucedió algo raro con mi conexión a internet. Trataba de consultar el correo y no lo lograba. A principios de siglo en las viviendas del vulgo no llegaba todavía ni la fibra óptica ni el ADSL. Cuando te conectabas a internet no podías realizar llamadas telefónicas y si alguien te llamaba a veces se cortaba la conexión y el que te estaba llamando oía pitidos raros. Tampoco era habitual el uso de webmails, el correo solía venir en POP3 y había que descargarlo del servidor al ordenador antes de consultarlo, lo que podía tardar varios segundos o incluso minutos, durante los cuales era costumbre quedarse atontado mirando como avanzaba la barra de progreso y rezar para que los archivos adjuntos no fuesen powerpoints con frases de autoayuda y fotos de gatitos. Ese día la barra de progreso no avanzaba. Apagué el ordenador y volví a encenderlo. Lo mismo. Lo volví a intentar varias veces. Parecía que se me había estropeado el módem, pero en realidad el problema era que alguien me había mandado un mensaje tan inmenso que tratar de apreciar el movimiento de la barra de progreso era como tratar de apreciar el movimiento de la aguja de las horas en un reloj analógico. Cuando el mensaje finalmente se descargó, resultó que no llevaba título ni texto alguno. Sólo un misterioso archivo adjunto. La extensión del archivo indicaba que era un mapa de bits. El remitente del mensaje era la Casa Real Española.
Abrí el BMP y me encontré con una imagen en blanco. Luego descubrí que dándole varias veces al zoom out iba apareciendo una carta escaneada en la que ponía lo siguiente: “Estimados amigos: Me complace acusar recibo y agradecer su correo electrónico del pasado 20 de mayo, en el que tienen la amabilidad de felicitar a Sus Altezas Reales los Príncipes de Asturias por Su reciente enlace matrimonial. Sus Altezas Reales me encargan que, en Su nombre, les envíe un cordial saludo. Cordialmente, JAIME ALFONSÍN”.
Misterio resuelto: la Casa Real no sólo iba adelantada a su tiempo en lo que a escribir con muchas letras mayúsculas se refiere, también debían tener una conexión a internet de puta madre, porque en lugar de responder los correos electrónicos copiando y pegando un texto estándar en el cuerpo de un mail, lo que hacían era imprimirlo en hojas de papel de buena calidad, que luego sellaban, se las hacían firmar al jefe de la Secretaría de Su Alteza Real el Príncipe de Asturias, las escaneaban una a una a muy buena resolución y las mandaban en forma de mapa de bits. O quizá sólo me lo mandaron en ese formato a mí, como venganza por el cachondeito.
Esta anécdota suele ser muy bien recibida, a mucha gente le parece gracioso que le mandase un mail tonto a Doña Letizia y que su secretario me contestase, pero recuerdo que la conté en una fiesta del TMEO y recibí como respuesta un tibio “Bah, eso no es nada, mi primo se la folló bajo un camión en las fiestas patronales de su pueblo.”
Otra tontería típica de comiquero novato es entusiasmarse con el merchandising. Dice la leyenda que lo que se hacía antiguamente era primero hacerse famoso y luego aprovechar esa fama para vender camisetas y sacarse unos duros, pero a mí me pareció que si hacía ya camisetas todo eso que iba adelantando y que los que se las pusiesen se convertirían en hombres-anuncio y eso allanaría el camino hacia el Olimpo de la fama. Yo mismo me pongo a veces camisetas de mi propio webcómic, para vergüenza ajena de algunos tiquismiquis que lo consideran una falta de decoro. Y, en una época en que madrugaba mucho y me pasaba el día adormecido y atontado, cometí el error de ponerme una para ir al trabajo, con desastrosas consecuencias.
Como los del Jueves seguían sin responder y mi trabajo de técnico de telefonía parecía un callejón sin salida, me había apuntado a una lista de sustituciones de profesores. Al ser ingeniero no necesitaba hacer ningún curso de certificación de aptitudes pedagógicas, podía apuntarme directamente a dar clases de Tecnología, Tecnología Industrial, Electrotecnia y ciclos formativos de todo tipo, desde Mecánica a Peluquería. Los ingenieros somos así de chulos. Tuve suerte y la sustitución que me salió fue para un ciclo formativo de Informática, que era un tema que no dominaba con gran maestría, pero al menos me sonaba. Y ahí empecé a trabajar con críos. Bueno, los más jóvenes ya tenían sus buenos 16 años, pero hoy en día mimamos mucho a la chavalería y a esas edades todavía son muy críos y gustan de explorar cosas nuevas y jugar y hacer travesuras. A la que vieron llegar un profe que también era muy crío y llevaba una camiseta en la que ponía www.listo.tk, no tardaron ni un minuto a conectarse a ver qué había. Yo trataba de convencerles para que programasen una aventura gráfica en un entorno de texto a lo MS-DOS y ellos lo que hacían era trastear en mi foro. Cuando llegué a casa, esa tarde y también las siguientes, me pasé un rato borrando hilos de mensajes absurdos que incluían imágenes de ultraviolencia, cadáveres en descomposición, sexo muy bruto y cosas así. Recuerdo especialmente una foto de un niño muerto de unos seis años, con las cuencas de los ojos vacías y la boca llena de larvas.
Y ahora os voy a hablar de mis relaciones con la prensa y los periodistas, porque ha llegado el momento, no porque quiera buscar algún paralelismo entre los cadáveres en descomposición y el estado actual de la industria periodística.
En 2004 salió una reseña de El Listo en El País de las Tentaciones que decía tal que así “Es joven, pero no sobradamente preparado. Le llaman EL LISTO y protagoniza unas historietas digitales ilustradas con vivencias muy de hoy creadas por Águeda y Oki. De este cómic virtual español van ya 15 capítulos en pantalla. Y cada 15 días, uno nuevo.”
Ahora sois todos tan adultos y/o tan modernos que seguro que lo consideráis basura para adolescentes, pero en aquellos tiempos el Tentaciones era lo más, con su Cuttlas, su Alter Rollo, su Vida Mostrenca y sus imaginativos reportajes sobre las características de la generación X y el legado artístico y espiritual de Kurt Cobain. Y aunque esa reseñita no abrió muchas puertas ni trajo mucho subidón de tráfico a la web, moló un montonazo igualmente, y mi teoría es que al mostrarla por ahí otros lectores más o menos periodistas se creyeron que el Listo era digno de ser reseñado y estas cosas funcionan en plan profecía autocumplida. Algo que sale en la prensa porque parece importante seguramente parece importante porque sale en la prensa.
Así, a lo largo de estos 10 años han mencionado los cómics del Listo en medios tan modernos como Radio 3, Miniguide o Le Cool y en medios tan clásicos como el ABC, El Mundo o el Diario de Bergantinos, en revistas juveniles como Cuore o el El Jueves, en periódicos de mayores como el Noticias de Álava o El Correo, en radios universitarias online como Uniradio o Radio Art y radios normales como COM Ràdio, la COPE, Catalunya Ràdio o la SER, en teles tan chungas como TVE y Antena 3, e incluso en el Público, La Información, ADN, Qué, El Economista, El Confidencial, el Ciberpaís, etcétera. Normalmente ha sido en contextos de interneteo, emprendedurías o curiosidades de la vida, más raramente en contextos relacionados con los tebeos. A la mayoría de expertos en el noveno arte de este país todo lo relacionado con los cómics online todavía se la suda bastante.
Tengo dos teorías no excluyentes para tratar de explicar por qué los expertos en cómics pasan de los webcómics. Una es que, como son expertos, saben lo que es bueno y no pierden el tiempo con lo que no lo es. La otra teoría es que son unos perracos que sólo leen lo que les pasan las editoriales en forma de ejemplares de prensa.
En todo caso, gracias al Listo he tenido el placer de tratar con periodistas, y ha sido muy interesante. Algunos periodistas de la vieja escuela antes de ponerse a escribir sobre algo quieren entrevistarse con el responsable de la cosa. Uy. Hablar con alguien, que éste lo grabe o tome notas y luego escriba lo que has dicho y tú lo leas, es una forma muy traumática de darte cuenta de que al hablar decimos tonterías y nos liamos y raramente expresamos exactamente lo que pensamos que estamos expresando. Por fortuna, hoy en día el oficio de periodista ya no es lo que era, y a menudo las entrevistas se pueden hacer en pijama, cada uno en su casa, gracias a la magia del correo electrónico. Habrá a quién no le guste, habrá a quién le parezca que sustituir una entrevista “de verdad” por un par de mails es hacer trampas (y que se nota cuando lo lees, porque el diálogo no fluye), pero el entrevistado poco acostumbrado a que lo entrevisten gozará de horas y horas de repasar y reescribir respuestas hasta dejarlas total y absolutamente satisfactorias. Luego las releerá una vez más y las mandará a un entrevistador que, en ocasiones, para no irse a dormir con la sensación de haber trabajado poco, pillará una frase que dentro de la entrevista tenga un sentido pero descontextualizada tenga otro, y la pondrá, bien grandota, a modo de titular.
Gracias al haber sido entrevistado por los medios, ahora soy consciente de que cuando leo la prensa en diagonal y sólo miro los titulares no me estoy enterando de nada. No tengo tiempo tampoco de leerlo todo en profundidad, pero bueno, al menos ya no me engaño a mí mismo. Si mi opinión sirviese de algo, diría que sólo las personas con un excelente nivel de comprensión lectora deberían estar autorizadas a redactar titulares. Os juro que una vez en una entrevista dije “Podría parecer que A pero en realidad B” y la frase que apareció encabezando la entrevista fue el fragmento “A”.
Y una vez salió una reseña sobre la Antología del webcómic en un periódico de esos fachas que cuando crece el paro todavía culpan a Zapatero. La Antología del webcómic era un librito de 160 páginas editado por David Prieto en cuyo prólogo escribí “Entre 2003 y 2009 se han publicado mil millones de webcómics (aproximadamente) y tener que elegir sólo algunos no debe haber sido tarea fácil”, creyendo que, en un contexto claramente humorístico, la cifra mil millones era lo suficientemente absurda para interpretarse como un chiste. El periódico, sin embargo, no estaba escrito en tono humorístico y afirmó que: “Desde 2003, según recuerda Águeda en las líneas que presentan la edición, son miles, incluso millones, los webcómics lanzados a la red”. Miles, incluso millones. Quizá no tendríamos que dejar que los periodistas de la sección de cultura de los periódicos fuesen todos de letras.
En la radio es más difícil tergiversar, pero es un clásico grabar entrevistas hechas por teléfono y luego fingir que el entrevistado está hablando en directo cuando se emite el programa. De ahí que en varias entrevistas radiofónicas se me oiga equivocándome al saludar, en plan “buenos días, perdón, buenas noches” o cosas así. Una vez me entrevistaron para una radio universitaria de México y era en directo, pero me lié igualmente entre días y noches porque la universidad estaba en otro huso horario.
En todo caso, para trolas, la televisión. En 2008 salí en un programa cuya premisa era que una reportera recorría España conociendo internautas y alojándose en sus casas. Los internautas la agasajaban y le mostraban los sitios molones de cada localidad. Daba muy buen rollo, pero era casi todo ficción. María era simpática y atractiva, más de un internauta hubiese dado un brazo por acomodarla en su guarida, pero cohabitar con reporteras de buen ver no suele ser tan fácil como parece en la tele. El caso es que antes de empezar a grabar me explicaron el guión del recorrido, me mostraron el bar molón al que iríamos (el que se suponía que era yo el que lo conocía y se lo recomendaba a ella), y me pidieron si podía traer algo de merchandising para hacer como que se lo regalaba. Si hubiese tenido algo nuevo se lo hubiese regalado de verdad porque soy un gentleman, pero sólo le traje un par de camisetas usadas porque en aquel momento eso era todo el merchandising que tenía en casa, y, justo después de filmar el plano en el que María finge sorpresa y agrado y da a entender que son unas camisetas estupendas para ir a la playa, ya me las devolvió. La moraleja es que cuidado con los medios de comunicación de masas, que manipulan hasta en los asuntos más banales e intrascendentes, imaginen lo que debe pasar con las informaciones importantes que mueven intereses políticos y financieros.
Esa entrevista moló mucho, quedó de puta madre y es quizá la más vista de todas mis intervenciones en los medios, por algún motivo que desconozco la siguen emitiendo y reemitiendo de vez en cuando, tanto en Neox como en Antena 3 Internacional. Mis alumnos lo vieron, y fue un poco como salir del armario. Por suerte, la mayoría de ellos eran prácticamente analfabetos y no llegaron a visitar la web. El cachondeo al que me sometieron no tenía que ver con el hecho de que el profe dibujase cómics de temática adulta, simplemente venían y me gritaban el nombre del canal de televisión en el que me habían visto: “¡Neeeeeeox! ¡Neeeeeeox!”.
Inciso: en vistas de que los tebeos no tenían pinta de convertirse en el sustento de mi vejez, me había puesto a estudiar unas oposiciones, y al primer intento me tumbaron, pero al segundo intento conseguí una plaza de profesor de Tecnología de la ESO en un instituto del extrarradio; de manera que los chavales con los que trataba en aquella época eran más jóvenes y menos aficionados al interneteo que los que me colgaban las fotos de cadáveres en el Melodysoft.
Por otro lado, al ser funcionario, reflexioné sobre la responsabilidad que este nuevo cargo acarreaba, y empecé a sospechar que mi afán de mantener una apariencia seria y respetable ante los chavales sería difícil de conciliar con mi afán de hacerme famoso dibujando burradas por internet. Iba a ser duro tener que elegir uno de los dos caminos, especialmente teniendo en cuenta que lo más probable era que, hiciese lo que hiciese, no consiguiese ni una gran fama en los medios ni un gran respeto en las aulas. Tras pensarlo muy fuerte, elegí priorizar la microfama por encima de la apariencia de respetabilidad, no sólo porque la recompensa parecía mayor, sino porque también el camino parecía mucho más fácil y divertido.
No me arrepiento. Unos años más tarde me mandaron al instituto en el que trabajo ahora, que es menos chungo, y en el que abundan los chavales que leen de todo y googlean los nombres de los profesores para cotillear, y no pasa nada. Me explicaron que hay otro profesor que también sale mucho en internet, porque fue secretario general de Ciutadans y además escribe artículos en Libertad Digital, y tampoco pasa nada.
En todo caso, puedo garantizar que los chavales que leen cómics suelen ser los más listos de la clase. Yo cuando les doy temas de Informática insisto mucho en que hasta que no cumplan los 18 no deberían conectarse a internet sin la supervisión de un adulto, pero lo digo más que nada para cubrirme las espaldas.
Hay autores que tratan de disociar su personalidad como autor de cómics de su personalidad como persona y trabajador en ambientes en los que hacer humor podría no estar bien visto, lo que puede llegar a generar hilarantes complicaciones dignas de teleserie. Algunos tratan de rodearse de un halo de misterio, otros llegan a inventarse biografías ficticias. Es como ser esquizofrénico pero adrede. Así de horrible es el mundo en el que vivimos. No puedo deciros sus nombres, pero hay un prestigioso pintor de arte contemporáneo y un dibujante de divertidísimos cómics guarros que son la misma persona. Secretos así son difíciles de mantener en la era de la información digitalizada. Deberíais ver los pollos que se montan en sus respectivos artículos en la Wikipedia entre los partidarios del conocimiento verdadero y los partidarios de respetar la intimidad de la gente y dejar que el pobre hombre siga tomando el pelo a sus lectores.
Pero si no tienes secretos, la Wikipedia es una maravilla. A los más pequeñajos les hace también especial ilusión encontrar profes en la popular enciclopedia online, la inclusión de tu nombre en la Wiki es lo que les marca la frontera entre la gente importante y la gente normal, andan confundidos ante el hecho de que una persona famosa se preste a dar clases en un instituto. Dar clases en un instituto, en la cosmogonía interna de los adolescentes españoles, es caer en lo más bajo. Sin embargo, ser famoso es sinónimo de riquezas y estatus. Eso les confunde. A modo de ejemplo os diré que un día en clase de 2º de la ESO salió el tema de los Premios Nobel y un niño levantó la mano y me preguntó si yo tenía alguno. Estuve a punto de subirle la nota.
Otra cosa que da mucho glamour y que se puede compaginar muy bien con una carrera docente es participar en exposiciones. Recuerdo la primera con especial ternura. La lió Juan Ramón Mora y trataba sobre la especulación inmobiliaria. No tuve ni que mandarle originales, le mandé archivos en TIF, él los imprimió en cartón pluma, y ya está. La exposición se llamaba Especula en acción y se inauguró en Málaga, pero luego se hizo itinerante y corrió por toda España. El hecho de pasarnos por el forro del prejuicio ancestral de que sólo las obras originales merecen ser expuestas permitió que la itineración fuese mucho más fluida, llegándose a dar casos de bilocación en los que las mismas obras se exhibían en varias poblaciones de forma simultánea. Yo había hecho una tira que trataba con optimismo la posibilidad de que la burbuja inmobiliaria explotase. Era 2006 y daba por sentado que la explosión iba a molar. Ahora España está llena de expertos en economía especializados en practicar la predicción retrospectiva que te lo analizan todo de puta madre y ya se veían a venir el saqueo, pero, por aquel entonces, aunque en mi casa intuíamos que tarde o temprano los especuladores se iban a meter una hostia, ni se nos pasó por la cabeza que los hijos de puta que nos gobiernan salvarían a los especuladores a base de jodernos a nosotros, desmantelando la educación, la sanidad y los derechos de los trabajadores.
Y después de esa exposición vinieron otras, la mayoría con fines solidarios y divulgativos (que si desempleo, que si libertad de prensa, que si desastres ecológicos en parques naturales…), pero no todo iba a ser sufrimiento en esta vida, también dibujé una lluvia dorada para una muestra de humor gráfico erótico que hicieron en Cuba y que me hubiese encantado visitar pero me pillaba lejos. Y también participé en una exposición de humor gráfico sobre la relación entre Catalunya y España en la que casi todos los viñetistas parecían estar muy concienciados con la causa patriótica menos yo, que siempre he sido más de quemar banderas que de enarbolarlas. La exposición estaba organizada en diferentes bloques temáticos y a mí me pusieron en uno titulado “No ens entenen”.
De todas formas, lo que consagra realmente un artista es que le dediquen una exposición retrospectiva en un museo. Eso sí que chana y lo demás son niñerías. Cuando dedicaron una exposición al Listo en el Museo del Cómic de Calpe me emocioné tanto que me sentí obligado a levantar el culo del sofá e ir a verla, aunque tuviese que pernoctar fuera de casa.
Calpe, por si alguien no lo sabe, es la California del Mediterráneo, y así consta por escrito en las tumbonas que alquilan en sus playas. Está cerca de Benidorm, para que os hagáis una idea, y hacen unos buenos arroces y tienen un peñón muy bonito y muchos equipamientos culturales.
En Barcelona se hablaba a veces de construir un Museo del Cómic, pero todavía no había arrancado ni había muchas esperanzas de que llegase a hacerlo. Era bonito que una localidad tan poco céntrica como Calpe ya tuviese el suyo.
“Bueno”, nos confesó una calpina con la que trabamos amistad y hablamos del tema, “esto es cosa del alcalde que había antes, que montó muchos museos y cosas así porque le gustaba mucho…” Pausa dubitativa. La calpina sabía lo que quería decir pero estaba tratando de encontrar el eufemismo adecuado para no parecer desconsiderada. “¿Le gustaba mucho la cultura?”, dije yo tratando de ayudarla a terminar la frase. “Bueno… no tanto la cultura como las placas, ya veréis”.
No entendí exactamente a qué se refería hasta que dimos una vuelta por el pueblo y en una plaza vimos una placa que decía “Plaza inaugurada por Francisco Javier Morató” y en la plaza siguiente vimos otra placa parecida, y fue empezar a fijarse y verlas por todos lados, en los edificios, en las estatuas, en las fuentes. La densidad de placas por metro cuadrado superaba la de cualquier otra población que hubiese visitado en mi vida. Si habéis estado en París me diréis que en París también hay muchas placas por los sitios, pero no se puede comparar porque París es mucho más grande. Por otro lado lo de Calpe es más divertido porque sus placas, en lugar de llevar nombres como Proust, Joyce o Chopin, llevan todas el nombre de Francisco Javier Morató, el inaugurador.
Sin embargo, podéis reíros de los calpinos todo lo que queráis, pero ellos tenían un Museo del Cómic y nosotros no. No era un museo tan grande como el Louvre, pero era de dos plantas, y en la fachada, a parte de una placa con la cara del Corto Maltés y el nombre de Francisco Javier Morató, había un trompe-l’oeil muy interesante, con Supermán volando y Spiderman pegando saltos. La entrada era gratuita y no había exposición permanente. Durante esa temporada todo el museo estaba dedicado a mi obra pictórica. No eran originales, pero estaban bastante bien imprimidos y enmarcados. Sólo en un par de ellos se les habían quedado aplastados bichitos entre el papel y el cristal. Y, en un alarde de buen gusto, las obras más verdes de entre las que les había mandado las habían puesto en el piso de arriba, alejadas de las miradas de los abuelitos poco amigos de subir escaleras. Un conserje custodiaba el edificio y, como tampoco había las colas multitudinarias del Louvre, aprovechaba para hacer manualidades de cuero con la ayuda de una navaja y un tubito de pegamento instantáneo.
Me parecía muy fuerte tener todo un museo dedicado a mi obra, y me entraron muchas ganas de celebrarlo. Esa exposición había que inaugurarla. Busqué un supermercado y estuve un buen rato dudando si comprar champán o comprar alguna bebida no alcohólica, porque no estaba seguro de cómo reaccionaría el conserje del cuchillo si le montábamos un botellón en el museo. El conserje y el arma blanca que manejaba eran ambos de tamaño considerable, y el hecho de que la exposición hubiese abierto sus puertas a principios de junio y yo no hubiese podido acercarme a Calpe hasta finales de agosto restaba puntos al argumento de que el champán casi puede considerarse la bebida reglamentaria de las inauguraciones y los saraos artísticos en general. Opté por la prudencia, y nos pegamos un buen brindis de zumito todos los asistentes, que eran seis personas: la directora de los Museos de Calpe, que se llamaba Amparo y era muy simpática, dos compañeros suyos del curro que también nos cayeron muy bien, el conserje de la navaja, mi chica y yo. No estoy seguro de si también se podría considerar una falta de protocolo muy grave o qué, pero, ya puestos, firmé el libro de visitas de mi propia exposición. Era muy gordo y estaba casi todo en blanco, pero algún comentario amable había, a parte de los que puse yo y los que puso mi chica.
Después de exponer las viñetas del Listo, el Museo del Cómic de Calpe cerró sus puertas definitivamente, pero Amparo me dijo que no había sido por eso.
Me recordó una vez que me entrevistó un periodista al que justo después de entrevistarme echaron del periódico en el que trabajaba. También me dijo que no lo habían echado por eso, y, para que no se pudiese considerar perdido el ratito que le habíamos dedicado a lo de mandarnos mails con las preguntas y las respuestas, puso la entrevista en un Google Sites.
Pero bueno, a lo largo de estos diez años también he colaborado con bastantes revistas y fanzines y sitios online, y no todos han cerrado. Sí que han cerrado Le Potage, el Cretino y el Weezine, pero los demás, que yo sepa, todavía no.
Y soy muy fan de cualquier publicación que no se avergüence de incluir viñetas del Listo en sus páginas, porque eso debe significar que tienen un sentido del humor que conecta con el mío, pero algunas de ellas merecen mención a parte cada una por motivos diferentes:
Por ejemplo, de los fanzines Kristal y Monográfico, entre otras muchas cosas, hay que admirar su empeño en colorear mis viñetas pese a que son un poco incoloreables porque no siempre cierro las líneas que delimitan los contornos de los personajes.
Y la revista del CEESC (el Colegio de Educadoras y Educadores Sociales de Catalunya), destaca porque fue la primera que apostó por nuestros garabatos y porque hasta se dignó a pagar por ellos, lo que constituye una prueba más de que la gente que se dedica a la educación social son buenas personas. El problema es que cuesta hacer chistes sobre ellos porque son un colectivo encantador y porque carecen de clichés y arquetipos tan fácilmente caricaturizables como los de los ingenieros, los psicólogos o los economistas. Sudé un montón en cada tira; cada vez que conocía una educadora social le pedía que me contase anécdotas de trabajo para sacar ideas, y lo que recopilaba eran historias muy tristes, más fáciles de adaptar en forma de melodrama o de novela gráfica que en forma de tira cómica.
Hay familias que viven en Menorca y nunca han visto el mar. Hay niños violados por sus propios padres que rayan y se mean en los coches de las educadoras sociales que tratan de ayudarles. Hay drogadictos capaces de cometer todo tipo de atrocidades para sufragar su adicción. Hay viejos que agonizan en soledad y en condiciones poco higiénicas. Algo de humor podía sacarse de esas historias, pero era un humor bastante negro, poco apropiado para una revista de un colegio profesional. Tras arduas cavilaciones siempre terminaba saliendo algún gag, y luego a veces teníamos que retocar los diálogos hasta que fuesen del agrado de unos editores especialmente entrenados en el arte del eufemismo. Los viejos, por ejemplo, se convertían en abuelos, los perdedores se convertían en personas con problemas, y los abusos sexuales se convertían en desgracias sin especificar. Al final quedaban unas tiras poco chistosas, pero nos las publicaban y nos las pagaban. Todavía nos queda la sospecha de que todo ello formó parte de algún proyecto humanitario para minimizar los riesgos de exclusión social de los dibujantes de cómics underground.
Y el TMEO y El Estafador destacan por ser publicaciones de humor excelentes y consagradas, que al acoger al Listo en sus respectivos senos le han dado mucho caché y visibilidad, y también porque de vez en cuando montan fiestas en las que he podido conocer a comiqueros a los que leía y admiraba y me han tratado como si fuese uno de ellos, lo que podría parecer poco reseñable, pero cuando tratas con gente de la que tienes un concepto muy elevado, que te traten a ti de igual a igual resulta muy halagador. Y los que dicen que hacer trayectos largos en coche es aburrido es que nunca se han pegado un viaje de ida y vuelta Barcelona-Vitoria con Abarrots, Roger y sus respectivas señoras.
El Estafador monta muchas fiestas, que si cenas, que si meriendas, que si conciertos ilustrados. Lo de los conciertos ilustrados es especialmente bonito. Es como un concierto normal, pero con pantallote en el que se proyecta lo que vamos dibujando en directo mientras suena la música. Los músicos estarán acostumbrados a hacer lo suyo en directo, yo soy más de dibujar en casa, con la calma, de hecho soy más de pensarme chistes que de dibujar en sí, me ponen a dibujar en directo en un escenario y me salen una mierdas considerables, pero, esa es la magia del rocanrol, todo lo que se haga sobre un escenario parece mucho más molón.
En el concierto ilustrado que montó El Estafador para celebrar su nº 100 tocaba un grupo indie que se llamaba La Estrella de David y que está muy bien, y dibujábamos, por turnos, una pandilla de pintamonas considerable, y ahí, por todo lo alto, saltándose los turnos con total alegría, estaba un prestigioso ilustrador y diseñador valenciano, pero prestigioso de verdad, de los que reciben encargos para diseñar mascotas olímpicas y cosas así. “¿Has visto quién está ahí?”, le pregunté a mi chica, orgulloso de haber compartido escenario con uno de los diseñadores más famosos y más importantes del mundo. “Claro que lo he visto, si hasta me ha tirado los trastos”. Tuve la suerte de que mi chica no se dejó tentar por el glamour del dinero, la fama, el prestigio social y el talento artístico, y, pasado el susto inicial, hasta me hizo ilusión que una celebridad hubiese intentado ligarse a mi chica. Al cabo de un tiempo, nos reunimos varios dibujantes de El Estafador y empezamos a rememorar el concierto y resultó que tampoco se trataba de una anécdota muy exclusiva. “Mi churri también me dijo que le había tirado los trastos”, dijo uno. “A la mía también”, dijo otro. Etcétera. Ahora a parte de su fama, prestigio y talento, envidio también su energía. El tío tenía 60 años y mucha más vitalidad que media docena de treintañeros.
El TMEO no es una revista normal, de esas que te encuentras en los quioscos, las librerías y los aeropuertos. Sí que se puede encontrar en muchas librerías especializadas de España, pero ese no es su hábitat natural, su hábitat natural son los bares del País Vasco. Tiene una doble red de distribución, la “normal” y la suya, la de toda la vida. La distribución normal es modesta comparado con la otra, que la hace un señor con un carrito de la compra y una camioneta, de bar en bar, de pueblo en pueblo. Nadie es imprescindible, dicen a veces los que no quieren que nos estresemos o los jefes que tratan de amenazarnos… pero el repartidor del TMEO sí que lo es. El día que se jubile o se busque un trabajo serio estamos jodidos. En una ocasión se torció el tobillo saltando desde el escenario de un concierto de rock. Ese mes el TMEO no salió.
El TMEO lleva desde los ochenta fiel a una filosofía tan libre, ácrata y antitodo que es un milagro que todavía se publique regularmente excepto cuando el repartidor se lesiona el tobillo. Ahora está de moda meterse con la Familia Real y hacer chistes de etarras, pero durante 25 años los temeolaris fueron los únicos que se atrevieron a tocar ciertos temas, y lo hicieron con la más absoluta irreverencia y desfachatez. Hubo algunos problemillas con la Guardia Civil por una pegatinas sobre las infantas o algo así, pero, que yo sepa, nada grave. Y ya va por el número 122 y el único TMEO que no llegó a publicarse fue el número 11, pero no por nada, sólo porque cuando lo llevaron a imprenta se dieron cuenta de que no habían puesto el número el número en la portada. El de la imprenta les preguntó qué número tocaba y el que llevaba los papeles dijo “eh… el doce” y sólo falló de uno. Y después de sacar el undécimo TMEO con el número 12 llegó el momento de sacar el duodécimo e imagino que se barajaron las posibilidades de volver a poner el número 12, que era el que tocaba, o poner el 11 para que así los coleccionistas pudiesen jugar a tenerlos todos, pero al final decidieron pasar al 13, disimuladamente, y los coleccionistas que se jodan, todavía andan como locos buscando el número que les falta.
Más o menos en aquella época, el TMEO empezó el experimento de venderse en todo el Estado a través de una distribuidora nacional (hasta aquel entonces sólo se distribuía por el circuito de bares) y encima cometieron la imprudencia de empezar a pagar a los dibujantes. Pero las temeridades también se pagan. Cinco ejemplares más tarde tuvieron que aceptar el hecho de que estaban arruinados. El cierre de la emblemática revista era inminente. El único cash que quedaba en las arcas del TMEO era un calcetín en el que el repartidor echaba la calderilla que le sobraba cuando hacía la ronda de cobros por los bares. El repartidor fue a su casa, hurgó en la cesta de la ropa sucia hasta encontrar el calcetín y se puso a contar monedas. Encontró más de cien mil pesetas. De las de entonces. Ese dinero salvó la popular revista vasca cuando ya todos lo daban por muerta y la Anécdota del Calcetín se convirtió en una leyenda que seguramente seguirá transmitiéndose de generación en generación porque es muy ilustrativa de la idiosincracia temeolari.
En todo caso, ya no pagan a los dibujantes por las viñetas de cada revista, pero sí que lo hacen todavía cuando sacan álbums recopilatorios. En 2011 sacaron uno del Listo, y el mismísimo Mauro Entrialgo me hizo el prólogo. Ése fue el momento cumbre de mi carrera artística, a partir de entonces me considero un autor importante y me tiembla menos la voz cuando hablo con tías buenas en las discotecas.
Tener un álbum en papel es un lujo, y que te lo prologue Mauro Entrialgo todavía más, porque es el mejor historietista de España. Tengo muchos tebeos suyos y la mayoría me los he leído varias veces. En los momentos más variopintos, me vienen chistes suyos a la cabeza. Casi cualquier situación de la vida ha sido analizada por Ángel Sefija, o caricaturizada en las Plétoras de Piñatas. Y cuando salía de noche con mis amigos ligones ellos me contaban teorías de Mario Luna y Ross Jeffries y yo les contaba teorías del Demonio Rojo. Tiene varios personajes de moralidad cuestionable, pero el peor de todos es Herminio Bolaextra, el periodista tritesticular que se pasa el día drogándose y cometiendo gamberradas y en ocasiones ha aparecido descrito como “un reportero malnacido y drogadicto, pero como persona extraordinaria”.
Los profesores de instituto tenemos extraordinarios rituales uno de los más pintorescos es lo que llamamos reuniones de equipo docente, que consiste en reunirnos periódicamente para leer los nombres de nuestros alumnos e ir comentando como va cada uno de ellos. Para casi todos los chavales de casi todas las clases solemos repetir variaciones de: “este tendría que esforzarse más, podría sacar mejores notas”, pero en casi todos los institutos hay algunos piezas para los que queda poca esperanza, chavales más propensos a la jarana, el consumo de estupefacientes y la violencia física y verbal, que a los estudios. Cuando, siguiendo el orden alfabético llegamos a ellos, los profesores empiezan a compartir anécdotas y agravios “pues yo le dije y el me dijo” y opiniones de que su comportamiento es intolerable y tal. Suele haber consenso en valorar poco positivamente su actitud, inteligencia o civismo, pero tarde o temprano algún profesor se las da de magnánimo y se esfuerza por encontrarle alguna virtud al gilipollas de la clase. Dice que bueno, que a su manera el chungo de la clase no es tan mal chaval o que a su manera no es tan tonto o que en el fondo es buena persona. Y yo muchas veces no puedo evitar acordarme de Herminio y decir que sí, que “como persona extraordinaria”. Como los compañeros del equipo docente no suelen partirse de risa ante el comentario, deduzco que la obra de Entrialgo no es todavía tan conocida como debería.
Yo me la conozco lo suficiente como para citarla de vez en cuando pero tampoco tanto como para acordarme exactamente de todos los miles de chistes buenos que habrá hecho, con los problemas que eso conlleva. Por ejemplo, un día releía un viejo tebeo suyo y he encontrado un chiste parecido a algún chiste que había hecho yo luego. Podría caer en la tentación de ampararme en ese fragmento del bestseller Autopista del maestro Jaume Perich que decía: “Coincidencias: Es posible que alguna de las cosas que escribo las hayan leído antes en otra parte. No pretendo ser el único hombre inteligente del mundo”, pero no hay que descartar otras hipótesis más verosímiles. Por ejemplo, el cabrón de Mauro podría tener una máquina del tiempo y estar usándola para copiar mis viñetas, pero lo más probable es que yo hubiese leído sus chistes, los hubiese disfrutado, los hubiese olvidado y luego los hubiese recordado creyendo que me los inventaba.
…
También fardé mucho por publicar garabatos en la revista Mundo Latino de Israel, porque me da morbo que me lean en paises exóticos a los que me daría miedo ir de vacaciones. Pero un día me pidieron si podia hacerles una viñetilla para celebrar la liberación de Guilat Schalit y, aunque parecía un reto muy interesante, me acojoné y rechacé el encargo. Antes, por supuesto, consulté la Wikipedia para ver quién era Guilat Schalit. El pobre diablo era un soldado israelí al que los militantes de Hamás habían capturado en 2006 y no soltaron hasta que, cinco años más tarde, se pactó su liberación a cambio de la liberación de un millar de presos palestinos. Si fuese un tema de etarras contra guardiaciviles les hacía un chiste en un plis, pero la Franja de Gaza me pillaba lejos y me venía un poco grande, y además me daba un poco de yuyu pensar que mi público potencial eran los malos de los cómics de Joe Sacco.
Por su parte, Tinta de Calamar, el blog gastronómico de la Cadena Ser, destaca porque trata exclusivamente sobre gastronomía, un tema que también desconozco bastante, aunque mis padres me educaron muy bien y raramente dejo comida en el plato. Como agradecimiento por mis viñetas, un día me invitaron a cenar al Hotel Hilton, que tiene un montón de estrellas, pero no me dejaron ir con mi churri, y me vi obligado a compartir mesa con periodistas especializados en turismo y gastronomía, con el director del hotel, y con una señora de RRPP. Y cada plato y cada botella de vino que servían salía el chef Cristóbal Pío a explicárnoslos. Cristóbal Pío es un un tío muy majo, pero yo no estoy acostumbrado a movidas refinadas, me sentía un poco fuera de lugar. Los tentempiés que nos dieron antes de la cena me parecieron muy raros, pero lo que más me pilló por sorpresa fue que, al llegar, el director del hotel tratase de quitarme el abrigo. Me puse a la defensiva porque en los bolsillos tenía cosas importantes y temía por ellas, pero resultó que el director del hotel sólo quería mi abrigo para colgarlo él en un perchero, se ve que los pijos no suelen usar los percheros sin asistencia. No llegamos a forcejear, pero sí que me hizo pasar un poco de vergüenza. Luego ya demostré tener muchas más tablas que los periodistas especializados en turismo y gastronomía, porque de toda la mesa creo que fui el único que se terminó los postres y todas las copas de vino que nos sirvieron. Esa pandilla de advenedizos no debían tener ni idea de la pasta que valía todo el chocolate que dejaron en el plato con el rollo de que ya estaban llenos. Por otro lado, me enorgullezco de haber resistido toda la cena sin quitarme los zapatos.
Y lo 20 minutos también moló. Estuve dibujando para ellos un año, todavía presumo de ello en el CV, omitiendo pequeños detalles como que publicaban mis viñetas en su web pero no en su periódico y que no pagaban ni un duro. Pero con contrato y todo, ojo. Como me habían dicho que darían mucha visibilidad y promoción a mis garabatos, me presté a firmar un contrato en el que cedía mis derechos de reproducción, distribución y comunicación pública, garantizaba confidencialidad sobre el asunto incluso durante un año después de la finalización del contrato, y prometía no cederles derechos de reproducción y publicación de mis obras a Prisa, Vocento, Planeta u otros medios de comunicación online que pudiesen ser competencia directa de 20 minutos.
Lo dejé al cabo de un año y escribí un ladrillo en el que contaba la experiencia, creyendo que el gremio viñetista estaría orgulloso de mí y me felicitaría por haber ayudado a visibilizar la precariedad del sector, pero no fue exactamente esa la reacción mayoritaria.
Llegué a encontrar un foro de ilustradores profesionales en el que había dibujantes excelentes criticando mi afición a ofrecer los garabatos del Listo gratis a todo el que los quisiese, y un día que estaba inspirado me di de alta en el foro con la intención hacer amigos, pues en sus críticas me pareció encontrar un subtexto que daba a entender que valoraban mi trabajo y que quizá me iban a pasar contactos de revistas que pudiesen estar interesadas en publicarme pagando o que me rebotarían los típicos encargos remunerados que a veces uno no puede asumir por falta de tiempo. Además, ya puestos, ese debate sobre lo que yo hago o dejo de hacer en mi tiempo libre pensé que quizá podría enriquecerse un poco con mi punto de vista. Pero me quedé sin aportarlo, porque resultó que tenían el foro organizado en secciones y los que no nos dedicábamos profesionalmente a la ilustración no éramos bienvenidos en las secciones en las que participaba gente.
La sección en la que dejaban participar a los diletantes estaba muerta. Yo lo que quería era debatir en las secciones en las que se hablaba de la dignidad del oficio y se contaban chistes como “¿En qué se diferencia un ilustrador de una pizza de anchoas? En que la pizza puede alimentar a una familia de cuatro miembros.”
Si alguno de esos ases de la ilustración lucrativa quiere comprender el misterio de por qué hay tanta gente que disfruta dibujando y compartiendo gratis sus dibujos, no le quedará pues otro remedio que leerse este librito hasta el final. Aunque ya os adelanto que mis bolsillos siguen abiertos a propuestas remuneradas y que todos somos fans de las riquezas materiales, pero que dibujar gratis es dibujar en libertad, y casi todo lo que dibujo lo dibujo como me da la gana y lo cuelgo en todos los sitios que me da la gana cuando me apetece, y eso es casi tan bonito como el dinero.
El único fanzine que me chuleaba y, sin pagarme un duro, me pedía mantener durante más de un año los derechos en exclusiva de los cómics, y yo se lo consentía, era el Weezine. Este trato de favor era debido a que por motivos personales al Weezine y a los frikis que lo editaban les tengo un cariño especial y procedo a volver un poco atrás en el tiempo para desvelar cómo surgió ese sentimiento.
Resulta que, en 2006, Beatriz se apuntó a la lista de correo del Listo y me mandó un mail que decía: “y hablando de listas… ¿Te gustaría unirte a WEE?”. Y le dije que sí. WEE eran las siglas de un listado de webcómics en español. Tenían un pequeño código que, si lo añadía al HTML de mi página, hacía que centenares de otros webcómics apareciesen al alcance de un par de clics, y todos ellos también se habían puesto el código, y eso hacía que mis mierdas también fuesen fácilmente accesibles desde sus sitios. Guau. No sabía yo que hubiese tanta gente que pusiese viñetas online (no eran los mil millones de los que hablaba El Mundo, pero eran muchos más de los que hubiese imaginado). La mayoría eran mangas y cosas raras dibujadas en Microsoft Paint que tenían todavía peor aspecto que lo mío, pero había unos cuantos buenos, y también tenían un foro especializado en el que entré tímidamente pero al que poco a poco me fui viciando. De ahí salieron sinergias divertidas, amistades, pasiones, amores, de todo, incluso un matrimonio.
Y un día entró también al foro un tal Ramón, todo loco, con mil proyectos nuevos, y a la que parpadeamos ya estábamos en Zaragoza presentando un nuevo fanzine en un salón del cómic. Madre mía, yo que había dejado de ir a los salones del cómic cuando me salieron los primeros pelos en los huevos.
En el Salón del Cómic de Barcelona, si eres un mindundi y quieres un stand te sale por un ojo de la cara y te ponen en un gueto apartado de las zonas transitadas, pero en el Salón del Cómic de Zaragoza nos pusieron (y nos siguen poniendo cada año) un stand inmenso gratis. Había sitio para que 6 o 7 autores firmasen tebeos en paralelo y cómodamente sentados, pero éramos cincuenta mil (cifra aproximada) y desbordábamos el stand igualmente. No es que no tuviésemos éxito y no viniesen lectores a comprarnos fanzines y a que les dibujásemos cosas, pero si no hubiese venido nadie no se hubiese notado porque éramos tantos que dábamos sensación de exitazo igualmente. Como “pago” por el stand nos pedían que organizásemos charlas, talleres, mesas redondas y cosas así, es decir que encima de regalarnos un buen stand nos dejaban jugar a ser famosos. Con el tiempo hasta hemos aprendido a hablar en público, pero recuerdo las primeras charlas con cierta turbación. La sala de actos, por supuesto, abarrotada. No era muy grande y la llenábamos fácilmente con los propios miembros del Wee, pero a veces también entraba gente espontáneamente. En un alarde de planificación, los temas sobre los que charlábamos ante nuestros propios amigos webcomiqueros solían ser temas de tan contundente interés como “Qué es un webcómic” o “Cómo hacer un webcómic”. Según cómo lo mires puede parecer un poco absurdo, pero molaba un montón. Luego por la noche nos reservábamos un bar entero y organizábamos que en la barra se sirviesen chupitos con los nombres de nuestros personajes. Algunos autores se lo habían currado un montón y habían propuesto recetas elaboradas. El chupito Despair era grosella con vodka y quizá algo más. El Koopa tenía la apariencia de un pequeño cerebro flotante y estaba hecho con con Baileys y otras sustancias que se negaban a mezclarse con el Baileys. Para hacer el Genara se mezclaba una parte de tequila con dos partes de licor de café y se le prendía fuego, lo cual resultaba muy vistoso. El Mythu era verde y también se flameaba (creo que era el euivalente de lo que los entendidos en cócteles llaman un Kalashnikov). Todo lo que sé del Pis de Calderilla es que era amarillo y que la gente se lo bebía igualmente. El Grasioso era un TGV, es decir una intragable pócima surgida de combinar tequila, ginebra y vodka. Yo estuve reflexionando un buen rato sobre qué bebidas espirituosas podrían considerarse próximas al espíritu listil, y al final opté por un tradicional chupito de anís, un clásico de la elegancia varonil y de los besazos con aliento poderoso.
El Wee en general, y más concretamente esos encuentros webcomiqueros en Zaragoza fueron revulsivos que me pusieron en otro nivel en lo que a motivación y entusiasmo se refiere. Hablar un rato con locos como Beatriz o Ramón te hacía irte a dormir con la cabeza a todo trapo y soñar que tus tebeos eran importantes.
Hasta aquel momento me había conformado con una web elegantemente sobria y artesanal (una web antigua y cutre, por decirlo en otras palabras). Me gustaba así. Jugaba con la idea de que desdeñando la forma se destacaba el fondo. Tras el salón de 2007 me dejé convencer por Beatriz y Ramón, me pasé al WordPress con la plantilla Comicpress, y listocomics.com empezó a tener el aspecto que tiene ahora. Por primera vez fue posible seguir las aventuras del Listo a través de un RSS y saltar de una tira a otra tira sin pasar por la portada y verlas ordenadas según sus etiquetas y mil pijadas así. Entré de boca en lo que los enterados llamaban red 2.0, madre mía, menudo cambio, no sólo crecieron las estadísticas de las visitas, también llegaban comentarios a cada post y eso, quieras o no, motiva lo suyo, incluso cuando los comentarios son peyorativos, porque el hecho de que alguien dedique parte de su tiempo a entrar en tu web y criticar tu trabajo no deja de ser muy halagador.
Últimamente, con el rollo de las redes sociales se está perdiendo la costumbre de comentar en los blogs (y da un poco de penita), pero en nuestros glory days los comentarios podían fácilmente llegar a tener más interés que las viñetas que los inspiraban. Algunos decían cosas buenas de los cómics y yo lo apreciaba un montón, pero voy a contaros batallitas de los comentarios que decían cosas malas, porque, como decía McKee, sin conflicto no hay drama.
Existe el mito de que cuando haces un webcómic por tu cuenta, al no tener jefes, nadie puede decirte cómo tienes que hacer las cosas, pero no hay nada más alejado de la realidad. Cuando pones algo online todo dios viene a decirte lo que tienes que hacer, cómo y por qué. Y resulta una experiencia muy interesante, siempre y cuando ni se te ocurra intentar complacer a todo el que pase por ahí. Lo que pones online puede llegar a montonazos de personas, cada cual con sus sensibilidades y sus neuras y sus ideas de lo que está bien y lo que está mal. Tratar de hacer sólo chistes sobre temas neutros que no ofendan a nadie es un reto considerable y también es un rollazo (es lo que tratan de hacer en la mayoría de telecomedias, y es quizá por eso que suelen necesitar añadir efectos de sonido de risas).
Hace poco el Listo hirió algunas sensibilidades haciendo con un chiste sobre ETA. El grupo terrorista llevaba tiempo sin atentar, y los del Partido Popular llevaban un tiempo dando por culo acusando de ser pro etarra a todos los que los criticaban, especialmente a los activistas del PAH. En el chiste, el Listo y sus amigos se habían tomado en serio las burradas del PP y habían decidido que si tanta gente maja era pro etarra, los terroristas debían ser también buena gente, y hacían una mani pidiendo la vuelta de ETA. Madre mía. Uno que es de UPD me acusó de enaltecimiento del terrorismo y me pegó en los comentarios el artículo 578 del Código Penal, que dice tal que así: “El enaltecimiento o la justificación por cualquier medio de expresión pública o difusión de los delitos comprendidos en los artículos 571 a 577 de este Código o de quienes hayan participado en su ejecución, o la realización de actos que entrañen descrédito, menosprecio o humillación de las víctimas de los delitos terroristas o de sus familiares se castigará con la pena de prisión de uno a dos años. El Juez también podrá acordar en la sentencia, durante el período de tiempo que el mismo señale, alguna o algunas de las prohibiciones previstas en el artículo 57 de este Código.” Me da muy mal rollo que me quieran encerrar en plan Otegui, pero la bronca venía de un tío majo que en ocasiones anteriores me había parecido muy razonable e inteligente (lo de pertenecer a UPD me lo había tomado siempre como una excentricidad divertida por su parte), así que traté de explicar el chiste y recalcar la diferencia entre realidad y ficción. Fue en vano. A los que les había hecho gracia la viñeta no necesitaban explicaciones, y a los que no les había hecho gracia la viñeta tampoco les hacían gracia los argumentos. El crack de UPD se despidió con un contundente “Reniego de leer más justificaciones que me revuelven el estómago. Cualquier mensaje que reciba por tu parte será borrado sin leer.”
Un día hice un cómic sobre los Juegos Olímpicos y en una viñeta dibujé a uno de esos monstruos hormonados que lanzan pesos. Lo dibujé peludo y sexualmente ambiguo, con bultos en los pechos y en la entrepierna. Su globo de diálogo, poco sutil, decía: “Laaanzo peeesos… pero nunca me acuerdo de si en la categoría masculina o femenina”. En los comentarios una persona me acusó de estar presuponiendo que todas las lanzadoras de peso son estúpidas porque me resultaban poco femeninas y deseables. Como me pilló inspirado y de vacaciones, traté de desmentir sus acusaciones y le expliqué que conocía mucha gente poco femenina y deseable, que, sin embargo, era muy inteligente, y que, de hecho, la mayoría de mis amigos de cuando estudiaba ingeniería podrían encajar en esa descripción. Le expliqué también que lo que había dibujado era sólo una caricatura de los deportistas de élite, etcétera. Insistió en acusarme de tener prejuicios sexistas e intenciones de una maldad digna de un traficante de esclavos un alto directivo de Bankia. Parecía despreciarme hasta tal punto que me entró curiosidad y visité su web. Lo primero que me encontré fue un video en el que la persona a la que había molestado mi caricatura de los deportistas de élite explicaba cómo fabricar una prótesis de pene artesanal, sin necesidad de más materiales que un guante de látex y una pistola de silicona. Era uno de esos hombres que han nacido atrapados en un cuerpo de mujer, y tenía la generosidad de compartir sus trucos para contrarrestar esa putada del destino. El pene que fabricaba paso a paso frente a la cámara era más gordo que el del más desproporcionado machote de la más delirante película porno que hayas visto en toda tu vida, e incluía un par de testículos del tamaño de bolas de billar. Él lo llamaba “la clásica prótesis de toda la vida”. Luego otro día colgó otro video en el que explicaba cómo construir un arnés para sujetarla, a partir de un cinturón y un calcetín. No me pareció correcto seguir cuestionando su visión de lo que está bien y lo que está mal.
También se me enfadaron muchos frikis el día que escribí un artículo en el que explicaba algunas ventajas de los webcómics frente a los cómics en papel y, para darle un poco de vidilla, en lugar de titularlo “Algunas ventajas de los webcómics frente a los cómics en papel” lo titulé “Por qué los webcómics patearán el blando culo de los cómics en papel”. El artículo era largo e imagino que sólo se lo leyeron los fans, pero el desafortunado título sí que se lo leyó bastante gente y dio lugar a más cabreos que cuando he tratado otros temas en apariencia más controvertidos. De hecho, con el tiempo me he dado cuenta de que predecir lo controvertido que será un chiste es complicado. Hace poco hice una tira cómica en la que se daba a entender de forma poco sutil que los democristianos son una pandilla de hijos de puta, y no se quejó absolutamente nadie.
En todo caso, siempre he tratado de no dibujar chistes de “los chicos son así, las chicas son asá”, aunque soy conciente que ahí hay un recurso humorístico inagotable, y también he tratado de evitar el sexismo paternalista de los que dibujan a todas las chicas superinteligentes y superequilibradas en contraste con unos hombres que son todos una pandilla de trogloditas. Pero sí que, para no complicarme la vida, en la mayoría de mis viñetas los personajes que hacen el ridículo o se muestran mezquinos o poco capacitados intelectualmente son hombres, son blancos, son heterosexuales, y no pertenecen a ningún colectivo en riesgo de exclusión social.
Sin embargo, ya que estamos, voy a aprovechar este ladrillo para insistir en que estoy en contra del sexismo, en contra del consumo irresponsable de alcohol, en contra del cáncer, el racismo, la transfobia, el terrorismo, la contaminación, el sida y las infracciones de tráfico. Mil disculpas por todas las veces en que haya podido dar a entender lo contrario.
Ahondando en la catarsis, déjenme confesar que a veces dibujo gente desnuda y pongo palabrotas en boca de personajes inventados y trato de enfocar con humor los temas más escabrosos. Las personas aficionadas a cabrearse por nimiedades están entrenadas en la búsqueda de ofensas morales y sé que son capaces de encontrar unas cuantas en casi cualquier obra de ficción que se propongan. Y, aunque suelen especializarse cada una en encontrar intolerables los chistes sobre algún tema concreto, entre todas abarcan un amplio espectro. La única forma de contentarlos a todos es publicando viñetas en blanco. Pero con el tiempo uno se acostumbra, y yo personalmente ya no tengo ningún problema en disculparme cuando algún lector se ha molestado por algún chiste. Sin embargo, trato de no autocensurarme y de seguir publicando burradas. El truco que más recomiendo a los que puedan sentirse incomodados por el humor listil es no conectarse a internet.
Por otro lado, me enorgullezco de dibujar cómics en los que no se recurre a la violencia como recurso lúdico, en contraste con tantos productos de entretenimiento en los que los tortazos y las patadas son divertidos, y espero que algún día esto se me valore.
Pero bueno, lo importante es que a raíz del Wee, el foro y los salones del cómic, me di cuenta de que, contrariamente a lo que me habían dado a entender en mi casa, yo no era único e irreemplazable. En el mundo había montonazos de aficionados a dibujar tebeos y a ponerlos online, y algunos de ellos eran muy cachondos. A partir de ese punto de inflexión que supuso el encuentro webcomiquero de 2007 en Zaragoza, hice un montón de amigos webcomiqueros. Algunos son amigos de esos que saludo en los eventos pero no sé luego qué más decir, pero otros son amigos de los de quedar de vez en cuando y compartir cervezas y tertulias sobre temas no necesariamente relacionados con la narrativa gráfica. Es curioso porque algunos hacen cómics totalmente desquiciados y en persona son tímidos y reservados, otros hacen cómics aburridos y en persona son cachondísimos, cada uno es de su padre y de su madre y cada uno está loco a su manera.
Le he cogido cariño a gente como Andrés, el constante actualizador que cuelga una tira nueva cada día de lunes a viernes, llueva, nieve o haga sol, y se enorgullece de ser un friki pero, contrariamente a lo que dice el cliché de los frikis, fue capaz de echarse novia, y llegó a casarse con ella. Pero no renunció a su otro amor. El día de la boda se levantó un ratito antes para actualizar el webcómic. Y hace poco se pusieron a procrear, y cuando nos contó que iba a ser padre lo hizo mediante cuatro viñetas que colgó en su web un viernes, en plan cliffhanger, y se esperó al lunes para colgar otras cuatro viñetas en las que desvelaba que estaban esperando gemelos.
O Juanjo, el provocador que busca el humor en la controversia, el hombre que cuando todos nos creíamos muy malotes porque dibujábamos a Mahoma o a los Príncipes de Asturias haciendo el perrito, él dibujó a Mahoma haciendo el perrito con una niña de 13 años, y los globos de texto los puso en árabe, para darle al asunto más viralidad en Oriente Próximo. No hubo quién lo convenciese de que quizá lo más prudente sería quitar eso de internet y quemar los originales. En otra ocasión sí que tuvo que echarse atrás, pero no por caricaturizar al profeta fundador de la que hoy en día ya es la religión más extendida del mundo, sino por caricaturizar al Rey del Pollo Frito. Ante las amenazas de la jauría de abogados del infame Ramoncín, se vio obligado a borrar un montón de comentarios y a cambiar el texto de los diálogos de unos cuantos chistes. Dónde antes ponía Ramoncín ahora pone Ramoncete.
O Franchu, un sólido aspirante a publicar regularmente en El Jueves, que a menudo les manda viñetas sobre noticias de actualidad y algunas se las compran. En una ocasión hizo una en la que comparaba Catalunya con el mítico pueblo de los irreductibles galos y los del Jueves no se la compraron. La mandó a sus amigos, tal y como solía hacer con todas las viñetas que no colaban en la revista, y algunos de sus amigos la reenviaron a otros amigos, tal y como solían hacer con las viñetas que les gustaban. Pero se ve que los amigos de los amigos de sus amigos, al reenviarla a sus amigos, tergiversaron un poquito y la viñeta se hizo famosa por ser “¡La viñeta censurada por el Jueves!”, o “¡La viñeta que los del Jueves no quieren que leas!”. Montonazos de activistas poco aficionados a documentarse se rasgaron las vestiduras y ensalzaron a Franchu como mártir de la libertad de expresión. Fue quizá su viñeta de más éxito, y aunque se asustó un poco y en su web explicó (en catalán y en castellano) que eso no era un caso de censura y que los del Jueves siempre le habían tratado estupendamente, los patriotas enfurecidos no le hicieron mucho caso. Opinaban como el periodista de El hombre que mató a Liberty Vallance, y, ante la duda, preferían la leyenda.
O Ramón, el comiquero que conoce trucos y conoce gente que conoce gente, y que quizá ahora está un poco retirado de los cómics pero sigue siendo uno de mis cómplices favoritos, a veces lo llamo y hablamos por teléfono como en el siglo XX, y siempre que me paso por Zaragoza busco un ratito para verle y el suele llamarme cuando va a venir a Barcelona, que suele ser más a menudo, porque está siempre en mil movidas. está en mil movidas, la mayor parte promovidas por el él mismo. Un día de esos que pasó por Barcelona me invitó a una fiesta de las suyas y pasé una interesante velada entre asistentes a un congreso de domainers, que suena a cuero, pero son los que especulan con las direcciones de internet, que las compran baratas antes de que la gente se de cuenta de que son escasas e importantes y luego las venden caras a las grandes corporaciones. Otro día vino a Barcelona porque tenía una fiesta con gente de la industria del porno. A esa no me invitó, pero me la contó luego y me regaló un llavero que ponía Private. Tiene su lógica, pero la verdad es que hasta que me lo contó no se me pasó por la cabeza que informáticos y diseñadores web pudiesen llegar a compartir una velada con pneumáticas pornostars. Usé el llavero durante un tiempo, pese a que la mayoría de mis amigos barceloneses no conocían a Ramón e imaginaban que sujetaba las llaves con algo que me habrían regalado por comprar muchas revistas guarras.
O Sergio, que recuerdo que en una conferencia dijo algo así como que “dibujar webcómics está muy bien, a mí mi webcómic me lo ha dado todo: vivo con amigos que he conocido a través del webcómic, el trabajo que tengo lo he conseguido a través del webcómic, mi novia me la ligué a través del webcómic”. Quizá exageraba un poco, pero puedo confirmar que el webcómic todavía le da cosas. Si te sientas a su lado en un salón no paras de ver llegar fans, algunos disfrazados de sus personajes, otros vestidos normal, que le traen cervezas, galletitas caseras, bombones y chucherías de todo tipo. He visto otros casos de lectores que agasajan a sus autores favoritos, pero no he visto nunca nada comparable al magnetismo de este hombre. A mí una vez en un salón del cómic Laura me trajo una trenza Almudévar, pero, en caso de que aprete el hambre, mi opción más prudente es sentarme al lado de Sergio, poner cara de pena y confiar en que sus fans digan “bueno, en realidad esto que traigo es para que lo compartáis entre todos los del stand”.
O Javi, que en una ocasión estaba yo esperando que dibujase un guión que le había mandado y lo que recibí fue un mail en el que me explicaba que tardaría un poco en dibujarlo porque le había dado un ictus y se había quedado hemipléjico perdido. No era una broma. Estuvo una buena temporada hospitalizado, tuvo que volver a aprender a caminar y tuvo que volver a aprender a dibujar con la mano derecha. Mientras tanto, aprendió también a dibujar con la izquierda. Tardé menos en recibir su tira que muchas otras dibujadas por comiqueros con contratiempos menos contundentes. Luego Javi trató de plasmar la historia de su hemiplejia en una novela gráfica, porque es un tío inteligente y sabe que lo que se vende y lo que se premia suelen ser este tipo de narraciones de problemas de salud y luchas personales por superar adversidades. Pero en menos de veinte páginas ya se había hartado del tema y volvió a lo suyo, al humor costumbrista y a las entrañables estampas de la vida cotidiana de los enamorados. En su último libro conviven pues el horror de sus arterias retorcidas con las historias del típico matrimonio en el que la Marisa sabe que el Mariano tiene por costumbre ponerse bragas usadas en la boca cuando se masturba y, en deferencia a él, empieza a poner sus bragas limpias en la cesta de la ropa sucia, pero cuando Mariano se da cuenta se siente traicionado, y cosas así. Como era de prever, se quedó sin premios y sin ventas millonarias, pero de todos los rollos autoeditados de amigotes, este es quizá con el que más me he tronchado.
O Isaac, del que ahora no recuerdo ninguna anécdota risible pero al que quiero un montón igualmente, y que, entre muchas otras cosas, se encargó del diseño de la portada de El gran libro de la cinefilia y me ayudó con la del álbum del Listo. O Ender, que se niega a dar su nombre real porque a él sí que le da muy mal rollo que lo reconozcan en la oficina. O Fadri, que un día se puso a dar una conferencia en una universidad y le entró la risa tonta y no había forma de que pudiese articular discurso, pero el público le quería tanto que lo ovacionó igualmente. O Francisco con su clásico y carismático look de pordiosero con barbas y su gorro todo lleno de chapas, que correlación no implica causalidad pero coincide un poco que desde que se arregla y se afeita en el foro del Wee ya no entra casi nadie. O Carlos, que estudió Bellas Artes y cuenta batallitas de chicas que se desnudan e insertan todo tipo de objetos e incluso animales en sus orificios más íntimos, no en plan guarro, sino en plan performance, por lo del arte y tal. O Joan, Alicia, Albert, Raúl, Miquel, Omar, Javi 1, Juan Carlos, Ana, Jeroen, Alfredo, Nahum, Carlos K, Carlos B, Carlos A, David, Antonio, Samuel, Alex y un montón más. Algunos en realidad ni siquiera les conozco en persona, pero les he cogido aprecio digitalmente.
Mi teoría es que los idiotas que opinan que los amigos de internet no son amigos de verdad seguramente no tienen muchos amigos ni de un tipo ni del otro.
El Wee era demasiado grande y con una estructura muy anárquica y asamblearia, y fue apagándose poco a poco, pero de sus cenizas surgieron otras movidas como Clicómics, Control Zeta, el Club Beerdelberg o la Comicome. Lo de Subcultura no estoy seguro de si surgió de las cenizas del Wee o no, pero ahí es dónde se encuentra hoy en día la juventud enrollada. Ofrecen hosting gratis y tienen un foro que permanece activo pese al auge de las redes sociales. En uno de los primeros salones en que viejos miembros del Wee compartíamos stand con las nuevas generaciones de subcultistas, me enteré de que nos llamaban, con un poco de retintín, “la weélite”. Qué tiempos aquellos. En el último salón que fui me dio la impresión de que a lo sumo ya nos consideraban “aweelitos”.
Pero ojo, ¡a lo largo de estos diez años no sólo me he codeado con webcomiqueros emergentes! A lo largo de estos diez años he llegado a conocer (en la mayor parte de los casos superficialmente) a gente importante. En LaRed140 participé una conferencia con Albert Monteys. Un Sant Jordi me pusieron a firmar en un stand de la Rambla Catalunya con L’Avi y Ricard Soler. En un concierto ilustrado de El Estafador estaba el mismísimo Miguel Gallardo. Con la excusa del libro Enfoteu-vos-en!, que recopilaba chistes de humor gráfico en la órbita del 15-M, llegué a charlar con Joan Capdevila y Toni Batllori. Fui con Abarrots a ver un espectáculo en el que Roger Peláez cantaba punk-rock a cappella.. Una noche cené burritos mexicanos con guacamoles al lado de Paco Alcázar. Otra noche cené comida china con Mauro Entrialgo, Furillo y tres chicas del Caniculadas. Javi Royo nos invitó a toda la tropa de El Estafador a platos combinados de shawarma. En los salones del cómic a veces me saluda Lalo Kubala. Y siempre que voy a salones, exposiciones o manifestaciones, sé que me encontraré a Azagra, que está en todos los sitios en los que hay que estar. Supongo que habrá gente que no lea tebeos habitualmente que pensarán que qué les estoy contando, que quién son estos señores. Pues estos señores son algunos de los más grandes. Y punto.
Supongo que habrá otra gente que también los conozca en persona y que al leer esto pensarán que vaya gestas, que todos los que he mencionado son seres amigables y que no tiene ningún mérito codearse con ellos. Y tendrán razón, porque, por muy feo que sea generalizar, me atrevería a decir que los dibujantes de cómics suelen ser buena gente. No sólo los mindundis de los webcómics, sino también los grandes astros del papel, incluso los que publican en tapa dura. Parecen tener menos humos que la mayoría de músicos o escritores en prosa. Mi teoría es que los dibujantes de cómics tienen tanta creatividad o más que los que se dedican a cualquier otro arte pero mucho menos glamour y muchas menos posibilidades de forrarse o de acostarse con fans, y eso hace que tengan menos motivos para codazos y envidias y que por tanto se chalen menos y se conserven más simpáticos y con más sentido del humor.
Hay una anécdota que ilustra bastante bien el carácter generalmente afable y bonachón de los dibujantes de cómics. Resulta que cuando se inauguró el AVE entre Barcelona y Madrid, la Renfe invitó a un montón de comiqueros a comer a un restaurante de la capital y, por supuesto, les pagó el viaje en el tren de alta velocidad. El restaurante era pijo y en él había muchas mesas abarrotadas (como en una boda pero con menos chicas, porque en esto de los tebeos, como en las ingenierías, todavía falta un poquito para lograr la paridad) y en una de las mesas les costaba un poco tragar. Se estaban zampando un filete muy gordo y sanguinolento y mascaban y mascaban mientras compartían chistes y batallitas. Más de uno consideró que aquella carne estaba un poco cruda, pero prefirieron no decir nada para no molestar y para no interrumpir la animada conversación de la que estaban disfrutando. Al cabo de un rato llegó un camarero con una piedra aplanada muy caliente y la puso sobre la mesa. “¿Todavía no os han traído la carne?”, preguntó, así como dando a entender que la carne y la piedra caliente estaban relacionadas de alguna forma, como si quizá el protocolo consistiese en poner la carne sobre la piedra para que se cocinase un ratito antes de comerla. Los dibujantes de cómics, atando cabos, respondieron “uh…” mientras disimuladamente se limpiaban la sangre de los labios con la servilleta.
Y ya que hablamos de sangre, dejadme que haga otro flashback para coger carrerilla de cara a contaros cómo y por qué me lié a montar una fiesta en un club de sadomasoquistas.
Resulta que entre 2004 y 2009, de forma paralela a los cómics del Listo estuve escribiendo chorradas sobre cine, una especie de parodias de críticas cinematográficas que iba poniendo en el blog La cinefilia. Hoy en día se diría que lo que escribía en ese blog eran flames tontos, pero en aquellos tiempos flamear tampoco era una conducta tan asentada en internet y yo creía que buscar polémica porque sí era algo transgresor y en cierto modo contracultural. Cuando me harté del blog, se me puso entre ceja y ceja la idea de recopilarlo todo en forma de libro. Estuve curioseando las opciones de pay-per-print de sitios como Lulú o Bubok hasta que me di cuenta de que lo más fácil y barato era contactar con una imprenta e imprimir yo mismo unos cuantos, pasando de intermediarios. Salió bastante bien, y no se vendieron mal del todo, hasta tuve que sacar una segunda edición, en la que, ya puestos, aproveché para corregir la ortografía y algunas erratas de contenido.
Cuando saqué esa segunda edición en 2010 hicimos una presentación virtual en internet en la que un montón de coleguillas se prestaron a leer fragmentos frente a su webcam y moló mucho, pero cuando saqué la primera en 2009 quería prestigiarme y buscaba algo más tradicional, aunque no tan tradicional como una librería o un centro cívico, y la presenté en un antro del barrio de Gràcia llamado Bar Elèctric. Dimos una pequeña charla con Pere Rovira, Jorge Croissier y Miquel Payaró, leímos unos fragmentos y nos tomamos unas cervezas. Puede parecer una tontería, pero para un autor novato una velada así es uno de los días más felices de la vida. El bar Elèctric tiene una salita al fondo en la que suelen dar conciertos de formato reducido, y esa salita era ideal para lo mío, porque por pocos lectores que hubiesen venido ya daba la impresión de llenar el aforo, con gente sentada en taburetes, gente sentada por el suelo, y gente de pie. Y todos los que vinieron eran amables y entusiastas, lo rieron todo y aplaudieron un montón. Y luego nos fuimos a cenar.
El caso es que cuando en 2011 saqué el álbum amarillo del Listo me pareció que había que superar la presentación de El gran libro de la cinefilia y empecé darle vueltas a la cabeza en busca de un sitio que permitiese ese ambiente informal de los bares de Gràcia pero que fuese un poco más grande.
Y el destino quiso que por aquel entonces me reencontrase con mi amigo Pepón de la universidad, que había prosperado tanto que ya no le llamaban Pepón sino Josep. En la universidad no habíamos coincidido en muchas clases, pero nos caíamos bien porque ambos escribíamos y sí que habíamos coincidido en algunas fiestas universitarias. Con el tiempo habíamos perdido un poco el contacto, y fue muy agradable retomarlo, porque Josep es un tipo muy majo y también porque por aquel entonces su chica y él regentaban un local raro en el que montaban fiestas privadas, clubs de lectura, encuentros gastronómicos y otras actividades lúdicas y culturales, y la posibilidad de presentar ahí mi tebeo parecía ilusionarles tanto como a mí.
El sitio se llamaba El nido del escorpión y la mayoría de movidas que en él se celebraban eran de ambiente BDSM.
Inciso: BDSM son siglas de bondage, dominación y sadomasoquismo. La verdad es que para mí reencontrarme con Josep tuvo también un gran valor didáctico: entre otras cosas aprendí el nombre de un montón de herramientas de azote y de los diferentes roles que adopta la gente en el mundillo bedesemero. Resumiendo un poco, podríamos decir que hay amos, sumisos y switchs. Los primeros juegan a dominar, los segundos a ser dominados y los terceros depende del día. A los que vivimos la sexualidad de forma convencional nos llaman vainillas, en referencia al típico señor gris que entra en una heladería italiana de ensueño, repleta de helados de todos los sabores, colores y texturas, con miles de combinaciones y posibilidades a su alcance, y va y le pide al heladero: “Por favor, uno de vainilla”.
Yo personalmente no me siento nada identificado con este arquetipo, porque soy poco aficionado a las ataduras físicas y a los azotes pero siempre que he entrado en una heladería pija me he pedido helados de chocolate.
Pero bueno, el caso es que el local era de ensueño, justo lo que estaba buscando. Para empezar, estaba en un sótano en el que los móviles no tenían cobertura, y a mí me encantan los sitios en los que los móviles no tienen cobertura. Antiguamente había sido una panadería, y lo que antaño fue el horno lo habían reconvertido en un cuarto oscuro, en el que, tras una cortina negra, se escondían dos colchones forrados de escay, un candelabro y un espejo. En la sala principal había una barra de bar, un columpio, un maniquí sin brazos y unos sofás. En la otra sala, que parecía un búnker con las paredes pintadas de rojo, había una pantalla de cine en la que proyectar películas, una jaula en la que cabía una persona o dos apretadas, y algunos taburetes. Y luego había una cocina-pasillo y un aseo con ducha. Y, por todos lados, carteles sexis y estanterías y vitrinas con montonazos de libros, látigos, fustas, espumaderas, cuerdas de cáñamo y yute, cadenas de acero y cortapizzas con pinchos.
El plan de la fiesta era que Mery Cuesta y Julio Arriaga presentaran el tebeo, Andrés Palomino recitase su monólogo del hombre frikisexual, Cruceros Perfidia tocaran versiones de canciones de ayer y de siempre, y un amigo cuya identidad no estoy autorizado a desvelar se paseara por ahí con un morph suit azul, en plan performance. Luego varios deejays pincharían discos, yo vendería tebeos y Françoise y Josep darían explicaciones sobre cómo hacer nudos, que cuando lo explican los boy scouts parece un coñazo, pero cuando lo explican Fran y Josep suele dar mucho morbo. El fiestón estaba garantizado.
Por supuesto, hubo contratiempos imprevistos. El primero, un terremoto en Japón con tsunami incorporado, que segó miles de vidas y reavivó fantasmas nucleares. El Nido del Escorpión no estaba dentro de la zona de riesgo de Fukushima, pero los lazos que unen a los bedesemeros con los japonófilos son estrechos, y, hablando de lazos, les dio por montar un evento solidario en el que atarían a voluntarios y voluntarias y recaudarían dinero para los damnificados por el seísmo. Lo llamarían Cuerdas por Japón y, cosas del destino, iba a coincidir con mi Listo Party.
Me llamó Josep y me dijo que no me preocupase, que lo primero era lo primero, y que lograría dedicar un rato a cada cosa sin que nuestra agenda se viese afectada. Ningún problema. Otro día me preguntó si me importaría que después de atarse y desatarse solidariamente viniesen los bedesemeros y juntásemos las dos fiestas. O tres, porque, puestos a coincidir, también coincidía con que era el cumpleaños de una bedesemera vegana que hacía pastelitos con productos no procedentes de animales muertos, y nos traería merendola. A mí me pareció todo genial, y le dije que sí, que por supuesto, que cuanta más gente viniese mejor que mejor, más nos divertiríamos y más posibilidades habría de que se vendiesen mis tebeos.
Como era de prever, al final se nos fue un poco de las manos. Yo había anunciado la fiesta en el blog y por las redes sociales contando con que la gente pasa de todo y que ni siquiera los que confirman su asistencia en el Facebook suelen asistir a los eventos, y me habían ayudado a correr la voz algunos blogs amigos y agendas molonas como Le Cool o el Imperdible BCN, y, claro, la fiesta tenía tan buena pinta que el aforo reventó incluso antes de que llegasen los sadomasoquistas. Aquello parecía el Madrid Arena en hora punta. En la sala roja en la que transcurría el show de los conciertos, monólogos y presentaciones no cabía un alfiler, en el pasillo y la sala principal tampoco. El único sitio en el que la muchedumbre no se apretujaba era el cuarto oscuro, por prudencia.
Y yo me lo pasé bomba, pero hubo gente que se agobió un poco, y hubo algunos mareos y algunos ataques de claustrofobia. Al chaval del morph suit le subió la fiebre, y decía que no era por la fiesta, que ya había venido malito de casa, pero no se atrevió a meterse dentro del traje. En la barra no daban abasto. En la puerta tampoco. En un momento dado, en plena borrachera de ego, recuerdo haberme discutido con el gigantesco portero que custodiaba el interfono porque no dejaba entrar a mis amigos que llegaban tarde. Incluso alguno que salió un momentito fuera a llamar por teléfono luego tenía problemas para volver a entrar. Cómo no había cobertura mi móvil estaba tranquilo, pero de madrugada, al salir al exterior, empezó a pitar como loco, con los ecos de mil millones de llamadas (cifra aproximada) y mensajes en plan “¿En qué número dijiste que era? ¡No pone nada en la puerta! ¿Es un local clandestino o qué?”.
El choque cultural cuando llegaron los de los nudos solidarios también fue interesante. Hasta ese momento había estado haciendo fotos felizmente pero a partir de entonces las fotos no eran bienvenidas. La normativa del Nido prohíbe tajantemente las fotografías. Yo tenía permiso para hacer fotos en mi fiesta, pero se nos olvidó pactar el protocolo para cuando las dos fiestas se juntasen. Algunas sí que hice, y luego tuve que estar borrando caras con el Photoshop. Era divertido porque muchos bedesemeros irredentos temían que hubiese imágenes que los vinculasen al mundillo, mientras que los despistados que habían venido puntualmente por lo del Listo estaban todos encantados de aparecer en el Facebook entre nudos y cadenas.
Y puedo asegurar que Ginés no es un reguetonero ni un bakala, al menos no a tiempo completo, pero ha escuchado mucha música en su vida y a veces le parece gracioso pinchar canciones de reguetón o de bakalao en las fiestas. Lleva un rollo irónico y desprejuiciado que a muchos nos parece muy hip y divertido, aunque llegó un punto en el que temíamos que los habituales del lugar le obligasen a cambiar Chimo Bayo por Nick Cave a base de latigazos.
Y Rafa, que días antes me había preguntado si a la presentación de mi tebeo se podía ir con críos y yo alegremente le había dicho que sí, ahora cada vez que nos vemos me lo echa en cara.
Hubo, sin embargo, muchos vainillas que quedaron encantados del evento y más de uno se hizo el carné del club para desvainillizarse. Con esto os podéis hacer una idea del poder de persuasión de Fran y Josep, que se pasaron toda la noche resolviendo dudas en plan superdidáctico. Me contó Josep que hacia las 4 de la mañana uno de esos vainillas se asomó tras la cortina del cuarto oscuro y después, desconcertado, le preguntó a Josep “oye, ¿y eso que están haciendo allí, también cuenta como BDSM?”. Josep miró tras la cortina, vio a dos tortolitos practicando fistfucking, y, tras dudar unos instantes, respondió “eh… no sé, supongo que depende de si han usado lubricante”.
Molaría montar otra fiesta así (o incluso un poco menos caótica) con la excusa del décimo aniversario del Listo, aunque no se me escapa que el hecho de que un webcómic cumpla diez años no debería ser motivo de celebración.
Fuimos pioneros del webcómic viejuno, sí. No hay muchos ejemplos de webcómics longevos, y menos en el idioma de Cervantes. Pero cuando uno mira los que quedaron atrás, el panorama no es precisamente desolador. Alguno hubo que dejó de actualizarse por defunción del autor, pero la mayoría dejaron de actualizarse porque eran hobbies de juventud, y sus autores maduraron y se buscaron hobbies más adultos (qué sé yo, la cata de vinos, la fotografía de platos de comida, el visionado compulsivo de teleseries o la cría de churumbeles). Hasta hubo algunos que lograron convertir su hobby en algo más profesional, abandonaron la tontería de poner los cómics gratis online y empezaron a dibujar cobrando para alguna revista o periódico, que es justamente a lo que aspiraba yo cuando empecé en aquel lejano 2003.
Que un webcómic cumpla diez años es, pues, un fracaso como la copa de un pino, pero se puede aprender a convivir con ello.
Cuando me reúno con otros webcomiqueros diletantes ya cuento con que tras cuatro cervezas se oyen frases como: “no somos amateurs porque nuestro trabajo es tan bueno o más que muchas cosas que se publican en papel” o “no somos amateurs porque, aunque los medios tradicionales nos ninguneen, el número de personas que entra cada día en nuestras webs supera con creces el número de ejemplares de la tirada de la última gran novela gráfica reseñada en el Babelia” pero a mí personalmente ni me desagrada la palabra amateur, ni me parece que la frontera entre amateurismo y profesionalidad pueda ser definida en función de la calidad o la repercusión del producto.
Ejemplo 1: Mi madre prepara unas croquetas de una calidad innegable, que le dan veinte patadas al culo a cualquier croqueta que pueda usted encontrar en la sección de congelados del Mercadona. Las croquetas congeladas Hacendado son croquetas profesionales. Las croquetas de mi madre son amateurs.
Ejemplo 2: Los encuentros sexuales entre personas que se profesan un amor recíproco suelen conllevar más cariño, dedicación y acrobacias que los encuentros sexuales con prostitutas. Las peluqueras orientales que tras cortarte el pelo te ofrecen un masaje con final feliz por cinco euros sin lavarse las manos son profesionales. Los polvos que echa usted con su media naranja seguramente son amateurs.
Tampoco quiero dar a entender que lo amateur es siempre mejor que lo profesional, pero sí que no hay ningún motivo para que no lo sea. Y parece que hubo un tiempo en que lo amateur se quedaba en un cajón y se apolillaba, sólo los profesionales tenían la posibilidad de encontrar lectores, pero eso ya pasó. Ahora la diferencia es sólo pecuniaria y, seamos honestos, en el mundo del cómic no estamos hablando tampoco de grandes cantidades.
Más de uno me ha dicho que si pongo mi trabajo gratis online es que no lo valoro. Discrepo. Mi trabajo quizá es una mierda, pero yo lo valoro tanto que lo hago igualmente. De hecho, valoro tanto mi trabajo que me parece que la diferencia que puede haber entre no cobrar y cobrar poquito es anecdótica. Y la verdad es que le he pillado el gusto a reirme de todo y de todos, como cuando dibujaba cómics en la revista de la universidad y usaba seudónimo por miedo a que si daba mi nombre real los profesores corrigiesen mis exámenes estrictamente.
Claro que no me importaría forrarme dibujando. No pondría el despertador por las mañanas, me pasaría el día en pijama y sólo discutiría con adolescentes cuando coincidiese con alguno especialmente idiota en el transporte público. Pero tengo treinta y pico años, estoy empezando a creerme a mí mismo como profesor de instituto, y que los cómics del Listo sean un hobby ya no me parece poca cosa. Significa que tienen valor por si mismos, más allá del valor económico que pueda desprenderse de ellos. Y quizá esto suena cursi pero creo que puedo argumentarlo en términos de psicología cognitiva:
En un famoso experimento de los años 70, pillaron unos cuantos niños, los separaron en dos grupos, y les hicieron jugar con unos rotuladores de colores. A los niños de uno de los grupos les dieron luego caramelos, a los del otro grupo no. Después observaron el comportamiento de esos niños en su tiempo libre, en el que podían jugar con un montón de juguetes diferentes, y vieron que los niños de uno de los dos grupos mostraron más tendencia a seguir jugando con los rotuladores que los del otro grupo. La psicología tradicional hubiese apostado a que los niños a los que más les gustarían los rotuladores serían aquellos cuyos dibujos habían sido recompensados con caramelos, pero lo que sucedió fue precisamente lo contrario: los niños cuyos dibujos habían sido recompensados se pusieron a jugar con otros juguetes porque habían interpretado que haber estado dibujando había sido una especie de trabajo. Los otros habían interpretado que habían estado dibujando porque sí. Al no tener recompensa, sus mentes dedujeron que en el hecho de dibujar había una recompensa intrínseca.
Esos niños ya me cayeron bien la primera vez que leí sobre el experimento, porque me pareció que le daban una contundente patada al culo a todos los listillos que tratan de simplificar el comportamiento humano en base a estímulos pavlovianos, pero tardé un rato en darme cuenta de que también me habían caído bien porque me sentía identificado con ellos: mi caramelo también eran mis propios rotuladores.
Hay una frase célebre del histórico historietista Carlos Giménez que dice tal que así:
“Dibujar cómics es como una novia fea, sucia, poco honrada y que te trata mal, pero a la que quieres y estás enamorado de ella”.
Seguramente bromeaba, pero de todas formas es una frase muy triste.
Para mí dibujar cómics es como una amante complaciente. Una amante complaciente atractiva, inteligente y con sentido del humor. Que no me exige nunca nada, que tiene un carácter fuerte pero está siempre dispuesta a pasar un buen rato. Una amante de esas que te hacen estar pensando en ella a menudo, una amante a la que, tras diez años de relación, un día de repente te apetece aprovechar la excusa más tonta para escribirle una carta de amor de longitud desmesurada.















Pues como corresponde… Muchísimas felicidades !! Que sean 10 más, por lo menos.
Ha sido duro pero he acabado. No es necesario el caramelo.
Un saludo y mis felicitaciones (o pesares) por el aniversario.
Madre de Diox, ¿dan logro por leérselo entero? Porque si es así exijo mi medalla xD
Me ha encantado tu análisis de estos 10 años. Debes estar orgulloso por todo lo que has hecho y conseguido en este tiempo.
No sé cuantos años más tendremos por delante de El Listo, ¡pero brindo por todos y cada uno de ellos!
Joder, 10 añacos… Casi en la pubertad, estás ya!
Felicidades. Y conste que me lo he leido entero, quede constancia
Madre mía. Me lo he leído casi entero, a trozos, porque veo que tienes más verborrea por escrito que un servidor, que ya es decir. Me gustó la parte de las croquetas profesionales y amateur y lo de los caramelos, pero confieso que cada día echo más en falta los caramelos y los incentivos para hacer un dibujo algo currado.
¡Felicidades jefe!
Enhorabuena por los diez años enlistados… y porque las entrevistas a los medios por lo visto te las hiciese el mismísimo Montoro, ya podías haber aprovechado y pedirle un sobre, o una amnistía fiscal.
Y sí, también lo he leído entero, que sirve como prácticas para entrar como VIP en El nido del escorpión. ;-P
¡Qué experiencia!, ¡que vivencias!, ¡qué vida más llena que rezuman los 85.520 caracteres (contador del LibreOffice) de esta preciosa carta de amor!
Je jeee, cómo tuvo que molar lo del pequeñajo preguntándote si tenías un Nobel…
Diez años ya… Y yo no le he dibujado ni una triste viñeta (con mis distendidos tiempos de entrega, casi seguro ya la habría terminado)… EN la foto le faltó la pipa o el gato…
Vaya tochal, pero es que son 10 años de Listo, entre otras cosas o.o
¡Felicidades! :D
Felicidades por el Listo!
Hace años que te sigo pero nunca me atreví a decir nada… Ya tocaba!
Larga vida al Listo!
¡Muchas felicidades campeón!
A ver si el 10º Aniversario lo celebras en un Chiquipark, así esta vez podré traer a los niños XD
Me lo he leido todo, y quiero un sello en mi mano que así lo certifique y que me permita volver cuando quiera.
¡Felicitats!
Larga vida al “fracaso”!!!
Yo fui de los que salieron medio mareados del nido del escorpión. Memorable fue. Barcelona necesita mucho más de aquello.
El cariño que le he llegado a tomar a la tira es enorme. Creo que es muy difícil encontrar algo de tanta calidad hoy en día. Entiendase por calidad lo que a mí me apetezca. Como que básicamente es inteligente (tiene verdadero humor). De la talla del Dilbert que hablas al principio, vamos.
Gracias por el tochacho lleno de anécdotas. Y gracias, sobretodo, por lo del estudio de los rotuladores. Lo desconocía y es absolutamente revelador.
Fans total.
Viva Águeda y El Listo!
Leído entero ;) Felicidades!
¡10 añazos! ¡Enhorabuena!
Y el texto es tan largo (¡una hora para leerlo!) como interesante y ameno (salvo un momento en el que has empezado a nombrar gente que no conozco y he saltado :)). Gracias por compartir tus experiencias y tu filosofía. Sobre todo la última parte, que me ha encantado :)
Uff, media jornada laboral leyendo esto, y yo que creía que mis posts eran largos y esto ha sido como ver una porno de esas de negrazos… por el largo, no por el tema.
Yo llegué a usted hace unos… no sé, cuatro, o seis años, así, vagando por los web cómics cuando se dio e boom, y lo primero que pensé al entrar fue: este apenas y dibuja, pero leyendo me quedé, lo malo es que en el trabajo a veces bloquean la página, según por contenido para adultos…
En fin, felicidades, muchas, muchas!
Llevo ya unos cuantos leyéndote, no 10 pero bastantes. Disfruto cada una de tus tiras y siguiendo tus consejos, desde hace hace unas navidades intento no hacer regalos materialistas (cosa que mi novia agradece). Muchas gracias por los buenos ratos que me has hecho pasar y muchas felicidades de corazón, espero que nunca que falten las ganas y que tenga que felicitarte por el 20 aniversario (como poco)
Y sí, también me he leido todo el texto.
Nos van a dar algo a los que lo hemos leído entero?
Muchas felicidades. Eres un monstruo del comic y siempre es un placer leerte, incluso con estas entradas tan largas.
¡Un abrazo!
¡Felicidades por tu décimo aniversario! Normal que lleves tanto tiempo, alguien que consigue que este post, donde el cuadrado de la barra de desplazamiento tiene el tamaño de una pulga, no se haga pesado sino todo lo contrario (en serio, no es irónico, se me ha hecho cortisimo leerlo), es porque es de los grandes y se merece todo lo bueno que consiga. ¡Enhorabuena crack!
y olé!!!
¿Y Lucky Luke no? Qué infancia más triste ; )
(Después de leer completo ese ladrillo tengo derecho a romper el silencio.)
Sigo religiosamente al Listo desde la campaña de regalar sexo oral. No serán 10 años pero es casi la mitad de ese tiempo.
Muchas felicitaciones por el aniversario.
Saludos desde Argentina.
ACTUALIZACIÓN: La tele de Calp donde te entreVIstaron también fue cerrada. Y ¿no es curioso que el alcalde de las placas sea un homónimo del guionista de El Jueves?
Firmat: Un que va passar per allí i que et va deixar el seu autògraf al teu llibre de visites :)
Bueno, al final los de El Jueves ¿te han llamado o no te han llamado?
Enhorabuena por los 10 años.
Xorionak Listeras!!!
he empezado diciendo, hostia! sí que debe tener comments porque esto baja y baja, pero no! era la txapilla y me ha enganchado de principio a fin!! ;]
MoltesFelixitats!!
abrazo majo!!!!
elartixta.
¡¡Me lo he leido entero!!!
¡¡Qué bonito el final!!!
Pero me pregunto qué opinará la chirru de eso de hablar con chicas guapas en discotecas…
¿Me leo el guión de “Lo que el viento se llevó”, vale?
He dejado puesto un marcapáginas para no perder el sitio… esto engancha pero tengo que estudiar (la madre, qué manera de escribir) XDDDD
¡¡¡¡¡¡Felicidades!!!!!!